Palabras que hablan de palabras que hablan de nosotros

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Se dice que una imagen vale más que mil palabras, aunque personalmente no estoy de acuerdo. Supongo que si fuera verdad, en vez de mandar un watsap a un amigo para quedar tal día a tal hora en tal sitio, le mandaría una foto de “algo” y él ya tendría allí unas mil palabras para interpretar a su aire.

Porqué, ¿qué es una palabra en realidad? Según la R.A.E es la unidad mínima del lenguaje hablado y escrito que contiene uno o barios significados.

Si lo dejamos en eso… que triste, ¿no? Lo mismo podría ser el trino de un pájaro o un heructo cuando no toca.
A lo que me refiero es que intentar definir la palabra con palabras es como describir el rojo a una persona que es ciega desde su nacimiento.

He visto una peli, hoy, que le prometí a una amiga que vería (una promi de meñique, que dice ella), y como me he quedado como media hora delante de la pantalla sin saber como descrivirla, he decidido que lo haré de tres maneras distintas:

PALABRAS:

Se llama “Her”, y va de un hombre que se enamora de un sistema operativo con voz de mujer.

IMAGEN:

SONIDO

Aunque también podríais dedicarle un par de horas, que no os dejará idiferete para nada.

Tan libre como la propia mente

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El personaje me fascina.

El personaje es un ser artificial que nace a partir de la imaginación humana. No hay nada más personal y próximo a uno mismo que el personaje que nace de la propia mente.

Lo dotamos de cuerpo, forma, carácter y personalidad. Cualquier edad, sexo o raza es válida.  No hay normas, no hay nada escrito, simplemente dejamos que la imaginación vuele y tome forma, creando seres que nacieron eones antes de que nuestro planeta conociera la vida, o milenios después de que la Tierra sea tan sólo un recuerdo. Puede ser de simple cartón, y de una vida tan corta como un suspiro, o tan consistente como mil páginas, un carácter tan profundo e insondable como un océano y que su existencia no conozca principio ni fin. Como dijo Ende, el pasado surge con las historias.

Un personaje es él mismo y la persona de la que ha nacido. Ninguno de los dos existe sin el otro, y ninguno de los dos muere realmente mientras el otro viva. Un personaje puede vivir infinitas vidas al mismo tiempo y en todos los lugares, existiendo hasta en las mentes de aquellos que lo han adoptado, incluso a veces, sin conocer a su creador.

Un personaje reivindica la libertad de la que carece el ser real y, al igual que la mente, no conoce fronteras. Puede ser encarnado por millares de rostros, adultos o infantes, en todas las épocas en las que merezca ser recordado, o llenar bibliotecas enteras, celuloides o servidores de la red.

Podrían hablar días y días sobre el personaje, pero por hoy lo dejaremos aquí.

DIBUJOS

Autos de choque

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Estaba pensando que hace mucho tiempo que no escribo. Y ya de paso, que desde la última vez que escribí mi vida ha dado mil tumbos, como un uno de esos autos de choque que, en el fondo, no va a ninguna parte y se la pega con todo el mundo, y, a poder ser, con toda la alevosía de la que sea uno capaz.

El otro día hablaba con una amiga (y precisamente una que no veía desde hacía dos años) de eso precisamente; de los cambios inverosímiles, y de que la vida puede sorprenderte, para bien o para mal, de maneras que hasta al más pintado se le quedaría cara de panoli.

Para medir esas incongruencias yo uso la libreta de las ideas. Me explico; de vez en cuando me las gasto en una libreta de esas que da gusto ver. Con papel grueso color crema, bien encuadernada, y cubiertas de cuero blando. En esa libreta apunto desde ideas, vivencias, números de teléfono o nombres, y a menudo, incluso fechas. De vez en cuando la abro por una página al azar y trato de recordar cómo era mi vida cuando escribí aquellas líneas, e imagino cómo será cuando escriba la última página. Es un ejercicio curioso porque si se pone uno a hacer inventario de sucesos, y traza el camino hasta el día presente, se da cuenta de que el control sobre nuestra propia vida, sobre ese auto de choque que no sabemos muy bien como funciona, es meramente simbólico.

Así que, en el fondo, sólo nos queda disfrutar de lo bueno de la vida y tener una idea más o menos clara de dónde queremos llegar, porque, desde luego, no sabemos cómo llegaremos.

Flores huecas

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Hace días que no escribo.

A veces las casualidades de la vida hacen que dejemos de lado cosas que consideramos importantes y que de repente pierden ese color que las caracterizaba.

Pero no voy a aburrirles con eso.

La cosa es que esta mañana, hojeando viejos libros de garabatos, he encontrado un escrito que hice hará un par de años, más o menos. Y eso hace que el hecho que todos sabemos sea sólido de repente: que la vida da muchas vueltas, y nunca sabes qué habrá tras el próximo recodo.

Así que, en resumen, la síntesis es la que todos sabemos también; aprovecha el presente.

Y de eso hablaba el escrito, del tiempo, presente y eterno. Lo dejo aquí, en catalán, porque es como lo escriví y como tiene sentido.

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Magnolia

Una estació de tren.

Solitària i mig en runes, amb els raíls oxidats a causa de la salitre d’un mar en calma, a tot just quatre passes. La caserna fa molt de temps que no veu passar viatgers, ni que sent el traqueteig de les rodes, ni ensuma la olor de metall, greix i fum d’una antiga locomotora de vapor.

Una estació de tren on el temps s’ha aturat.

Lloc de reflexions i meditacions. On van a parar les causes perdudes i els somnis trencats, i poc a poc, s’esvaeïxen i al lloc on eren hi creix una magnolia, solitària i bella com una albada.

De vegades, als vespres d’estiu, hi van les parelles d’enamorats, i cullen les magnòlies que allà hi creixen. I per uns instants el temps també sàtura per a ells, i gaudeixen d’una efímera eternitat.

I d’aquest oximoron en neix una nova flor, que perpetua aquesta eternitat il·lusòria, a la espera de que algú s’aturi uns instants en aquesta estació i escolti la veu del silènci, observi el rostre dels anhels desapareguts, i ensumi el suau perfum de temps passats.

Una estació de tren on el temps s’ha aturat i les vies es perden en l’infinit.

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Cultura de gatos e incultos

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Últimamente se habla mucho de que la cultura debería ser gratuita. Accesible para todo el mundo sin importar edad, sexo, raza o número de pie. Porque claro, los libros son caros. Veintidós euros por una edición en condiciones no se sueltan así por las buenas, y las de bolsillo más asequibles suelen tener letra tamaño liliputiense.

Lo curioso del caso es que esta cultura ya la tenemos al alcance cuando queremos. En nuestros bolsillos, en forma de teléfonos inteligentes, tabletas o portátiles, listos para acceder a todo el conocimiento humano. Aunque mola más buscar fotos de gatos.

Normalmente se tarda de uno a dos años en escribir algo mínimamente aceptable. Entre documentarse, planificar la historia, los personajes, los escenarios, las tramas… Todo eso lleva un tiempo considerable, y sin garantías de que luego se publique siquiera el escrito. Luego, para el que no tiene la suerte de tener detrás una editorial o un representante que se encargue del resto, empieza la odisea personal de defender a capa y espada tu criatura.

Y en el caso de que todo salga bien, te publiquen y tengas un éxito moderado (primera edición prácticamente agotada, por ejemplo), la ganancia que puedas tener será del 8 al 12 por ciento de cada ejemplar vendido. Eso vendría a ser unos mil quinientos euros más o menos.

Y todo eso por el trabajo de unos tres o cuatro años de tu vida.

Así que lo de ser culto no es algo que te venga de serie o que se pueda ser de la noche a la mañana porque los libros sean gratis. Lo de ser culto hay que currárselo. Como todo, en realidad. Y lo que no se puede hacer, se mire por donde se mire, es infravalorar el trabajo de las personas que se dedican a la cultura y a su divulgación. Porque entonces ¿qué nos quedaría? ¿Libros llenos de fotos de gatos?No, gracias.

Cascarón hueco

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Este es un cuento que escribí hace unos días en la página de facebook de este blog: https://www.facebook.com/pages/La-Biblioteca-del-Drag%C3%B3n-Jan-Crespo/1450532578501319?ref=hl

¡Espero que os guste!

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Su padre siempre le decía que su timidez era tan grande como él mismo. Y que eso era lo que hacía que bajo su fría piel de metal se escondiera un corazón igualmente grande.

Cuando él murió, se refugió en ese cascarón hueco que era su propio cuerpo hasta que un día la conoció a ella, pequeña y frágil, pero tan fuerte como una montaña.

Nadie les dijo que la vida fuera fácil, y no hubo nadie más que ellos mismos para guiarles por sus caminos. Caminaron por bosques, llanuras y ciudades abandonadas, descubriendo el mundo. Lucharon contra pesadillas y hablaron con ángeles.

Un día, años después del instante en que se vieron por primera vez, ella se sentó, cansada, cerró los ojos y murió. Era ya una anciana, y su espalda, encorvada por el peso de los años, no había podido aguantar otro día más a cuestas.

Él se sentó a su lado, y lentamente dejó que su cuerpo, su cascarón, se oxidara. Entonces, en su mismo centro, brotó una flor. No de una semilla, ni de una espora. Sino de la vida que ella le había hecho amar y comprender, para que él abrazara la muerte cuando llegó el final.

Los sueños sueños son

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Hoy he tenido un sueño muy curioso. Uno de esos que podría calificarse de historia en sí mismo, como si lo vivieras.

No pretendo analizarlo al estilo metafísico ni extraer conclusiones que sean lecciones de la vida misma. Simplemente exponerlo aquí, como una experiencia más. Porque al fin y al cabo eso son los sueños, experiencias.

A lo que íbamos:

Me encontraba en mi coche, con Greta, mi perra (una labrador negra de 14 años) en el asiento de atrás, yendo a buscar a alguien a la escuela. El caso es que al torcer una esquina me encuentro de cara con un embotellamiento provocado por un accidente de moto. Así que aparco y me dirijo al lugar, dejando a mi perra en el coche. Me encuentro con que el embotellamiento ha desaparecido pero aún está la moto tirada en el suelo, a la que nadie parece hacerle caso. Me encojo de hombros y entro en la escuela.

Entonces algo ocurre y la escuela se cierra. La gente grita, corre y se esconde. Nadie puede salir del centro. Intento averiguar qué ocurre y alguien dice que los militares están en la calle. Lo han cerrado todo y prohíben a todo el mundo salir.

En quien pienso es en Greta. Mi pobre y anciana perra encerrada en el viejo volvo, asustada, sin saber qué ocurre y por qué no regreso a por ella. La sensación que tengo de desazón es absoluta al comprender que mi suerte ha dejado de estar en mis manos. Que a partir de ese momento, mi vida depende de otras personas. Personas a las que no les importo. Aún así estoy con el niño al que he venido a buscar, y esto me relaja un tanto.

No se cómo pero tengo la sensación de que los días pasan (supongo que en un sueño es normal que no tengas noción del tiempo), y mi preocupación aumenta. No sólo por Greta, sino por la situación en general. No poder salir, espabilarse con lo que se tiene a mano… y el miedo.

Finalmente entre unos cuantos logramos distraer a los guardias que vigilan que no salgamos y cuatro de nosotros escapamos. Llegados a este punto, la sensación de sentirme libre es algo muy difícil de describir. Puedo volver a hacer lo que quiera e ir arriba o abajo sin dar explicaciones. Mi vida depende de mi otra vez. Y sobretodo, puedo ir a buscara mi perra. Pero no están ni ella ni el coche.

Y por desgracia aquí despierto.

Lo realmente genial de este sueño no ha sido la trama, por decirlo de algún modo, sino el poder vivir todas esas sensaciones en carne propia. Despertar y sentirse aliviado de que fuera sólo un sueño (y por cierto, lo primero que he hecho ha sido agobiar un rato a Greta).

Que todo siga igual.

La Morena

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Antes de salir de casa ya te mentalizas. Mientras te pones los vaqueros, botas sólidas encima de calcetines gruesos, camisa de manga larga, otra de manga corta, una térmica, jersey, un buf… Luego, cual aviador de los de antaño, te calzas tu cazadora de cuero acartonado y rígido, desgastada por los inclementes elementos y con algún que otro remendón.

Apenas puedes moverte con todo eso encima, pero te sientes bien. Completo. Coges los guantes (siempre los más gruesos que puedas en estas fechas), el casco, y por último la llave. Ese insignificante trozo de metal que la despertará, arrancándole un rugido de advertencia. “Cuidado conmigo” dirá. “Cuidaré de tí tanto como tu cuides de mí”.

Aprovecharás ese minuto de calentamiento del motor para abrocharte la cazadora, el casco y los guantes. Comprobarás que todo está en orden, y lo harás rápido, porqué quieres a tu máquina y cuando algo va mal ella te lo dice. Entonces montarás en ella. Formarás parte intrínseca del mecanismo que la mueve. Que la sostiene sobre esas dos ruedas. Que la vuelve ágil y rápida, veloz como el viento y ruidosa como como un incendio. Fuego y viento.

Es difícil poner en palabras una sensación. Sería algo así como inventar una onomatopeya para el amor, el odio, la vergüenza… Imaginen entonces la sensación de sentirse en la cima del mundo. A punto de caer al vacío en cualquier momento y saber que el instante entre la decisión y la reacción puede salvarte la vida. Saber que no se echa a volar no porqué no pueda sino porqué no quiere. Porqué es más divertido recorrer el mundo a ras de suelo, entre los armatostes de hierro y plástico que ruedan por las carreteras, pesados, fuertes y patosos. Porqué las montañas se ven mejor desde abajo cuando se sabe que no son un obstáculo.

Las hay desnudas, y las hay vestidas para las carreras. Las hay altas, bajas, robustas, estilizadas, elegantes, ancianas o jóvenes. Poro todas ellas llevan la libertad grabada a fuegos en sus corazones de metal.

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Un estanque de ranas

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-alejandro_magno.jpg de Producción ABC-

El otro día estaba viendo la película de Alejandor Magno. No el clásico protagonizado por Richard Burton que no lo despeinaban ni a golpe de espada, sino la del 2004, con sus tres horas de metraje y un Collin Farrel salido del carnaval de Sitges.

Aparecía Aristóteles, el filósofo griego que educó al Magno, y decía que el mundo en el que vivimos (aunque él se refería sólo a Grecia y rodalías) es como un estanque de ranas. Allí Alejandro se picaba y decidía conquistarlo. Por su cara bonita. Y el otro le decía que no, que no podía. Y el otro contestaba que le llamara bocas. Y allí se liaba parda.

Total, que eso me dio que pensar. Lo del estanque de ranas, no la pelea de gallos.

Esta es una página en la que se muestra la escala de todo lo conocido. Muy recomendable si te sientes diminuto o excesivamente crecido.
http://htwins.net/scale2/lang.html

Ponedla en español (o chino mandarín, suahili, o ruso de la estepa, que no la de los polvorones, cuidado) y disfrutadlo ^^

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