Archivo de la categoría: Arte

Cultura de gatos e incultos

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Últimamente se habla mucho de que la cultura debería ser gratuita. Accesible para todo el mundo sin importar edad, sexo, raza o número de pie. Porque claro, los libros son caros. Veintidós euros por una edición en condiciones no se sueltan así por las buenas, y las de bolsillo más asequibles suelen tener letra tamaño liliputiense.

Lo curioso del caso es que esta cultura ya la tenemos al alcance cuando queremos. En nuestros bolsillos, en forma de teléfonos inteligentes, tabletas o portátiles, listos para acceder a todo el conocimiento humano. Aunque mola más buscar fotos de gatos.

Normalmente se tarda de uno a dos años en escribir algo mínimamente aceptable. Entre documentarse, planificar la historia, los personajes, los escenarios, las tramas… Todo eso lleva un tiempo considerable, y sin garantías de que luego se publique siquiera el escrito. Luego, para el que no tiene la suerte de tener detrás una editorial o un representante que se encargue del resto, empieza la odisea personal de defender a capa y espada tu criatura.

Y en el caso de que todo salga bien, te publiquen y tengas un éxito moderado (primera edición prácticamente agotada, por ejemplo), la ganancia que puedas tener será del 8 al 12 por ciento de cada ejemplar vendido. Eso vendría a ser unos mil quinientos euros más o menos.

Y todo eso por el trabajo de unos tres o cuatro años de tu vida.

Así que lo de ser culto no es algo que te venga de serie o que se pueda ser de la noche a la mañana porque los libros sean gratis. Lo de ser culto hay que currárselo. Como todo, en realidad. Y lo que no se puede hacer, se mire por donde se mire, es infravalorar el trabajo de las personas que se dedican a la cultura y a su divulgación. Porque entonces ¿qué nos quedaría? ¿Libros llenos de fotos de gatos?No, gracias.

Cascarón hueco

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Este es un cuento que escribí hace unos días en la página de facebook de este blog: https://www.facebook.com/pages/La-Biblioteca-del-Drag%C3%B3n-Jan-Crespo/1450532578501319?ref=hl

¡Espero que os guste!

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Su padre siempre le decía que su timidez era tan grande como él mismo. Y que eso era lo que hacía que bajo su fría piel de metal se escondiera un corazón igualmente grande.

Cuando él murió, se refugió en ese cascarón hueco que era su propio cuerpo hasta que un día la conoció a ella, pequeña y frágil, pero tan fuerte como una montaña.

Nadie les dijo que la vida fuera fácil, y no hubo nadie más que ellos mismos para guiarles por sus caminos. Caminaron por bosques, llanuras y ciudades abandonadas, descubriendo el mundo. Lucharon contra pesadillas y hablaron con ángeles.

Un día, años después del instante en que se vieron por primera vez, ella se sentó, cansada, cerró los ojos y murió. Era ya una anciana, y su espalda, encorvada por el peso de los años, no había podido aguantar otro día más a cuestas.

Él se sentó a su lado, y lentamente dejó que su cuerpo, su cascarón, se oxidara. Entonces, en su mismo centro, brotó una flor. No de una semilla, ni de una espora. Sino de la vida que ella le había hecho amar y comprender, para que él abrazara la muerte cuando llegó el final.

Los sueños sueños son

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Hoy he tenido un sueño muy curioso. Uno de esos que podría calificarse de historia en sí mismo, como si lo vivieras.

No pretendo analizarlo al estilo metafísico ni extraer conclusiones que sean lecciones de la vida misma. Simplemente exponerlo aquí, como una experiencia más. Porque al fin y al cabo eso son los sueños, experiencias.

A lo que íbamos:

Me encontraba en mi coche, con Greta, mi perra (una labrador negra de 14 años) en el asiento de atrás, yendo a buscar a alguien a la escuela. El caso es que al torcer una esquina me encuentro de cara con un embotellamiento provocado por un accidente de moto. Así que aparco y me dirijo al lugar, dejando a mi perra en el coche. Me encuentro con que el embotellamiento ha desaparecido pero aún está la moto tirada en el suelo, a la que nadie parece hacerle caso. Me encojo de hombros y entro en la escuela.

Entonces algo ocurre y la escuela se cierra. La gente grita, corre y se esconde. Nadie puede salir del centro. Intento averiguar qué ocurre y alguien dice que los militares están en la calle. Lo han cerrado todo y prohíben a todo el mundo salir.

En quien pienso es en Greta. Mi pobre y anciana perra encerrada en el viejo volvo, asustada, sin saber qué ocurre y por qué no regreso a por ella. La sensación que tengo de desazón es absoluta al comprender que mi suerte ha dejado de estar en mis manos. Que a partir de ese momento, mi vida depende de otras personas. Personas a las que no les importo. Aún así estoy con el niño al que he venido a buscar, y esto me relaja un tanto.

No se cómo pero tengo la sensación de que los días pasan (supongo que en un sueño es normal que no tengas noción del tiempo), y mi preocupación aumenta. No sólo por Greta, sino por la situación en general. No poder salir, espabilarse con lo que se tiene a mano… y el miedo.

Finalmente entre unos cuantos logramos distraer a los guardias que vigilan que no salgamos y cuatro de nosotros escapamos. Llegados a este punto, la sensación de sentirme libre es algo muy difícil de describir. Puedo volver a hacer lo que quiera e ir arriba o abajo sin dar explicaciones. Mi vida depende de mi otra vez. Y sobretodo, puedo ir a buscara mi perra. Pero no están ni ella ni el coche.

Y por desgracia aquí despierto.

Lo realmente genial de este sueño no ha sido la trama, por decirlo de algún modo, sino el poder vivir todas esas sensaciones en carne propia. Despertar y sentirse aliviado de que fuera sólo un sueño (y por cierto, lo primero que he hecho ha sido agobiar un rato a Greta).

Que todo siga igual.

La Morena

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Antes de salir de casa ya te mentalizas. Mientras te pones los vaqueros, botas sólidas encima de calcetines gruesos, camisa de manga larga, otra de manga corta, una térmica, jersey, un buf… Luego, cual aviador de los de antaño, te calzas tu cazadora de cuero acartonado y rígido, desgastada por los inclementes elementos y con algún que otro remendón.

Apenas puedes moverte con todo eso encima, pero te sientes bien. Completo. Coges los guantes (siempre los más gruesos que puedas en estas fechas), el casco, y por último la llave. Ese insignificante trozo de metal que la despertará, arrancándole un rugido de advertencia. “Cuidado conmigo” dirá. “Cuidaré de tí tanto como tu cuides de mí”.

Aprovecharás ese minuto de calentamiento del motor para abrocharte la cazadora, el casco y los guantes. Comprobarás que todo está en orden, y lo harás rápido, porqué quieres a tu máquina y cuando algo va mal ella te lo dice. Entonces montarás en ella. Formarás parte intrínseca del mecanismo que la mueve. Que la sostiene sobre esas dos ruedas. Que la vuelve ágil y rápida, veloz como el viento y ruidosa como como un incendio. Fuego y viento.

Es difícil poner en palabras una sensación. Sería algo así como inventar una onomatopeya para el amor, el odio, la vergüenza… Imaginen entonces la sensación de sentirse en la cima del mundo. A punto de caer al vacío en cualquier momento y saber que el instante entre la decisión y la reacción puede salvarte la vida. Saber que no se echa a volar no porqué no pueda sino porqué no quiere. Porqué es más divertido recorrer el mundo a ras de suelo, entre los armatostes de hierro y plástico que ruedan por las carreteras, pesados, fuertes y patosos. Porqué las montañas se ven mejor desde abajo cuando se sabe que no son un obstáculo.

Las hay desnudas, y las hay vestidas para las carreras. Las hay altas, bajas, robustas, estilizadas, elegantes, ancianas o jóvenes. Poro todas ellas llevan la libertad grabada a fuegos en sus corazones de metal.

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Un estanque de ranas

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-alejandro_magno.jpg de Producción ABC-

El otro día estaba viendo la película de Alejandor Magno. No el clásico protagonizado por Richard Burton que no lo despeinaban ni a golpe de espada, sino la del 2004, con sus tres horas de metraje y un Collin Farrel salido del carnaval de Sitges.

Aparecía Aristóteles, el filósofo griego que educó al Magno, y decía que el mundo en el que vivimos (aunque él se refería sólo a Grecia y rodalías) es como un estanque de ranas. Allí Alejandro se picaba y decidía conquistarlo. Por su cara bonita. Y el otro le decía que no, que no podía. Y el otro contestaba que le llamara bocas. Y allí se liaba parda.

Total, que eso me dio que pensar. Lo del estanque de ranas, no la pelea de gallos.

Esta es una página en la que se muestra la escala de todo lo conocido. Muy recomendable si te sientes diminuto o excesivamente crecido.
http://htwins.net/scale2/lang.html

Ponedla en español (o chino mandarín, suahili, o ruso de la estepa, que no la de los polvorones, cuidado) y disfrutadlo ^^

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Cisne Negro

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Hace un tiempo escribí este cuento sobre sucesos imposibles.

Se titulaba Cisne Negro porque un amigo me había contado que estas aves nacen aleatóriamente. Nadie puede predecir cuándo o de qué pareja nacerá, ni qué provoca el color de su plumaje, pero el caso es que allí están. De una forma inexplicable pero cierta.

Tendrán que disculpar que lo redacte de memoria, pero parece ser que he perdido el original.
Espero igualmente que lo disfruten.

Cisne Negro

Cartas c - copia

Erase una vez, en una ciudad olvidada, vivían un niño y una niña que disfrutaban de su sola compañía. Paseaban durante el día por las calles empedradas entre las casas pequeñas y acogedoras, que nunca tenían una puerta cerrada para ellos. Leían todos los libros de las bibliotecas y visitaban los museos, que cada día cambiaban los cuadros de sus paredes. Los pájaros cantaban para ellos y los gatos les enseñaban el mundo de los tejados y los malecones del puerto.

Sólo había un lugar que guardara secretos para los despreocupados niños. En la cima de una colina, rodeada por árboles, había una gran catedral de hierro y cristal. Era la estación de tren. Pero no había locomotoras, vagones ni revisores. Sólo vías de hierro que salían de allí, clavándose como flechas negras entre los árboles que poco a poco se convertían en un frondoso y oscuro bosque.

Y un día, en esa estación solitaria y llena de luz, llegó un tren. Los niños vieron el humo de la máquina de vapor desde la plaza, dónde un gato les enseñaba a hablar con las hadas de las fuentes, que languidecían sobre los nenúfares, mientras los sapos las observaban con sus ojos grandes y bobos. El gato les avisó que la curiosidad había matado a muchos hermanos suyos, y a veces es mejor dejar las cosas cómo están. Pero al fin y al cabo sólo eran niños, y nada encandila más a un niño que satisfacer su curiosidad.

Y ay de ellos.

En la estación los esperaba un hombre. Un hombre vestido de negro y tocado por un alto sombrero. Su chaquetón era tan largo y grande que no podían ver su rostro. Pero podían sentir como sus ojos se clavaban en ellos. Sin decir nada, se inclinó sobre ellos, y con una mano enguantada y fuerte como unas tenazas, agarró a la niña por el brazo y la hizo subir con él al tren. El niño intentó hacer que la soltara, pero el hombre tenía la fuerza del tiempo y el destino, y no la soltó pese a las súplicas de ambos.

El tren se puso en marcha de nuevo y salió de la catedral de hierro y cristal. Los árboles se apartaron para dejarlo pasar y se cerraron inmediatamente tras él, dejando atrás al niño, que no pudo hacer otra cosa que volver a la estación, y esperar.

Y desde aquél día, la ciudad olvidada fue desapareciendo poco a poco, mientras el niño sigue en la estación, esperando a aquella niña.

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“Chao, Augusto”

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Hoy hace un año murió un buen amigo.

No voy a hablar de él. No le haría justicia.

Pero os dejo algo que escribió para que hable por sí mismo.

Ser paisaje

AGUSTI FANCELLI

Cuando llueve, nos mojamos. Cuando hace frío, tiritamos. Cuando hace calor, nos asamos. Cuando hace viento, acabamos reventados de tanto compensar. De noche, vemos mal. Cuando una carretera atraviesa un naranjal o serpentea entre mimosas, nos perfumamos. Cuando pasa por las proximidades de una industria química, apestamos. Si el camino es polvoriento, comemos polvo. Si es pedregoso, mucho ojo, porque antes o después te va a tocar la china. Oímos muy poco, sólo el aire zumbándonos en los tímpanos. El motor es sólo una vibración –adorable vibración- entre los muslos. Los insectos se estrellan contra nuestras viseras, guantes y chaquetas: ay del imprudente que deje alguna parte de piel al viento, porque ahí es donde más le darán.
Cierto, las nuevas fibras que vestimos-¡san gore-tex bendito!- han aliviado mucho nuestros sufrimientos nos protegen del agua y del frío. Existen además motos con puños y asientos calefactables para combatir las bajas temperaturas. Los faros halógenos iluminan infinitamente más que los de antes y las aerodinámicas de los carenados hacen mucho por nuestra estabilidad cuando a Éolo le da por bailar. Aún así, el primer párrafo sigue siendo válido. No es ya que los motoristas nos identifiquemos con el paisaje, sino que somos ontológicamente paisaje, lo habitamos como difícilmente lo puede habitar ningún otro viajero. El paisaje se moja, se hiela y se reseca. Nosotros también. De noche no se ve. Nosotros tampoco lo vemos.
El precio de ser paisaje es el riesgo. “ El asunto al manejar una moto es que tú manejas el riesgo, así que deja de ser desconocido o de estar en la penumbra”, ha dicho John Berger, veterano motard. Gran verdad. Todos los motoristas compartimos la certeza de que iremos a dar con los huesos en el suelo. Vivimos en permanente equilibrio inestable, de modo que perderlo es algo completamente razonable y lógico. Ahora bien, esta certeza se rodea de algunas incógnitas más o menos angustiosas: no sabemos dónde y cuándo caeremos. No es lo mismo caernos solos que -Dios no lo quiera- tras haber sido golpeados por un coche. No es lo mismo tener espacio para rodar que ser detenidos en seco por uno de esos guadarraíles asesinos que tantas vidas han costado.
Todo esto nos crea una imagen de temerarios sin remedio, de malos oficiales del asfalto. Bueno, nosotros a menudo nos regodeamos en esa imagen. Chupas, cadenas, botas, tatuajes, piercings y cervezas son utileria frecuente del mundillo, pinturas de guerra de muchos rostros pálidos motorizados. Pero en el fondo no somos malas personas. Ocurre que a menudo nos sentimos Peter Pan, nos resistimos a enterrar la adolescencia como gatos panza arriba. Por eso somos profundamente envidiados. “Cuando vas conduciendo, el tiempo entre la decisión y el efecto de esa decisión –y ambos dependen de tu cuerpo- es el más breve posible. Tú decides algo y sucede, y en ese momento estás muy cerca de la libertad existencial”, ha sentenciado Berguer.
No se nos perdona esa libertad indómita.

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Un paréntesis para Notus

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Notus, Rosa dels Vents' Planeswalker (Scketch)

Hoy me dedicaré a numerar en orden de importancia las historias del manga japonés que más me han gustado o marcado. Es una pausa que hago en deferencia a Notus, por todos esos años de amistad, y por esos que ha estado tan lejos y tan cerca.

1: Gunmm, alita ángel de combate.
Lo mencionaba una autora de la que he hablado alguna vez por aquí, Laura Gallego. Es un manga del que también he hablado por aquí (apaga y vámonos), en la entrada de Ángeles Mecánicos.
https://labibliotecadeldragon.wordpress.com/2014/01/02/angeles-mecanicos/
Para más información, dele arriba.

2:Tenguen Topa Gurren Lagan (anime y manga)
Genial historia, mejores personajes y una trama que no te esperas ni por asomo. Me reservo una entrada para hablar de ello largo y tendido, y la dedicaré al buen amigo que me la recomendó.

3: La leyenda de zelda.
La única razón por la que no está el primero es porqué se aleja en exceso de la historia del videojuego. Aún así, hasta el cuarto tomo es muy recomendable.

4: One piece.
Uno de mis mejores amigos es fan incondicional. Tengo que admitir que la serie me gusta más por los recuerdos que conservo de esas tardes que nos mirábamos maratones de capítulos y las posteriores charlas, que por otra cosa.

5: Bola de drac (y en catalán, que mola más).
Me sobran la tira de episodios y situaciones, pero el mensaje y los valores que transmite son dignos de tenerlos desde pequeño.

6: Evangelion.
Aunque al final se convierte en una sucesión ininteligible de pajas mentales, aguanta el tipo muy bien y no se limita a ser otra serie de cargarse al malo en cinco episodios.

7: Fly, el guerrer del vent (otra indispensable licencia catalana, lo siento).
Está basado en un dragon quest (que viene a ser algo así como un final fantasy pero del Toriyama). Muy al estilo de Bola de drac y que pasó lamentablemente sin pena ni gloria.

8: Sand Land.
También del Toriyama. Es una obra de un sólo tomo, suelta. Aunque el dibujante se hace algo cansino con su “original” estilo de dibujo (a mi me perdonarán, pero me Songoku, Songoan y Songoten me parecían iguales), al final lo que cuenta es la historia que se narra.

9: Naruto.
Parece un tópico, pero quitando los episodios de relleno, la combinación de ninjas, tecnología moderna y magia me encantó. Los personajes del estilo de Kakashi no tienen desperdicio.

10: Pokemon (primera generación).
No se si entra en la categoría anime, pero en su momento me marcó un antes y un después. La historia es repetitiva, los personajes son planos, y en realidad nunca pasa nada. Pero esas tardes con mi hermano y mis primos viendo a pikachu recibiendo y dando la del pulpo, las recordaré con cariño.

Como ya he dicho, este es un paréntesis para un amigo. De todas formas, la excusa ha sido buena para poner sobre la mesa esas historias del manga japonés que, muchas veces, se relega injustamente a la categoría de historietas para niños.

Para Notus Merrowsong, con afecto

Los últimos cinco minutos…

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He visto una película curiosa. Por un lado no me ha gustado nada. Al final, me ha encantado.

La describiría como una montaña rusa, pero estas suelen durar un par de minutos, sabes dónde empiezas y dónde acabas y en el peor de los casos vomitas hasta la primera papilla. Pero no es el caso; aquí empieza usted sin saber muy bien dónde se ha metido. Luego se encuentra de frente con seis historias perdidas en el espacio y en el tiempo que se alternan una detrás de otra, sin piedad. No ayuda nada el hecho de que en cada una de ellas aparecen exactamente los mismos actores más o menos bien diferenciado de sus otras encarnaciones. Y que una hable sobre los problemas de un anciano olvidado en un geriátrico, y la siguiente de una fugitiva en un Seul postapocalíptico que lucha en una revolución acaba de liar el mogollón en plan apaga y vámonos.

Y finalmente, después de casi tres horas, se acaba casi tan rápido como ha empezado todo.

Si durante ese bombardeo de efectos especiales y espacios históricos combinados con retrofuturismo a veces absurdo, hace uno el esfuerzo mental nada desdeñable de seguir cada uno de los seis argumentos por separado, intentando recordar todo lo que ha pasado antes cada vez que lo vuelven a meter en pantalla, y haciendo las debidas conexiones en su momento, el reultado es un mensaje y una película para quitarse el sombrero.

Se llama El atlas de las nubes, y, la verdad, no podría llevar un título mejor. Al final, como he dicho, lo importante es el mensaje que se deja. Como un crisol en el que metemos una amalgama informe de metales y cristales de todo tipo y lo envolvemos todo en fuego hasta que acaba todo y en el fondo sólo queda ese mensaje.

Yo les invito a que lo descubran casi del mismo modo que lo hice yo; por casualidad.