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Palabras que hablan de palabras que hablan de nosotros

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Se dice que una imagen vale más que mil palabras, aunque personalmente no estoy de acuerdo. Supongo que si fuera verdad, en vez de mandar un watsap a un amigo para quedar tal día a tal hora en tal sitio, le mandaría una foto de “algo” y él ya tendría allí unas mil palabras para interpretar a su aire.

Porqué, ¿qué es una palabra en realidad? Según la R.A.E es la unidad mínima del lenguaje hablado y escrito que contiene uno o barios significados.

Si lo dejamos en eso… que triste, ¿no? Lo mismo podría ser el trino de un pájaro o un heructo cuando no toca.
A lo que me refiero es que intentar definir la palabra con palabras es como describir el rojo a una persona que es ciega desde su nacimiento.

He visto una peli, hoy, que le prometí a una amiga que vería (una promi de meñique, que dice ella), y como me he quedado como media hora delante de la pantalla sin saber como descrivirla, he decidido que lo haré de tres maneras distintas:

PALABRAS:

Se llama “Her”, y va de un hombre que se enamora de un sistema operativo con voz de mujer.

IMAGEN:

SONIDO

Aunque también podríais dedicarle un par de horas, que no os dejará idiferete para nada.

Los últimos cinco minutos…

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He visto una película curiosa. Por un lado no me ha gustado nada. Al final, me ha encantado.

La describiría como una montaña rusa, pero estas suelen durar un par de minutos, sabes dónde empiezas y dónde acabas y en el peor de los casos vomitas hasta la primera papilla. Pero no es el caso; aquí empieza usted sin saber muy bien dónde se ha metido. Luego se encuentra de frente con seis historias perdidas en el espacio y en el tiempo que se alternan una detrás de otra, sin piedad. No ayuda nada el hecho de que en cada una de ellas aparecen exactamente los mismos actores más o menos bien diferenciado de sus otras encarnaciones. Y que una hable sobre los problemas de un anciano olvidado en un geriátrico, y la siguiente de una fugitiva en un Seul postapocalíptico que lucha en una revolución acaba de liar el mogollón en plan apaga y vámonos.

Y finalmente, después de casi tres horas, se acaba casi tan rápido como ha empezado todo.

Si durante ese bombardeo de efectos especiales y espacios históricos combinados con retrofuturismo a veces absurdo, hace uno el esfuerzo mental nada desdeñable de seguir cada uno de los seis argumentos por separado, intentando recordar todo lo que ha pasado antes cada vez que lo vuelven a meter en pantalla, y haciendo las debidas conexiones en su momento, el reultado es un mensaje y una película para quitarse el sombrero.

Se llama El atlas de las nubes, y, la verdad, no podría llevar un título mejor. Al final, como he dicho, lo importante es el mensaje que se deja. Como un crisol en el que metemos una amalgama informe de metales y cristales de todo tipo y lo envolvemos todo en fuego hasta que acaba todo y en el fondo sólo queda ese mensaje.

Yo les invito a que lo descubran casi del mismo modo que lo hice yo; por casualidad.

La intimidad de las salas pequeñas

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Desde el martes por la tarde estoy con resfriado. No es una gripe fuerte, de esas que no se puede uno mover de la cama. No. Es un simple resfriado que hace que te baile el coco, que te duela todo y que tengas que sorber los mocos cada dos por tres. Y ay de ti si sales porque será peor. Así que no queda otra que la voluntaria e incondicional reclusión monástica (y digo monástica porque el cuerpo no está para nada que no sea la reflexión introspectiva y las cuatro cosas de siempre…).

Les cuento esto para que comprendan el alivio de poder salir ayer al medio día, después de tal grado de embotamiento mental. Así que lo hemos celebrado (mi novia y yo) yendo al cine. La sala era pequeña y los acomodadores andaban ajetreados, pero como yo no estaba muy fino, los quince minutos previos a los primeros trailers fueron bien recibidos.

Y entonces empezó la película. Y empieza con una muerte. Porque en el fondo, es una historia de muerte. Y de vida.

Leí el libro en el 2007 porqué me lo recomendó la libretera a la que yo siempre le compraba los libros. Cómo ya he mencionado alguna vez, lo mío son los libros de fantasía, de ficción, de cosas que jamás existieron (como que el sentido común sea el más común de los sentidos). Los históricos nunca fueron mi fuerte, así que imaginen mi sorpresa cuando la Alemania nazi pasó a ser el lugar con más magnetismo del mundo en el que vivimos.

Uno de los personajes dice; “Si tus ojos pudieran hablar ¿qué dirían? Haz tuyas las palabras” Bien, pues he ahí el dilema de hablar sobre la película, porque nada de lo que diga aquí le hará justicia. Aunque, en pocas palabras, diré que en ella se expone lo mejor y lo peor del ser humano, y aún así le estaría robando las palabras a la muerte. No diré nada de actores, de interpretaciones, de fotografía, montaje, dirección o taquilla, porque, francamente, no entiendo de eso.

Pero lo que sí diré es que La ladrona de libros es una de esas películas que no decepcionará al buen lector. Ni al malo, ya puestos. Y después del confinamiento de cinco días no podría haber imaginado mejor vuelta al mundo que esa joya del celuloide y el papel.

A modo de anécdota comentaré que, en una de las escenas más dramáticas, sonó un móvil justo en el asiento que tenía enfrente. Una chica. Buscó el aparató, no precisamente en silencio, y contestó. Sí, contestó. Se escucharon los clásicos siseos enfadados y alguna que otra voz. Pero ella, ni corta ni perezosa, siguió hablando. Y en el enfado que me produjo aquella falta de respeto, noté que la chica lloraba. Su compañero le propuso que bajara y hablara en la puerta, y ella, sin mediar palabra, lo hizo. Pero aún se la oía, porque no había salido, y, al menos para mí, era patente la angustia en la voz de la chica. Al cabo de unos minutos volvió a su asiento entre miradas feroces. Hablaron escuetamente con su compañero y se marcharon con un “lo siento” susurrado y franco.

Eso me hizo recordar que, por mucho que puedan conmover las lágrimas que vemos en las historias, a diario, personas como usted o yo, mediamos con las nuestras.

Para cargar, primero esperar

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Cuando te enteras que las escenas de películas y libros que te hicieron sentir en la piel todo el significado de la palabra “épica” son meras invenciones modernas, la sensación es algo así como la del globo que se deshincha. A mi me pasó ayer, cuando un amigo (el mismo que el de las galaxias expandidas) me pasó un blog en el que se explicaba la realidad de las cargas de caballería.

No se ustedes, pero yo, la escena en la que los rohirrim cargan contra las hordas de Mordor para auxiliar Minas Tirith, es algo que, opino, debería pasar a la historia del cine.

Aquí se la dejo http://www.youtube.com/watch?v=3dv1XyMP2SE

Luego averiguas que los pobres caballos de los jinetes de Rohan, cansados como debían estar tras la marcha de tres días para llegar allí, habrían servido para nada y menos tras la carga. Así que la carga épica de caballería no existe. Y los orcos tampoco.

Aquí les dejo el blog en cuestión para que los amantes de la épica nos deshinchemos http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2014/01/mitos-y-leyendas-las-cargas-de.html

“La vida es como un columpio. Cuando pones los pies en el suelo se acaba la diversión.” Mafalda

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La pelirroja y el calvo

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Un buen amigo me ha dado la idea hoy de recuperar un clásico de la acción / ciencia ficción /comedia del cine francés que le da vidilla al cine americano. Hecha en los tiempos en los que la presencia de ordenadores era más bien escasa en la gran pantalla (1997), pero sin caer en el platillo volante que cuelga del hilo sobre fondo negro con puntitos, tirando de maquillaje y disfraces, brilla por la simpleza de guión, las escasez de giros retorcidos y los personajes que a veces rozan lo absurdo.

Lejos de ser la típica película americana de marcianos que cabría esperar, la presencia francesa le da ese toque fresco que lo convierte en un clásico automático salvándola de la tontería de los aliens tomados a risa (como han hecho los creadores de Los amos del barrio, mírala una vez, ríete con el culocacapedopis, y si te he visto no me acuerdo).

Mantiene el misterio desde el primer momento; una nave extraterrestre explota cerca de la órbita terrestre y los investigadores sólo recuperan una mano de aspecto metálico y poco práctica, que se disponen a clonar merced a las nuevas tecnologías (y vaya con las nuevas tecnologías…).

Dejando de lado los aspectos más inmediatos, el film nos presenta momentos de todo tipo. Serios y trascendentales; Jovovich, en su papel más tierno e inocente de damisela en apuros que reparte leches como panes, se pregunta qué vale la pena salvar de la Tierra, acuciada por un sacerdote procedente de una orden que lleva la tira de tiempo guardando la llave de la cámara de los elementos. O incluso en el otro extremo, en lo purameunte absurde francés que tanto nos tira, con el personaje de Chris Tucker, Ruby Rhod, un talk-show afeminado (¿parodia? ¿¡Donde!?) que tiene su escala de verdes para clasificar la calidad de algo.

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En general, pues, un título obligado a los amantes de la ciencia ficción.

Malos como Dios manda

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Últimamente está muy de moda la historia del malo que no era tan malo porque en realidad se le había muerto el perro y claro, eso jode, y toca hacerse malo. Pero que en el fondo es bueno, cuidado. Y no sólo eso si no que, además, llegados al clímax de la historia, salvará al bueno, sacrificándose y recuperará su buenura en el último momento.

Claro que sí, campeón.

Estoy pensando en películas como Thor (si no la habéis visto al loro spoilers), con el hermano malo que nos cae muy bien a todos desde que se deja melena. Pues había que hacerlo bueno.

La verdad es, opino, que la figura del malo en una historia, sobretodo en historias para niños, es primordial. Tanto o más que la del bueno y genialísimo protagonista. No porqué no exista la posibilidad de corregir nuestros errores y cambiar de vida. Sino porqué hay personas que son malas. Pero malas de verdad. Por las razones que sea, pero las hay, y un niño que no lo sepa acabará siendo un cordero entre lobos. Aquello de no aceptes caramelos de desconocidos es una gran tradición.

Sin embargo, en según qué historias, cuando el punto de vista es ambiguo, el papel de bueno y malo queda relegado a un segundo término. Y aquí pienso en Memorias de Idhun, de Laura Gallego. El malo no se hace bueno y el bueno no lo es porque sí. No los hay. Simplemente hay personas (algo singulares, eso sí) que buscan lograr sus objetivos. Algunos menos cotidianos que otros.

Sin embargo eso no quita que, al menos yo, eche de menos al malo malísimo en las buenas historias. Disney fue una genial factoría de malos de verdad. De aquellos que querías tener como amigos.

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Lo bueno, si largo, dos veces bueno

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Hay historias que se disfrutan más contadas con tranquilidad. Otras, sencillas y elegantes que duran apenas unos instantes, pero que disfrutas cada segundo. Incluso las hay que las disfrutas más cuando te las ahorran.

En el caso de Peter Jackson, opino (y subrayo “opino”) que la necesidad de extenderse hasta que te quede claro si al porta le gusta el café con una o dos cucharadillas de azúcar, es imperiosa. Quizá por esto sea el director idóneo para la saga de El Señor de los Anillos. Tolkien, no contento con tres mazacotes en su haber, nos obsequió con el Silmarillion, un compendio de todos los nombres de individuos destacados y razas habidas y por haber en la Tierra Media. Y como una peli del Silmarillion es algo imposible a todos los efectos (más por cuestión de salud mental, si se me permite), pero el filón del anillo es algo que pobre de ti si lo dejas escapar, había que meterlo por algún lado, aunque fuera como referencias y alusiones.

Tal vez a los puristas de la Tierra Media, lo que el neozelandés ha hecho(cómo ya comentaba en alguna entrada anterior) les parezca poco menos que una aberración. Pero a los que nos gustan las historias con el punto justo de sobrecarga argumental como para saciar esas ganas de saberlo todo, una versión extendida de algo que ya de por sí es extenso (valga la redundancia), y que por añadidura nos gusta, sólo añade interés a la cosa.

Y para gustos, colores (¿Gandalf gris o Gandalf blanco?).

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No sueñes con barcos

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La náutica, junto con las motos, es un amor que mi padre me transmitió desde crío, cuando me contaba las historias de Ulises, en su barco a remos, atándose al mástil para que las sirenas no lo tentaran mientras la tripulación se tapaban los oídos con corcho y brea para no oírlas también

A veces nos perdemos en los sueños de lo que nos gustaría hacer y olvidamos que puede hacerse. Que hay gente que lo hace. Que lo vive. Y que a veces, lo sufre. En el caso de los barcos, con tanto pirata del caribe suelto que mola mogollón, es difícil para alguien que jamás ha navegado saber qué es real y qué ficción. Es poco probable que nos veamos algún día navegando sólo dos personas a bordo de un bergantín a vela. No por que no podáis navegar en un bergantín, si no que incluso para navegar en una balandra de un sólo palo, lo que Don Arturo Perez-Reverte calificaba de “piltrafa náutica” en su libro Cabo Trafalgar, es necesario una tripulación mínima de setenta y cinco hombres (o mujeres). Blossomchristopher-Morningset Y ya no digamos qué haría falta para manejar otra embarcación de la época un pelín mayor.

A lo que quería yo llegar con todo esto es que, en ocasiones, soñamos situaciones idílicas que nada tienen que ver con nosotros y pensamos que son la pera. Luego, los más afortunados, valientes o estúpidos, según se vea, lo prueban y pasa lo inevitable: se decepcionan.

Pero también están los que no. Los que ven en esto un mundo nuevo y apasionante. Quizá muy distinto de como lo habían imaginado, o de como les hubiera gustado que fuera. Pero auténtico, al fin y al cabo.

Así que, si me aceptáis un consejo, cuando un tema apasione tanto que se tenga que vivir, si es leído en las páginas de un libro o visto en la pantalla de un cine, cuanto menos atractivo le sea, mejor.

Y hablando de barcos, hay dos títulos a los que les tengo especial afecto. Uno es el arriba mentado, Cabo Trafalgar, de Arturo Perez-Reverte. Personalmente, soy más fan suyo por sus artículos que por sus libros, pero este en concreto lo recomiendo mucho. http://www.perezreverte.com/libro/39/cabo-trafalgar/

El segundo título es de cine, y está basada en la obra de otro escritor, Patrick O’Brian, Aubery-Maturin http://es.wikipedia.org/wiki/Aubrey-Maturin. Se llama Master and Commander, y probablemente ya os suene http://www.filmaffinity.com/es/film595319.html.

Como he dicho, ambos títulos no son para pasar el rato. Son para estar pendientes de ellos en todo momento, experimentando todo lo que tienen por dar; desasosiego, miedo, duda, ánimo, valentía, furia ciega, orgullo y pesar. Por mentar unos pocos.

Porque es muy distinto saltar de barco en barco, espada en mano y botella de ron en la otra, disparando cañonazos a mansalva, que sentir el frío de la mañana en el mar calándote hasta los huesos mientras te vistes con ropa húmeda, y ves como espadas y puñales se oxidan y malogran por culpa de la salitre. Porque la diferencia entre contar una historia y vivirla, es el miedo.

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La Bella, la Bestia y Nikolas

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Para los que no los sepáis, los franceses están a punto de estrenar una nueva versión del clásico este febrero de 2014, en Francia (falta ver si llega y cuando a este país de pandereta). Por lo que se ve en el trailer, poco tiene que ver con la versión del amigo Walt. Aquí os lo dejo para ir haciendo boca: http://www.youtube.com/watch?v=_COCCpWhR3Q

Como todo gañán de mi generación, crecí con los últimamente polémicos clásicos Disney. Entre ellos, como no, la Bella y la Bestia.

Cuando al cabo del tiempo te enteras de que las pelis que tanto te marcaron en su momento eran algo así como plagios adaptados de cuentos infantiles (generalmente de los Grim, los Andersen o incluso Shakespeare) te sientes algo así como cuando te dicen que al Papá Noel que conocemos se lo inventaron los de marqueting de la Coca Cola (y si no lo sabías, siento ser yo quien te lo diga, superalo), y que el original, un tal Nikolas, iba de verde y montaba un burro.

Pues con la idea de arrojar un poco de luz sobre el origen de este clásico Disney que a mi tanto me gustó, y que aún me gusta, os dejo a continuación la versión en plan Nikolas de Madame Leprince Beaumont, aunque huelga decir que su origen es poco claro.

Que la disfruteis.

LA BELLA Y LA BESTIA
de Madame Leprince de Beaumont

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Había una vez un mercader extremadamente rico. Tenía seis hijos, tres muchachos y tres niñas, y como era un hombre inteligente, no ahorró nada para la educación de sus vástagos, dándoles toda suerte de maestros.

Sus hijas eran muy hermosas, pero sobre todo la menor resultaba admirable, y, desde la infancia, no se le daba otro nombre que el de la Bella Niña, de suerte así la llamaban, lo cual hizo que sus hermanas se sintieran celosas.

La pequeña, más bonita que sus hermanas, era también mejor que ellas; las dos mayores tenían mucho orgullo, porque eran ricas, se hacían las grandes damas y no querían recibir las visitas de otras hijas de mercaderes, pues consideraban que no eran gentes de calidad para ser sus amigas. Ellas iban todos los días a bailes, al teatro, de paseo, y se burlaban de su hermana pequeña, que empleaba la mayor parte del tiempo en leer buenos libros.  

Como se sabía que las muchachas eran muy ricas, muchos ricos comerciantes las pidieron en matrimonio. Pero las dos mayores respondían que ellas no se casarían jamás, a menos que encontrasen un duque, o por lo menos un conde.

Bella (pues yo os digo que éste era el nombre de la más joven), Bella, repito, agradeció amablemente a quienes deseaban casarse con ella, pero arguyó que era muy joven, y que por el momento, necesitaba estar con su padre algunos años más, haciéndole compañía.

Repentinamente, el mercader perdió sus bienes, no quedándole más que una pequeña casa de campo, bien lejos de la ciudad. Comunicó entre lágrimas a sus hijos, que era preciso trasladarse a esta posesión, y que trabajando como campesinos todos podrían vivir. Sus dos hijas mayores respondieron que no querían dejar la ciudad, y que tenían muchos enamorados que, aunque ellas careciesen de fortuna, serían felices si las convertían en sus esposas.  

Las presumidas señoritas se equivocaban; sus galanes no quisieron mirarlas más en cuanto se arruinaron, y como nadie las apreciaba a causa de su soberbia, se decía:

-No merecen ser compadecidas, estamos contentos de ver rebajado su orgullo; que se vayan a hacer la gran dama cuidando de los carneros.

Pero al mismo tiempo todo el mundo agregaba:

-Por Bella lo sentimos pues se trata de una buena muchacha que habla a las pobres gentes con tanta bondad, es tan dulce, tan bien educada…

E incluso hubo gentilhombres que se quisieron casar con la joven aunque estuviera arruinada, pero Bella les dijo que no podía abandonar a su pobre padre en la desgracia ya que estaba dispuesta a seguirle al campo para ser su consuelo ayudándole en el trabajo..

La pobre Bella estaba muy afligida por haber perdido la fortuna pero se hizo las siguientes reflexiones:

-Por más que llore, las lágrimas no me devolverán mis bienes; es preciso acostumbrarse a ser feliz sin fortuna.

En cuanto llegaron a la casa de campo, el mercader y sus tres hijos se ocuparon de labrar la tierra, y Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ponía a limpiar la casa y a hacer la comida para su familia.

La joven sentíase muy triste pues no estaba acostumbrada a trabajar como una criada pero al cabo de dos meses se acostumbró y se hizo más resistente ya que la fatiga le dio una salud perfecta. Sin embargo, en cuanto había realizado sus tareas domésticas, leía, tocaba el clavecín o bien cantaba mientras dedicábase a hilar.

Sus dos hermanas, al contrario, se morían de aburrimiento ya que no hacían gran cosa fuera de lamentarse; se levantaban a las diez de la mañana, paseaban todo el día y entreteníanse echando de menos sus hermosos trajes y las agradables compañías.

-Ved a nuestra hermana pequeña –comentaban hablando entre ellas-, tiene el alma tan simple y estúpida que es feliz en esta desgraciada situación.

El buen mercader no pensaba como sus hijas, pues sabía que Bella era más brillante que sus hermanas, y admiraba la virtud de esta muchacha, sobre todo su paciencia, ya que las hermanas, no contentas de cargar sobre sus hombros el peso de todo el trabajo doméstico, la insultaban de continuo.  

Hacía un año que esta familia vivía en soledad cuando el mercader recibió una carta, en la cual se le anunciaba que un bajel en el que había mercaderías suyas, acababa de llegar felizmente a puerto. Tan grata noticia hizo que sus dos hijas mayores se volvieran locas de alegría pensando que, al fin, podrían dejar el campo donde se aburrían tanto; en cuanto ambas vieron a su padre dispuesto a partir, pidieron que les trajese vestidos, pelucas y toda suerte de bagatelas.

Bella, en cambio, no le pidió nada pues razonaba juiciosamente que todo el dinero de las mercancías no sería suficiente para adquirir eso que sus hermanas deseaban.

-¿No quieres que te compre alguna cosa también? –le preguntó su padre.

-Ya que vos tenéis la bondad de pensar en mí –respondió ella-, os ruego me traigáis una rosa puesto que aquí no tenemos.  

No es cierto que Bella necesitase una rosa, pero quiso pedir algo para que sus hermanas no dijeran que buscaba distinguirse de ellas no solicitando nada.

El buen hombre partió; mas en llegado que fue al puerto, se le hizo un proceso por sus mercancías, y, luego de haberlo pasado muy mal, quedó aún más pobre que anteriormente.

Regresó a su hogar, pues, y no le quedaban sino 30 millas para llegar a casa, lo que le llenaba de contento ante la inminencia de volver a ver a sus hijos, cuando, al atravesar obligatoriamente un bosque enorme, se extravió.

Para colmo de males nevaba horriblemente y el viento era tan fuerte que le tiró dos veces de su caballo; había descendido la noche y pensó que moriría de hambre o de frío, o bien que sería devorado por los lobos que se escuchaban aullar en torno suyo.

De pronto, mirando a través de una extensa hilera de árboles, vio un enorme resplandor que semejaba estar muy lejos. Yendo hacia allá, descubrió que la luz salía de un gran palacio que estaba completamente iluminado.

El mercader dio gracias a Dios por el socorro que Él le enviaba, y se apresuró a ir al palacio, mas se sorprendió mucho al no encontrar a nadie en el patio. Su caballo, que le seguía, descubriendo una acogedora cuadra abierta, se apresuró a entrar y al encontrarse forraje y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se lanzó sobre el alimento con mucha avidez. El buen hombre lo dejó en las caballerizas y fue a la mansión en donde tampoco encontró a nadie, pero entrando en una gran sala hallóse ante un magnífico fuego y una mesa cargada de ricas viandas, en la cual no había más que un cubierto. Como la lluvia y la nieve le calaran hasta los huesos, se acercó al fuego para secarse, diciendo para sí :

-El dueño de la casa y sus servidores, me perdonarán la libertad que me he tomado al entrar; sin duda van a aparecer pronto y podré darles explicaciones.

Esperó durante un tiempo considerable y sonaron las once de la noche sin que viese a ninguna persona, entonces, ya no pudiendo resistir el hambre que le dominaba, tomó un pollo que devoró en un par de bocados, aunque temblando, bebió también unos sorbos de vino, y ya más atrevido, salió de la sala atravesando numerosas salas esplendidamente amuebladas. Finalmente encontró una estancia donde había un amplio lecho y puesto ya era media noche pasada y él allí estaba, tomó la decisión de cerrar la puerta y acostarse.

Eran tocadas las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, sorprendiéndose mucho al ver un traje limpio reemplazando el suyo, que estaba completamente deteriorado.

-Seguramente –pensó-, este palacio pertenece a un hada buena que ha tenido piedad de mi situación.

Al mirar por la ventana vio que ya no había nieve y, en su lugar, hermosos macizos de flores encantaban la vista.

Regresó entonces a la sala donde cenara la vigilia anterior advirtiendo que le había sido servido chocolate caliente en una pequeña mesa.

-Os doy las gracias, señora Hada –dijo en voz alta-, por haber tenido la bondad de pensar en mi desayuno.  

El buen hombre, después de haberse bebido el chocolate, salió para ir a buscar a su caballo, y como pasaba bajo un cenador de rosas, recordó de improviso lo que Bella le había pedido y cogió una rama en donde había bastantes.

En ese preciso instante escuchó un rugido ensordecedor y vio venir hacia él a una bestia tan horrible, que casi se desmaya de la impresión.

-Habéis sido muy ingrato –le dijo la bestia con una voz terrible-, yo os he salvado la vida recibiéndoos en mi palacio, y para mi dolor vos me robáis mis rosas, que yo amo más que a nada en el mundo. Es preciso que muráis con objeto de reparar semejante falta. Os concedo un cuarto de hora para que pidáis perdón a Dios por vuestros pecados.

El mercader se puso de rodillas y le dijo a la bestia juntando sus manos:

-¡Monseñor, perdonadme; no creía ofenderos cogiendo las rosas que una de mis hijas me había pedido!

-Yo no me llamo monseñor –respondió el monstruo-, sino la Bestia, no amo los halagos y no creáis que me enterneceréis con vuestras lisonjas. Mas acabáis de decir que tenéis hijas y os perdono la vida a condición de que una de ellas venga voluntariamente para morir en vuestro lugar; no me repliquéis, partid y si vuestras hijas rechazan el dar su vida por vos, juradme que volveréis dentro de tres meses para entregaros a mi voluntad.  

El infeliz padre no tenía ningún deseo de sacrificar a una sola de sus hijas al malvado monstruo, pero pensó que al menos, tendría el placer de abrazarlas por última vez, y así le juro solemnemente que retornaría y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera, pero, agregó:

-No quiero que os marchéis con las manos vacías. Regresad a la habitación en donde habéis dormido y encontraréis un gran cofre vacío; puedéis meter dentro todo cuanto os plazca que yo lo haré llevar a vuestra casa.

La Bestia se retiró, y en ese mismo momento, el mercader se hizo esta reflexión:

-Si es preciso que yo muera, al menos tendré el consuelo de dejar el porvenir asegurado a mis pobres hijos.

Volvió al dormitorio y habiendo encontrado una gran cantidad de pieza de oro, llenó el cofre del que la Bestia le había hablado, lo cerró y recobrando a su caballo, que halló en la cuadra, abandonó el palacio con una tristeza igual a la alegría que había tenido al entrar. Su caballo cogió él mismo uno de los caminos del bosque y en pocas horas el buen hombre llegó a su casa.

Sus hijos le rodearon, pero, en lugar de ser sensible a sus caricias, el mercader se puso a llorar contemplándoles. Tenía en la mano la rama de rosas que le llevaba a Bella y se la dio diciéndole:

-Bella, coge estas rosas, que bien caras costaron a vuestro desgraciado padre –y acto seguido relató a su familia la funesta aventura que le había sucedido.

Al oír aquello, sus dos hijas mayores lanzaron grandes gritos e injuriaron a Bella, que no lloraba.

-¡Ved que lo produce el orgullo de esta criatura –exclamaron ambas-, que no pidió regalos normales como nosotras, no, la señorita quería distinguirse y con ello es la causa de la muerte de nuestro padre!

-Vuestras reconvenciones son inútiles –replicó Bella-, ¿por qué lloráis prematuramente una muerte que aún no ha tenido lugar? Padre no morirá. Ya que el monstruo quiere aceptar una de sus hijas, yo me entregaré a toda su furia, y seré feliz puesto que al morir habré tenido la satisfacción de salvar a mi padre probándole el afecto que le tengo.

-No, hermana nuestra – le dijeron sus tres hermanos-, vos no falleceréis; nosotros iremos a buscar al monstruo y moriremos bajo sus golpes si no le podemos matar.

-No lo creáis, hijos míos –les aseguró el comerciante-, la fuerza de esa Bestia es tan grande, que no me queda ninguna esperanza de hacerla perecer. Yo estoy conmovido ante el buen corazón de Bella, pero no deseo exponerla a la muerte. Viejo soy ya, pues me queda poco tiempo de vida, así no perderé más que unos pocos años de existencia; lo único que siento es, mis queridos hijos, el no volver a veros nunca más.  

-Os aseguro, padre mío –dijo Bella-, que vos no iréis a ese palacio sin mí; no podéis evitar el que os siga. Aunque sea joven, no me siento muy atada a la vida y prefiero mejor ser devorada por el monstruo que morir a causa de la pena que me produciría vuestra partida.

Con que estuvo decidido, Bella quiso partir hacia el hermoso palacio, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la pequeña siempre les había inspirado muchos celos.

El mercader encontrábase tan cegado por el dolor de perder a su hija, que no pensaba en el cofre lleno de oro, pero, así que se encerró en cu dormitorio para acostarse, le sorprendió encontrarlo al lado de su cama.

Entonces resolvió no decir que era rico de nuevo, porque las hijas mayores habrían querido volver a la ciudad, y estaba resuelto a morir en sus tierras. Pero confió el secreto a Bella cuando esta le comunicó que habían venido varios gentiles hombres durante su ausencia, y que dos amaban a sus hermanas. Ella le rogó casarlas, pues era tan buena que las quería y les perdonaba de todo corazón el mal que le habían hecho.

Estas dos perversas muchachas se frotaron los ojos con una cebolla, para fingir llanto, cuando Bella partió con su padre, mientras que sus hermanos sollozaban de verdad igual que el mercader, sólo Bella absteníase de hacerlo porque no deseaba aumentar el dolor general.

Sus caballos cogieron la ruta del palacio, y al atardecer padre e hija lo vieron iluminado, como la primera vez que lo divisó el comerciante.  

El caballo fue solo al establo y el buen hombre entró con su hija en la gran sala donde ellos se encontraron con una mesa ricamente servida, en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ganas de comer, mas Bella, esforzándose en parecer tranquila, sentóse a cenar y se sirvió, diciéndose a ella misma:

-La Bestia quiere engordarme antes de comérseme, y para ello no escatima atenciones.

Cuando hubieron cenado se pudo escuchar un gran rugido y el mercader dijo adiós a su pobre hija llorando, pues pensaba que se trataba de la Bestia. Bella no pudo por menos que estremecerse al ver aquella horrible figura, mas procuró ser educada, y el monstruo, habiéndole preguntado si había venido por su propia voluntad, fue respondido por ella, aunque temblaba de miedo, que, en efecto, sí.

-Habéis sido muy bondadosa –dijo la Bestia-, y os estoy obligado por vuestra gentileza. Buen hombre, partid mañana por la mañana y no se os ocurra jamás volver aquí. Adiós, Bella.

-Adiós Bestia –respondió ella y enseguida el monstruo retiróse.

-¡Ah, hija querida –exclamó el mercader abrazando a Bella-, estoy medio muerto de espanto; créeme, déjame aquí en tu lugar!

-No, padre mío –repuso Bella con firmeza-, partid mañana temprano y encomendadme a la protección del Cielo; puede ser que él tenga piedad de mí.

Ambos se fueron a acostar creyendo que no dormirían en toda la noche, mas apenas haberse introducido en sus lechos se les cerraron los ojos.

Durante el sueño, Bella vio una dama que le decía:

-Me complace advertir que poseéis un corazón abnegado, Bella; la buena acción que vos hacéis dando la vida a cambio de salvar la de vuestro progenitor no permanecerá sin recompensa.

Bella, al despertarse, le contó el sueño a su padre, lo cuál le consoló un poco, cosa que no impidió que lanzara sentidos gritos de dolor cuando fue preciso separarse de su querida hija.

Cuando él hubo partido, Bella tomó asiento en la enorme sala, y se puso a llorar también, pero como era muy valiente, se encomendó a a Dios y resolvió que no podía entristecerse para el poco tiempo que le quedaba de estar viva, ya que creía firmemente que la Bestia iba a devorarla por la noche. Decidió entonces pasearse, a la espera, visitando el hermoso palacio pues no podía evitarse el admirar tanto esplendor.

Sin embargo se sorprendió mucho al encontrar una puerta sobre la cual había escrito:

APOSENTOS DE BELLA

La abrió con precipitación quedando deslumbrada por la magnificencia que reinaba allí; pero lo que más la impresionó fue ver una gran biblioteca, un clavecín, y bastantes libros de música.

-No veo que vaya a aburrirme –se dijo en voz baja y pensó acto seguido:-, si yo no tuviera más que un día para estar aquí, no necesitaría tanta provisión de libros y demás cosas.  

Tales pensamientos le infundieron ánimos. Salió entonces de la biblioteca y vio un libro donde había escrito con letras de oro:

DESEAD, PEDID; VOS SOIS AQUÍ LA REINA Y SEÑORA.  

-¡Ay de mí –dijo ella suspirando-, yo no necesito nada más que ver a mi pobre padre y saber que hace en el momento presente! –lo había dicho para ella misma y cuál no fue su asombro que poniendo los ojos en un gran espejo pudo comtemplar su hogar donde el padre llegaba con un rostro extremadamente triste.

Sus hermanas iban delante de él, y a pesar de las muecas que falsamente hacían, aparentando aflicción, la alegría que tenían por la pérdida de su hermana se les transparentaba en el semblante.

Un momento después todo desapareció, y Bella no pudo evitar el pensar que la Bestia era muy amable y que ella no tenía nada que temer.

Al medio día halló la mesa puesta y durante la comida pudo escuchar un excelente concierto, aunque no se viera a ningún músico.

Por la noche, cuando ella iba a sentarse dispuesta a cenar, escuchó el ruido que hacía la Bestia al aproximarse, y no pudo evitar un escalofrío.

-Bella –le dijo el monstruo-, ¿os importa que os comtemple mientras cenais?

-Vos sois el dueño –repuso Bella temblando.

-No –contestó la Bestia-, aquí no hay más dueña que vos, no tenéis más que decirme que me vaya si mi presencia os molesta y me iré enseguida. Decidme, ¿no es verdad que vos me encontráis feo?  

-Es cierto –dijo Bella-, pues yo no sé mentir, pero creo que sois muy bondadoso.

-Tenéis razón –replicó el monstruo-, mas aparte de que soy feo carezco de ingenio; no me engaño, sé muy bien que soy una bestia.

-Nadie es una bestia –respondió Bella-, cuando cree no ser ingenioso; un tonto nunca lo hubiera pensado.

-Comed, Bella –rogó el monstruo-, y deshechad el que vayáis a aburriros en vuestra casa, ya que todo cuanto aquí hay os pertenece y yo me sentiría muy triste si no estuvierais contenta en ella.

-Vos lo habéis dispuesto todo muy bien –contestó Bella-, y esto me llena de contento y me hace, al pensar en vos, que no os vea tan feo.

-¡Oh, sí –dijo la Bestia-, tengo el corazón bondadoso, mas soy un monstruo.

-Existen hombres que son más monstruos que vos –rebatió Bella-, y yo os aprecio mejor con vuestra aspecto que a quienes, con la figura humana, esconden un corazón falso, corrompido e ingrato.

-Si yo fuera ingenioso –replicó la Bestia-, os haría grandes cumplimientos para agradeceros vuestras palabras, pero como no sé expresarme lo único que puedo deciros es que os estoy obligado.

Bella cenó con excelente apetito. Ya no tenía miedo del monstruo, pero creyó morir de terror cuando él le preguntó:

-Bella, ¿querríais ser mi esposa?

La joven no respondió durante algunos instantes, luego, aun teniendo miedo de excitar la cólera del monstruo al rechazarle, contestó temblando:

-No, Bestia.

En ese momento el pobre monstruo quiso suspirar y lo que le salió fue un rugido espantoso que recorrió todo el palacio, pero Bella no se inquietó porque la Bestia le dijo tristemente:

-Adiós pues, Bella –y abandonó la estancia aunque volviéndose de tiempo en tiempo para mirar a la joven.

La joven, viéndose sola, sintió una gran compasión por la pobre Bestia.

-¡Ay, pensó-, es bien triste que sea tan feo siendo tan bondadoso!

Bella pasó tres meses en el palacio con gran tranquilidad.

Todas las noches la Bestia la visitaba y la entretenía durante la cena contándole cosas agradables, pero jamás haciendo gala de eso que se llama ingenio en las conversaciones sociales.  

Cada día Bella descubría nuevas cualidades en el monstruo. La costumbre de verle le había acostumbrado a su fealdad y lejos de temer el momento de la visita, ella miraba su reloj para comprobar si ya eran las nueve de la noche, pues la Bestia no se retrasaba nunca. Sólo había una cosa que entristecía a Bella y es que el monstruo, antes de despedirse, le pedía siempre si quería ser su esposa y daba muestras de honda tristeza cuando ella volvía a repetir su negativa.

La joven le dijo un día:

-Me apenáis, Bestia, yo quisiera casarme con vos, pero soy demasiado sincera para haceros creer que esto llegará jamás. Seré toda la vida vuestra amiga, contentaros con esto.

-Comprendo –repuso la Bestia-, me rindo ante vuestros argumentos; sé perfectamente que soy horrible, sin embargo os amo intensamente, ahora bien, me conformo y soy muy feliz de que deseéis permanecer aquí. Prometedme que no me dejaréis nunca.

Bella se ruborizó al escuchar estas palabras; había visto en el espejo mágico que su padre estaba enfermo por la pena de haberla perdido, y anhelaba reunirse con él.  

-Yo puedo prometeros –le dijo a la Bestia-, no dejaros nunca, pero tengo tantas ganas de volver a estar con mi padre, que moriría de dolor si me negaseis ese placer.

-Antes moriría yo –replicó el monstruo-, que ocasionaros cualquier tristeza. Os enviaré a casa de vuestro padre, y allí estaréis, y esta pobre Bestia fallecerá de pena.

-No –contestó Bella llorando-, os aprecio demasiado como para convertirme en la causa de vuestra muerte; prometo volver al cabo de ocho días. Me habéis hecho saber que mis hermanas están casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se halla completamente solo; concededme el que permanezca en su casa una semana.  

-Vos estaréis mañana por la mañana –dijo la Bestia-, pero acordaos de vuestra promesa. No tenéis más que poner esta sortija sobre una mesa al acostaros, cuando deseéis venir.

Adiós, Bella –la Bestia suspiró según su costumbre en diciendo estas palabras y Bella se acostó muy triste al verla así afligida.

Cuando ella se despertó por la mañana, se encontró en el hogar paterno, y habiendo sonado un despertador que estaba al lado de su cama, vio venir a una sirvienta gritando asustada al verla. El comerciante acudió a ese grito y casi muere de felicidad al contemplar a su querida hija permaneciendo ambos abrazados durante más de un cuarto de hora.

Bella, después de los primeros transportes, pensó que no tenía vestidos que ponerse pero la criada le dijo que acababa de encontrar en la habitación vecina un gran cofre pleno de ropas tejidas en hilo de oro y guarnecidas de diamantes. Bella agradeció mentalmente a la bondadosa Bestia sus atenciones y escogiendo la menos rica de estas vestimentas, le dijo a la sirvienta que guardase el resto ya que deseaba regalárselas a sus hermanas, mas apenas hubo pronunciado ella estas palabras, que el cofre desapareció. Su padre, entonces, le indicó que la Bestía quería que conservase el presente para ella y enseguida volvieron a estar allí los trajes en su arcón.  

Bella se vistió y durante ese tiempo se fue a avisar a sus hermanas que acudieron con los esposos.

Las dos eran muy desgraciadas; la mayor había contraido matrimonio con un gentilhombre, hermoso como el Amor, pero él sólo estaba enamorado de si mismo desde la mañana hasta la noche y menospreciaba la belleza de su esposa.

La segunda estaba casada con un hombre que tenía mucho ingenio, aunque con sus agudezas lo único que conseguía era molestar a todo el mundo, siendo su mujer la primera.

Las hermanas de Bella creyeron morir de dolor cuando la vieron vestida como una princesa y más hermosa que el día, y aunque la pequeña fue muy cariñosa con ambas, nada pudo apagar sus celos que aumentaron cuando les contó lo feliz que era.  

Las dos envidiosas bajaron al jardín para llorar a su gusto, y se decían entre sí :

-¿Por qué esta pequeña criatura ha de aventajarnos en felicidad? ¿No nos la merecemos nosotros más que ella?

-Hermana mía –exclamó la mayor-, tengo una idea, procuremos alargar su estancia aquí más de ocho días y esa tonta Bestia se enfurecerá porque Bella habrá faltado a su palabra, y puede ser que la devore.

-Tenéis razón, hermana mía –respondió la otra-, por tanto es necesario tratarla bien y mimarla.

Habiendo tomado tal resolución, se reunieron con Bella haciéndole tantas demostraciones de cariño que la pobre muchacha lloraba de alegría.

Cuando los ocho días transcurrieron, las dos hermanas se arrancaron los cabellos dando muestras de tan grande aflicción ante la sola idea de su partida, que Bella les prometío quedarse otros ocho días, mas no sin reprocharse la tristeza que estaba causando a su pobre Bestia a quien ella apreciaba con todo su corazón echándola mucho de menos.

La décima noche pasada en casa de su padre,soñó que hallábase en el jardín del palacio y que veía a la Bestia acostada sobre la hierba dispuesta a morir y reprochándole su ingratitud.

Bella se despertó sobresaltada y derramó abundantes lágrimas.

-Me estoy comportando muy mal –se dijo-, al causarle tanto sufrimiento a la Bestia que tan gentilmente me ha tratado siempre, porque, ¿es acaso culpa suya si es tan fea y tiene tan poco ingenio? Es buena y eso vale más que todo lo demás. ¿Por qué no he querido casarme con la Bestia?; sería más feliz con ella que mis hermanas con sus maridos, pues no es ni la belleza ni el ingenio de un esposo lo que hacen dichosa a su mujer, es la bondad del carácter, la virtud, la amabilidad, y la Bestia tiene todas esas buenas cualidades, cierto que yo no la amo pero le tengo afecto, amistad y reconocimiento. Por tanto, no es preciso seguir haciéndola desgraciada –pronunciando estas palabras Bella se levantó, puso la sortija sobre la mesa y volvió a acostarse.

Apenas ella estuvo en su lecho, se durmió y al despertarse por la mañana, vio con alegría que estaba en el palacio de la Bestia. Se vistió entonces lujosamente, para gustarle, y se aburrió mucho todo la jornada esperando que fuesen las nueve de la noche, pero el reloj tardaba en dar la hora y cuando la dio la Bestia no hizo acto de presencia. Bella entonces creyó haber causado su muerte y corrió por el palacio desesperada dando grandes gritos.

Después de haber buscado por todas partes, ella se acordó de su sueño y corrió por el jardín hacia el canal donde le había visto durmiendo. Encontró a la pobre Bestia tendida sin conocimiento, lo que le hizo creer que estaba muerta.  

Entonces se echó sobre el cuerpo, sin tener miedo de su aspecto y sintiendo que su corazón latía aún, recogió agua del canal y se la echó sobre la cabeza.

La Bestia abrió los ojos y le dijo a Bella:

-Habéis olvidado vuestra promesa y la pena de tener que perderos me ha decidido a dejarme morir de hambre, pero muero contento porque tengo el placer de volveros a ver todavía una vez más.

-¡No, mi querida Bestia, no podéis morir –exclamó Bella-, vos viviréis para convertiros en mi esposo, desde este momento os entrego mi mano y os juro que no me casaré si no es con vos. ¡Ay de mí!, creía no sentir más que amistad por vos, pero el dolor que siento me hace ver que no podría vivir sin veros!

Apenas Bella pronunciaba estas palabras que ya el palacio tornóse resplandeciente, estallaron los fuegos de artificio, escuchándose músicas por doquier, todo lo cual parecía anunciar una fiesta, pero semejantes maravillas no la distrajeron, ella se volvió hacia su querida Bestia a la que el dolor la hacía sufrir, mas grande fue su sorpresa al comprobar que la Bestia había desaparecido, encontrando a su pies a un príncipe más hermoso que el propio Amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento.

Aunque el príncipe mereciese toda su atención, ella no puso evitar el preguntarle en dónde estaba la Bestia.

-Vos la véis a vuestros pies –le dijo el príncipe-, un hada malvada me había condenado a estar hechizado bajo esta condición hasta que una bella joven consintiera en casarse conmigo apreciando también mis cualidades. Y sólo vos en todo el mundo erais lo bastante bondadosa como para comprender las virtudes de mi carácter, y ofreciéndoos una corona no puedo siquiera corresponder a lo obligado que me hallo con vos.

Bella, agradablemente sorprendida, le dio la mano al hermoso príncipe para ayudarle a levantarse.

Fueron juntos al palacio y Bella creyó morir de alegría encontrando, en la gran sala, a su padre y a toda la familia pues la majestuosa dama que se le había aparecido en sueños, los acababa de transportar llevándolos hasta allí.  

-Bella –le dijo esta dama, que no era otra sino un hada muy importante-, estáis recibiendo la recompensa por vuestra buena conducta, pues habéis elegido la virtud a la belleza y al ingenio, habiendo tenido el mérito de encontrar todas estas cualidades reunidas en una misma persona. Os convertiréis en una gran reina y espero que el trono no destruya nunca la bondad de la que sois poseedora.

Y el hada se dirigió entonces a las hermanas de Bella:

-En cuanto a las dos, ya que conozco vuestro corazón y toda la malicia que encierra, os convertiré en un par de estatuas , pero conservando el entendimiento bajo la piedra que os envolverá. Permaneceréis a la puerta del palacio de vuestra hermana, y no os impongo otra condena que el de ser testigos de su felicidad. No podréis regresar a vuestra antigua apariencia hasta que no reconozcáis vuestras faltas, pero mucho me temo que siempre quedaréis convertidas en estatuas, pues uno se corrige del orgullo, de la cólera, de la glotonería y de la pereza, mas constituye una especie de milagro la conversión de un corazón malvado y envidioso.

En el mismo momento, el hada dio un toque de varita que transportó a todos aquellos que estaban dentro de la sala, hasta el reino del príncipe.

Sus súbditos le recibieron gozosos, y él se casó con Bella, viviendo ambos muchos años en perfecta dicha porque su matrimonio tenía por fundamento la virtud.

El hobbit, la desolación de Smaug (Atención Spoilers) Si te meas, te aguantas.

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Para los que nos lo leímos cuando no levantábamos dos palmos del suelo, el hobbit, al menos en mi caso, significó el comienzo de una pasión por los mundos de fantasía que aparecen cuando se abre un libro.

Cómo dijo Bastian Baltasar Bux en  La historia interminable“¿Que sucede en un libro cuando está cerrado?”. Pues, opino, esto es lo que con estas películas nos transmite Peter Jackson. Una amiga decía que el director, a parte de tomarse muchas licencias, se ha dedicado a hacer freestyle como le ha dado la gana (véase a Legolas correr por el río matando orcos atroche y moche -me llaman Legolas no por guapo si no por cazar orcos- , a Bombur, en la misma escena, rodando dentro de un barril y derribando enemigos como bolos en una bolera, o a los enanos fundiendo oro para arrojarlo encima del dragón en una épica, aunque previsible, batalla final). Incluso nos ha introducido personajes por la patilla (aunque Evangeline Lilly está tremenda y atrae al público como la miel a las moscas, Tauriel habrá decepcionado a más de un forofo y puritano del libro) y romances aparecidos de la manga como naipes franceses (Kili y Tauriel en un flechazo a primera vista, que la idea no es mala pero, incluso para un friki como yo, sobra en este contexto). Aún así, el personaje de la elfa pelirroja ha demostrado tener su lugar en esta reinterpretación, y he de decir que me ha gustado cómo lo han planteado.

A lo que sí me veo obligado a quitarme el sombrero e inclinarme sin reservas, es a las escenas en las que Bilbo y Smaug conversan, y a la posterior persecución (aunque en ocasiones entramos en el freestyle del que hablaba antes). Desde la voz hasta los gestos, el carácter orgulloso y petulante, hasta los excelentes efectos especiales que se ha currado el equipo del Jackson (las monedas de oro pegadas en su vientre, cayendo a los pies de los enanos que, en silencio, intentan sortearlo sin ser vistos), conforman un dragón en el que todo forofo de dragones, como un servidor, reconoce los que veía entre las páginas de los libros a las tantas de la madrugada (que le den al parcial de mañana, yo quiero saber qué pasa). Una sensación así, simplemente, no puede describirse.

En general, diría que, como película, cumple más que bien sus objetivos. A pesar de sus 160 minutos de nada, ni unos sólo de ellos te despegas del asiento o apartas la mirada de la pantalla. Si te meas, te aguantas.

Así que, y ya cómo conclusión, muy recomendable para dragoadictos a los que lo que dura una peli es lo de menos, y prescindible para los incondicionales de Tolkien (que no decepcionante si tienes la sensatez de ir a verla con la idea de NO ver una peli del libro).

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