Archivo de la categoría: Escritos y relatos

Tan libre como la propia mente

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El personaje me fascina.

El personaje es un ser artificial que nace a partir de la imaginación humana. No hay nada más personal y próximo a uno mismo que el personaje que nace de la propia mente.

Lo dotamos de cuerpo, forma, carácter y personalidad. Cualquier edad, sexo o raza es válida.  No hay normas, no hay nada escrito, simplemente dejamos que la imaginación vuele y tome forma, creando seres que nacieron eones antes de que nuestro planeta conociera la vida, o milenios después de que la Tierra sea tan sólo un recuerdo. Puede ser de simple cartón, y de una vida tan corta como un suspiro, o tan consistente como mil páginas, un carácter tan profundo e insondable como un océano y que su existencia no conozca principio ni fin. Como dijo Ende, el pasado surge con las historias.

Un personaje es él mismo y la persona de la que ha nacido. Ninguno de los dos existe sin el otro, y ninguno de los dos muere realmente mientras el otro viva. Un personaje puede vivir infinitas vidas al mismo tiempo y en todos los lugares, existiendo hasta en las mentes de aquellos que lo han adoptado, incluso a veces, sin conocer a su creador.

Un personaje reivindica la libertad de la que carece el ser real y, al igual que la mente, no conoce fronteras. Puede ser encarnado por millares de rostros, adultos o infantes, en todas las épocas en las que merezca ser recordado, o llenar bibliotecas enteras, celuloides o servidores de la red.

Podrían hablar días y días sobre el personaje, pero por hoy lo dejaremos aquí.

DIBUJOS

Autos de choque

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Estaba pensando que hace mucho tiempo que no escribo. Y ya de paso, que desde la última vez que escribí mi vida ha dado mil tumbos, como un uno de esos autos de choque que, en el fondo, no va a ninguna parte y se la pega con todo el mundo, y, a poder ser, con toda la alevosía de la que sea uno capaz.

El otro día hablaba con una amiga (y precisamente una que no veía desde hacía dos años) de eso precisamente; de los cambios inverosímiles, y de que la vida puede sorprenderte, para bien o para mal, de maneras que hasta al más pintado se le quedaría cara de panoli.

Para medir esas incongruencias yo uso la libreta de las ideas. Me explico; de vez en cuando me las gasto en una libreta de esas que da gusto ver. Con papel grueso color crema, bien encuadernada, y cubiertas de cuero blando. En esa libreta apunto desde ideas, vivencias, números de teléfono o nombres, y a menudo, incluso fechas. De vez en cuando la abro por una página al azar y trato de recordar cómo era mi vida cuando escribí aquellas líneas, e imagino cómo será cuando escriba la última página. Es un ejercicio curioso porque si se pone uno a hacer inventario de sucesos, y traza el camino hasta el día presente, se da cuenta de que el control sobre nuestra propia vida, sobre ese auto de choque que no sabemos muy bien como funciona, es meramente simbólico.

Así que, en el fondo, sólo nos queda disfrutar de lo bueno de la vida y tener una idea más o menos clara de dónde queremos llegar, porque, desde luego, no sabemos cómo llegaremos.

Flores huecas

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Hace días que no escribo.

A veces las casualidades de la vida hacen que dejemos de lado cosas que consideramos importantes y que de repente pierden ese color que las caracterizaba.

Pero no voy a aburrirles con eso.

La cosa es que esta mañana, hojeando viejos libros de garabatos, he encontrado un escrito que hice hará un par de años, más o menos. Y eso hace que el hecho que todos sabemos sea sólido de repente: que la vida da muchas vueltas, y nunca sabes qué habrá tras el próximo recodo.

Así que, en resumen, la síntesis es la que todos sabemos también; aprovecha el presente.

Y de eso hablaba el escrito, del tiempo, presente y eterno. Lo dejo aquí, en catalán, porque es como lo escriví y como tiene sentido.

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Magnolia

Una estació de tren.

Solitària i mig en runes, amb els raíls oxidats a causa de la salitre d’un mar en calma, a tot just quatre passes. La caserna fa molt de temps que no veu passar viatgers, ni que sent el traqueteig de les rodes, ni ensuma la olor de metall, greix i fum d’una antiga locomotora de vapor.

Una estació de tren on el temps s’ha aturat.

Lloc de reflexions i meditacions. On van a parar les causes perdudes i els somnis trencats, i poc a poc, s’esvaeïxen i al lloc on eren hi creix una magnolia, solitària i bella com una albada.

De vegades, als vespres d’estiu, hi van les parelles d’enamorats, i cullen les magnòlies que allà hi creixen. I per uns instants el temps també sàtura per a ells, i gaudeixen d’una efímera eternitat.

I d’aquest oximoron en neix una nova flor, que perpetua aquesta eternitat il·lusòria, a la espera de que algú s’aturi uns instants en aquesta estació i escolti la veu del silènci, observi el rostre dels anhels desapareguts, i ensumi el suau perfum de temps passats.

Una estació de tren on el temps s’ha aturat i les vies es perden en l’infinit.

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La Morena

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Antes de salir de casa ya te mentalizas. Mientras te pones los vaqueros, botas sólidas encima de calcetines gruesos, camisa de manga larga, otra de manga corta, una térmica, jersey, un buf… Luego, cual aviador de los de antaño, te calzas tu cazadora de cuero acartonado y rígido, desgastada por los inclementes elementos y con algún que otro remendón.

Apenas puedes moverte con todo eso encima, pero te sientes bien. Completo. Coges los guantes (siempre los más gruesos que puedas en estas fechas), el casco, y por último la llave. Ese insignificante trozo de metal que la despertará, arrancándole un rugido de advertencia. “Cuidado conmigo” dirá. “Cuidaré de tí tanto como tu cuides de mí”.

Aprovecharás ese minuto de calentamiento del motor para abrocharte la cazadora, el casco y los guantes. Comprobarás que todo está en orden, y lo harás rápido, porqué quieres a tu máquina y cuando algo va mal ella te lo dice. Entonces montarás en ella. Formarás parte intrínseca del mecanismo que la mueve. Que la sostiene sobre esas dos ruedas. Que la vuelve ágil y rápida, veloz como el viento y ruidosa como como un incendio. Fuego y viento.

Es difícil poner en palabras una sensación. Sería algo así como inventar una onomatopeya para el amor, el odio, la vergüenza… Imaginen entonces la sensación de sentirse en la cima del mundo. A punto de caer al vacío en cualquier momento y saber que el instante entre la decisión y la reacción puede salvarte la vida. Saber que no se echa a volar no porqué no pueda sino porqué no quiere. Porqué es más divertido recorrer el mundo a ras de suelo, entre los armatostes de hierro y plástico que ruedan por las carreteras, pesados, fuertes y patosos. Porqué las montañas se ven mejor desde abajo cuando se sabe que no son un obstáculo.

Las hay desnudas, y las hay vestidas para las carreras. Las hay altas, bajas, robustas, estilizadas, elegantes, ancianas o jóvenes. Poro todas ellas llevan la libertad grabada a fuegos en sus corazones de metal.

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El libro que apareció una mañana

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El sábado por la mañana bajé al aparcamiento para cojer el coche y, colgada en un retrovisor, había una bolsa de papel.

Mi primera reacción fue de consternación, aderezada con enfado. ¿Quién colgaba eso en MI coche? Me asomé y vi que no estaba bacía. Había un libro. Los herederos de la fuerza. Sonreí.

Hace unos años, cuando mi padre aún enseñaba en la escuela de enfermería, María Alaminos, alumna suya por aquél entonces, publicó ese libro. Yo hacía mis primeras incursiones en la escritura del libro largo (más de treinta páginas) y tener la oportunidad de que alguien metido en el mundillo me explicara sus aventuras y desventuras con esas grandes desconocidas que son las editoriales no se presentaba todos los días.

Así que antes de quedar con ella, hice los deberes y leí el libro. Y no se que esperaba, pero desde luego no aquello. Un tiempo antes había visto la película de Goya en Burdeos. El mismo Goya, al ver Las Meninas, decía que era como si el pintor las hubiera pintado sin esfuerzo. Y que en ese hecho radicaba la maestría del cuadro.

Ese libro me recordó a ese momento de la película. Parece escrito con sencillez, contado a vuelapluma.

Pero cuando lo lees te das cuenta de que el libro confía en el lector como pocos lo hacen. No mastica los hechos hasta que quedan tan claros que son indigeribles, sino que deja que quién lo lee interprete la historia y llene los huecos.

Así que, en resumen, este ha sido un buen fin de semana.

“Chao, Augusto”

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Hoy hace un año murió un buen amigo.

No voy a hablar de él. No le haría justicia.

Pero os dejo algo que escribió para que hable por sí mismo.

Ser paisaje

AGUSTI FANCELLI

Cuando llueve, nos mojamos. Cuando hace frío, tiritamos. Cuando hace calor, nos asamos. Cuando hace viento, acabamos reventados de tanto compensar. De noche, vemos mal. Cuando una carretera atraviesa un naranjal o serpentea entre mimosas, nos perfumamos. Cuando pasa por las proximidades de una industria química, apestamos. Si el camino es polvoriento, comemos polvo. Si es pedregoso, mucho ojo, porque antes o después te va a tocar la china. Oímos muy poco, sólo el aire zumbándonos en los tímpanos. El motor es sólo una vibración –adorable vibración- entre los muslos. Los insectos se estrellan contra nuestras viseras, guantes y chaquetas: ay del imprudente que deje alguna parte de piel al viento, porque ahí es donde más le darán.
Cierto, las nuevas fibras que vestimos-¡san gore-tex bendito!- han aliviado mucho nuestros sufrimientos nos protegen del agua y del frío. Existen además motos con puños y asientos calefactables para combatir las bajas temperaturas. Los faros halógenos iluminan infinitamente más que los de antes y las aerodinámicas de los carenados hacen mucho por nuestra estabilidad cuando a Éolo le da por bailar. Aún así, el primer párrafo sigue siendo válido. No es ya que los motoristas nos identifiquemos con el paisaje, sino que somos ontológicamente paisaje, lo habitamos como difícilmente lo puede habitar ningún otro viajero. El paisaje se moja, se hiela y se reseca. Nosotros también. De noche no se ve. Nosotros tampoco lo vemos.
El precio de ser paisaje es el riesgo. “ El asunto al manejar una moto es que tú manejas el riesgo, así que deja de ser desconocido o de estar en la penumbra”, ha dicho John Berger, veterano motard. Gran verdad. Todos los motoristas compartimos la certeza de que iremos a dar con los huesos en el suelo. Vivimos en permanente equilibrio inestable, de modo que perderlo es algo completamente razonable y lógico. Ahora bien, esta certeza se rodea de algunas incógnitas más o menos angustiosas: no sabemos dónde y cuándo caeremos. No es lo mismo caernos solos que -Dios no lo quiera- tras haber sido golpeados por un coche. No es lo mismo tener espacio para rodar que ser detenidos en seco por uno de esos guadarraíles asesinos que tantas vidas han costado.
Todo esto nos crea una imagen de temerarios sin remedio, de malos oficiales del asfalto. Bueno, nosotros a menudo nos regodeamos en esa imagen. Chupas, cadenas, botas, tatuajes, piercings y cervezas son utileria frecuente del mundillo, pinturas de guerra de muchos rostros pálidos motorizados. Pero en el fondo no somos malas personas. Ocurre que a menudo nos sentimos Peter Pan, nos resistimos a enterrar la adolescencia como gatos panza arriba. Por eso somos profundamente envidiados. “Cuando vas conduciendo, el tiempo entre la decisión y el efecto de esa decisión –y ambos dependen de tu cuerpo- es el más breve posible. Tú decides algo y sucede, y en ese momento estás muy cerca de la libertad existencial”, ha sentenciado Berguer.
No se nos perdona esa libertad indómita.

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Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma lo tiene chungo

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Cerca de donde vivo hay una colina. Es suave, apenas una elevación cubierta de un manto verde. Nada del otro mundo.

Lo que la hace verdaderamente especial es que en la cima, casi como un árbol más, se alza un edificio sencillo de paredes blancas y techo ocre. Lo descubrí un día mientras paseaba por un parque, y me quedé mirándolo un buen rato, embobado. No se adivinaba carretera alguna que condujera hasta el lugar, y la sensación de abandono y simpleza que poseía invitaba a quedarse al margen. Como si estuviera allí simplemente por el sólo hecho de estar.

Había un pintor, Paul Cézanne, que durante una etapa de su vida pintó en todos sus cuadros la misma montaña; la Sainte-Victoire. No he leído en ningún sitio si fue a ella en algún momento de su vida. Quizás prefirió dejarla intacta de él mismo, que fuera parte al mismo tiempo de la realidad y la imaginación.

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O al menos es lo que me ocurre a mi con el palacio de la colina. Podría buscar la manera y llegar hasta allí, eso seguro, pero algo en mí se revela ante esa idea. Todos tenemos ese sitio al que nos retiramos unos instantes, o días, del mundo real. Pero tener ese sitio que está y no está en este mundo es algo difícil de explicar. Cómo si pudieras abrir la puerta de la realidad en cualquier momento y escapar de ella para siempre.

No es un lugar que se escoja, ni que nos resulte familiar o conocido. Ni siquiera tiene por que ser agradable o bello. Basta con que sea un sitio que, sólo con verlo, haga que el mundo sea un lugar en el que nos apetezca quedarnos un minuto más.

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Tiempo, libros y ajos

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Ante todo quisiera yo pedir disculpas por tan prolongada ausencia. Habrá quién diga que hay tiempo para todo pero quizá ese quien tenga mucho tiempo libre. Y hablando de tiempo, es curioso como un día entras en una librería, ves un libro curioso (redundante), lo compras, lo lees, te encanta, y, al tratarse de una trilogía, esperas con ansias las secuelas. Bien, pues de ese día han pasado casi diez años.

Que se dice pronto.

Me lo recordó el otro día una amiga a la que recomendé precisamente ese mismo libro y que, gracias a él, nos abrió un universo de historias que no aburren. Hablo de Memorias de Idhun, de Laura Gallego. Recuerdo leer la sinopsis y no tenerlas todas conmigo, pero como soy lector de no saber prescindir de mis diez páginas antes de ir a dormir, lo empecé. Por probar algo.

Y me enganchó.

Creo que ya he dicho alguna vez por aquí (y si no, lo digo ahora) que lo de ser original es como vender arena en el desierto. Está todo inventado y la sopa de ajo ya era vieja cuando nuestras abuelas gateaban. Así que, en el fondo, la verdadera maestría, más que en inventar, está en tomar lo mejor de cada lado y hacer algo aún mejor, y hacerlo propio. Y un poco es lo que ha conseguido la autora con esta saga; bebiendo de barias fuentes (el dragón, el unicornio, la serpiente, el elegido, el mago, el sumaysigue…), ha creado un mundo y una trama únicos.

Y, como decía, de ese primer libro hace ya diez años, y lo curioso y genial al mismo tiempo, es que con cada nuevo libro que ha escrito desde entonces (y antes también), siempre ha sabido reinventar esa sopa de ajo tan reiterativa pero ilimitada que es la fantasía.

Dejo aquí un enlace por si hay quien quiera descubrirla, porque, sinceramente, vale la pena.
http://www.lauragallego.com/libros/sagas/memorias-de-idhun/#.UuBZnNK0qt8

Ríete tú del maestro Yoda

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Como ya he dicho algunas veces, soy joyero.

Mi mentor en este campo fue un paciente de mi padre que se dedicaba a la joyería desde los catorce años, cuando decidió que lo de estudiar no era para él. Para ganarse la vida mientras se pagaba el aprendizaje se dedicaba a hacer dos cosas: unas figurillas de plata en forma de enanitos con la verga desproporcionada y un brazo articulado que, si lo movías, parecía que estuviera haciéndose una paja, y también unos hongos (también de plata) que las prostitutas del Rabal barcelonés usaban para no quedarse preñadas. No describiré cómo funcionaba porque, según él, la idea era suya y sólo suya, y ningún “fill de puta” tiene por que saberla. A mi me lo contó porque le decía que no me lo creía.

Cuando lo conocí, a sus sesenta y siete años, se presentó con una harley descomunal, chupa de cuero, gafas de sol a lo americano y un tatuaje en cada brazo; una águila y un ramo de rosas. Se apeó de la moto (su metro ochenta y pico no se lo quitaba nadie), se quitó el casco, me miró, y dijo:

– ¿Con esas pintas quieres ser joyero?

Una vez me contó que, yendo muy cortos de dinero, con unos amigos vallaron una playa e hicieron como que era suya. Alquilaron un apartamento, una prostituta y un esmóquin. Enseñaron la playa a una pareja de ingleses y los llevaron al piso. La señora hacía el papel de secretaria y mi maestro, con el traje y la corbata, el de propietario. Así que, después de vender la playa, se “pimplaron” a la prostituta (él no usaba esa palabra), y se fueron de parranda.

Me enseñó más de lo que aprendí nunca en la academia. Si hoy puedo decir que soy joyero, fue gracias a que él creyó en mi (pese a mis pintas), y siempre que me pasaba por su joyería tenía un momento para ir a tomar un café y contarme sus batallitas.

De vez en cuando me daba una escoba, una pala, me señalaba el suelo del taller y me daba una palmadita en la espalda.

-Quiero poder comer en él- me decía.

Otra, recuerdo, me puso un armatoste de máquina en mi mesa, me dio un cubo lleno de tabaco, una caja de zapatos y papel de liar.

-Eso es una máquina para liar cigarrillos- dijo-. Lléname la caja, anda.

De vez en cuando volvía, palpaba uno, y decía:

-Esto tendría que estar duro como una polla. Si la tuya sólo alcanza a esto no me extraña que no tengas novia.

También le gustaban los caballos.

Murió una semana después de acabar yo mis estudios en la academia, de un cáncer de pulmón. De vez en cuando, si oigo el petardeo de una harley por la calle, giro la cabeza aún sabiendo que no es él.

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Libros de dedo

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Me regalaron el primer libro unas navidades. Era pequeño, fino (del grosor de un dedo), en tapa dura y con aquél aspecto de libro antiguo que invita a abrirlo. Leerlo es otra historia.

En catalán hay un dicho que dice: en el pot petit hi ha la bona confitura (en el bote pequeño está la buena melmelada). Y ese libro fue de los primeros ejemplos que encontré (otro fue una amiga mía que es muyyyyy bajita…). Al terminarlo y ver que la historia seguía, me convertí en aún más asiduo de las librerías. El problema (y al mismo tiempo lo que lo hacía tan apasionante) era la incertidumbre de no saber cuantos libros más había de la serie Spiderwich.

Finalmente la cosa se quedó en cinco. Pensando en ello, sería como disfrutar de una miniserie pero en libros: una vez has visto todos los capítulos tras la rigurosa espera entre cada uno, los ves juntos, como una película. Además, es un curioso ejemplo de libro que podría estar en dos partes separadas (la historia en sí, y las ilustraciones), cada una realizada por sendos autores, y funcionar perfectamente.

Si se me permiten hoy una recomendación, léanlos como los apasionados de los licores o los habanos; poco a poco y paladeando cada palabra. No hay prisa y en menos de lo que les gustaría llegarán a la última página. Tómense su tiempo también para las ilustraciones, un recurso muchas veces infravalorado, opino, que cataloga el libro a una automática sección juvenil. ¡Como si eso fuera malo!

Hace un tiempo, en el 2008, hicieron la película. Y aunque los efectos especiales son irreprochables y plasman a la perfección las geniales ilustraciones de Tony Diterlizzi, carece de eso que convierte a los libros en una historia de culto.