Archivo de la categoría: Escritos y relatos

Cullereta

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Un profesor de historia del arte que tuve en batchillerato decía que Salvador Dalí, para fastidiar a su Amigo Federico García Lorca, le retaba a decir “cullereta”, cucharilla en castellano, y que el pobre poeta las pasaba putas para vocalizar la palabra.

Esa amistad entre ambos artistas fue una de las grandes para la humanidad. Y digo “para la humanidad” porque cada uno de los dos, a su modo, aportó tanto al ser humano que se hablará de ellos hasta que el último abuelo pierda la memoria.

Les dejo un poema y un cuadro que, en mi opinión, están hechos para ser gozados juntos. Y por escuetos y sencillos, poseen ese “algo” de las grandes historias.

“Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.”

Federico García Lorca

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Salvador Dalí

La intimidad de las salas pequeñas

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Desde el martes por la tarde estoy con resfriado. No es una gripe fuerte, de esas que no se puede uno mover de la cama. No. Es un simple resfriado que hace que te baile el coco, que te duela todo y que tengas que sorber los mocos cada dos por tres. Y ay de ti si sales porque será peor. Así que no queda otra que la voluntaria e incondicional reclusión monástica (y digo monástica porque el cuerpo no está para nada que no sea la reflexión introspectiva y las cuatro cosas de siempre…).

Les cuento esto para que comprendan el alivio de poder salir ayer al medio día, después de tal grado de embotamiento mental. Así que lo hemos celebrado (mi novia y yo) yendo al cine. La sala era pequeña y los acomodadores andaban ajetreados, pero como yo no estaba muy fino, los quince minutos previos a los primeros trailers fueron bien recibidos.

Y entonces empezó la película. Y empieza con una muerte. Porque en el fondo, es una historia de muerte. Y de vida.

Leí el libro en el 2007 porqué me lo recomendó la libretera a la que yo siempre le compraba los libros. Cómo ya he mencionado alguna vez, lo mío son los libros de fantasía, de ficción, de cosas que jamás existieron (como que el sentido común sea el más común de los sentidos). Los históricos nunca fueron mi fuerte, así que imaginen mi sorpresa cuando la Alemania nazi pasó a ser el lugar con más magnetismo del mundo en el que vivimos.

Uno de los personajes dice; “Si tus ojos pudieran hablar ¿qué dirían? Haz tuyas las palabras” Bien, pues he ahí el dilema de hablar sobre la película, porque nada de lo que diga aquí le hará justicia. Aunque, en pocas palabras, diré que en ella se expone lo mejor y lo peor del ser humano, y aún así le estaría robando las palabras a la muerte. No diré nada de actores, de interpretaciones, de fotografía, montaje, dirección o taquilla, porque, francamente, no entiendo de eso.

Pero lo que sí diré es que La ladrona de libros es una de esas películas que no decepcionará al buen lector. Ni al malo, ya puestos. Y después del confinamiento de cinco días no podría haber imaginado mejor vuelta al mundo que esa joya del celuloide y el papel.

A modo de anécdota comentaré que, en una de las escenas más dramáticas, sonó un móvil justo en el asiento que tenía enfrente. Una chica. Buscó el aparató, no precisamente en silencio, y contestó. Sí, contestó. Se escucharon los clásicos siseos enfadados y alguna que otra voz. Pero ella, ni corta ni perezosa, siguió hablando. Y en el enfado que me produjo aquella falta de respeto, noté que la chica lloraba. Su compañero le propuso que bajara y hablara en la puerta, y ella, sin mediar palabra, lo hizo. Pero aún se la oía, porque no había salido, y, al menos para mí, era patente la angustia en la voz de la chica. Al cabo de unos minutos volvió a su asiento entre miradas feroces. Hablaron escuetamente con su compañero y se marcharon con un “lo siento” susurrado y franco.

Eso me hizo recordar que, por mucho que puedan conmover las lágrimas que vemos en las historias, a diario, personas como usted o yo, mediamos con las nuestras.

Viva la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo

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La religión, como tema polémico donde los haya, lo tiene para largo. A Dios rogando y con el mazo dando, que dicen.

Imaginen la situación. Día lluvioso, de verano sofocante, domingo por la tarde tirando a noche, para ser exactos, y todo cerrado. Sólo una iglesia abierta. Entramos un par de amigos y yo para refugiarnos y guardamos el ritual y respetuoso silencio. Capuchas fuera, quien las lleve, y a entretenerse mirando santos. Entonces se oye un golpe. Alguien grita. Mi amigo, como no, que se ha dado con el pie en un banco (huelga decir que va en chanclas y tiene un uñero que ya dura demasiado). Así que, como es normal en estos casos, se caga en Dios y en la madre que lo parió. Con la mala leche de que el párroco de turno andaba por allí vaya usted a saber haciendo qué.

Total, que sin mucho más que decir, estamos de nuevo bajo la lluvia.

Y la anécdota me ha venido hoy a la cabeza después de ver en la tele que, hace unos días, salía en el periódico una esquela a todos los niños abortados durante el 2013 promulgado por la asociación arriba mentada. Aparte de lo que pueda pensar cada uno del tema, en el momento en el que alguien le dice a otro alguien qué hacer con su vida (no miro a nadie), ese alguien puede ir a tocarse los santos cojones él solito, que por algo Dios le dio un par de manitas.

Citando a Italo Calvino en un artículo en el que se hablaba precisamente de eso, “No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante”.
http://www.mamanatural.com.mx/2013/06/italo-calvino-su-lucida-y-sorprendente-opinion-sobre-el-aborto/

Para hacer algo así, en mi opinión, se necesita responsabilidad moral y entereza. El saber que al ser humano que podría ser no le puedes ofrecer una vida digna, y que no se está en las condiciones mentales y económicas para educar y formar a una persona, es muy duro.

Así que, y citando esta vez a la Biblia, “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”

En una tierra imaginaria no tan lejana…

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La geografía nunca fue mi fuerte, así que tardé un tiempo en averiguar que Kingsbridge no existía. Es algo así como el País de Nuncajamás en la Inglaterra medieval, sin piratas ni hadas, pero con sus niños perdidos que sólo buscan hacerse un sitio en el mundo.

Ken Follet es conocido, dicen, por sus thrillers apasionantes (El tercer gemelo, La boca del dragón…), pero yo lo descubrí con Los pilares de la Tierra. A primera vista el título no me tiraba. Y el aspecto de tostón del quince aún menos. Luego lo abres, palpas las páginas de papel de fumar, se te ocurre mirar la última cifra impresa a pie de página y al ver los cuatro números, cierras y haces como que no lo has visto.

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¿Y el día que te atreves a empezar? Ese día aprendes que hasta un libro que podría servirle a un culturista para prepararse una competición puede ser tan ligero que apenas lo notes en la mochila. Es lo que se llama una novela río, es decir, una historia que fluye constante, con varios grupos de personajes separados, y que las acciones de unos y otros afectan al conjunto. Algo así como juego de tronos, pero con una tónica más de nuestro mundo. Aunque, como he dicho antes, la ciudad de Kingsbridge donde converge toda la acción, no existe.

Así que, clasificarla de novela histórica sería quedarse corto. O incluso de thriller. Hace unos años hicieron una serie que más o menos se adapta al libro, con grandes actores y buenas interpretaciones, pero con algunas licencias agarradas con pinzas. En cualquier caso, si la idea es darle al mono y sentarse a solas con el libro, os diré que el momento es ahora. Una catedral n se termina si no se coloca la primera piedra.

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Agua para los camellos

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A estas alturas de la película no se si vale la pena recordar que no hace tanto, esta misma mañana me habría levantado de un salto a las siete de la mañana. Habría corrido hacia el comedor marcándome un tiempo récord y me habría sentido el niño más feliz del mundo al ver todas esas cajas cuidadosamente envueltas en papel de regalo.

Sin perder tiempo, habría ido a despertar a mis padres con mis hermanos (no se abren regalos sin los padres), y me habría lanzado a la búsqueda de mi nombre escrito en el papel reluciente. Aún no he olvidado la sensación de verlo allí, como quien no quiere la cosa, escrito de cualquier manera y prometiendo ser mío.

Luego, en el desayuno, te fijas en que las tres copas de vino que habías dejado para sus majestades, están medio vacías. En una sólo queda el culín. Ese hecho tan trivial te provoca otra sobrecarga al darte cuenta de la prueba irrefutable que representan; los reyes magos han estado en tu casa. ¡En tu casa, nada menos! Entonces sales a la calle para jugar con el action man de turno (para los que lo recordéis), y allí hay más. Recuerdas que la noche anterior tu pader te ha hecho llenar una palangana de agua y dejarla junto a la puerta.

“Para los camellos” dice él, como si fuera algo obvio. “Piensa en lo cansados que deben estar; ¡vienen desde oriente!”

Y tú dejas el agua, simpatizando con las pobres bestias que llevan ya dos mil catorce años pegándose el mismo viaje cada cinco de enero. Y casi se te cae el pobre action man cuando ves que en la palangana apenas queda agua.

Esta mañana, cuando me he levantado, no hace ni dos horas, algo del niño que queda en mi aún esperaba correr al comedor y encontrar el desaguisado de regalos por todas partes. Obviamente no los había. Ni tampoco las copas medio vacías. Ni el agua en la puerta.

Quizás, pensaba luego desayunando, dejan de venir porqué dejamos de ofrecerles vino y agua. En cualquier caso, siempre nos queda rompernos el diente con el rey del roscón.

Travel_Asia_Sam Sand Dunes, Rajasthan, India

Libros relativistas

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La primera vez que lo vi fue en Francia, y yo ya contaba trece febreros. Caía esa lluvia fina y que apenas ves, pero que te amargan el día, y los nubarrones gris plomizo prometían seguir con la labor sin importarles cuan mal los mirases. Estábamos en una barcaza llamada Caterina con los Fancelli, y el parchís, la oca y el ajedrez aburrían desde hacía ya un buen rato. Incluso los temas de conversación se nos habían acabado a los seis niños y niñas que languidecíamos bajo cubierta.

Mi madre, que desde pequeño ha procurado inculcarme el valor de las letras y los libros, acababa de terminarse la lectura que debía durarle la semana que estaríamos en el Canal du Midi, y más por aburrimiento que por curiosidad, le eché un vistazo. Era uno de esos ejemplares que regalan los domingos con el periódico. En la portada, una mano radiografiada se abría sobre un ratón de ordenador.

“El juego de Ender”

Y lo abrí. Dicen que un buen libro es como un gran viaje; se empieza con incertidumbre y dudas y se acaba con pena en el corazón. Creo que lo acabé en cuatro días. Fisgando por internet sobre el autor, Orson Scot Card, ves que es un maestro en el desarrollo de personajes. El mundo interior de Ender, sus preocupaciones, sus metas, su identidad, la inteligencia abrumadora que demuestra… todo eso lo llegas a conocer y a hacerlo casi propio.

Al cabo de unos años, estando en Menorca de vacaciones con mi madre (¿casualidad?), vi la segunda parte: La voz de los muertos. La sinopsis advierte que han pasado tres mil años desde lo sucedido en el primer libro, así que deduces que poca relación tendrán. Pero no, porque gracias al viaje relativista (la velocidad cercana a la de la luz hace que el tiempo transcurra a un ritmo mucho más lento), Ender solo tiene treinta y pocos.

Si el primer libro me pareció genial este fue … fue. Fisgoneando un poco más me enteré de que en realidad hay once libros dedicados al universo Ender. El siguiente era Ender el xenocida. Lo leí. Y he de decir que lo acabé más por despecho que por otra cosa. Imagino que cuando algo es sencillamente bueno, déjalo como está, es poco probable que consigas mejorarlo.

Así que mis viajes relativistas acabaron aquí, pero no por eso dejo de opinar que El juego de Ender y La voz de los muertos, son libros obligatorios para los que les guste la ciencia ficción y también para los que no.

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Ángeles mecánicos

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La ciudad de los desperdicios, bajo el yugo constante de la ciudad flotante de Salem, controlada por las factorías, que imponen sus leyes sobre los despojos de la sociedad. Aquí empieza una historia que ha estado durmiendo desde hace doscientos años cuando un joven cibermédico encuentra los restos de una ciborg.

En esta ciudad olvidada, la medio humana que ha perdido la memoria empieza a conocerse de nuevo a sí misma, presentándonos un mundo y una historia poco habitual. A medio camino entre el clásico manga japonés y el western de los cazarecompensas, ofrece giros inesperados, personajes de gran carácter y una trama apasionante.

James Cameron tenía la idea de llevarla al cine allá por el 2011, pero con avatar a todo trapo y con alguna que otra secuela en mente, el proyecto se abandonó. Quizá para el 2016 dijeron, pero sabiendo ya que la segunda entrega del mundo Pandora está prevista para el 2015, algún avispado lo tilda de optimista. Personalmente, soy de la opinión que se sacaría mucho más partido al universo Gunnm (título en japonés) con una serie, como demostró ser el caso de Juego de Tronos.

El problema de esta serie es que, debido a problemas con una editorial que no mencionaré, pero que empieza con planeta y acaba con agostini, los tomos están descatalogados y ya no se encuentra en ninguna librería de España, al menos que yo sepa. En Francia, que parece que se toman el tema del cómic con mucha más seriedad que en la península, pueden conseguirse, pero siempre queda el problema del idioma.

En cualquier caso, si tenéis la suerte de salvar estos obstáculos (como una perla que aguarda dentro de una ostra), no quedareis decepcionados.

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L’avi sabi

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Aquest homenatge amb català a una persona que ha significat molt per a mi.

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De petit, quan tot just era un bailet que no aixecava un pam de terra, em posà un tauler d’escacs al davant, hi volcà una vella capsa de fusta d’on escaparenpeons, caballs, alfils, reis i reines, i, amb mans calloses i tremoloses, anà disposant les peces (que no fitxes. Ai de tu si et sentia dir-ne fitxes!! Que això es per al parxis!).

Jo portava blanques.

Els moviments per a mi eren cosa de posar això aquí a veure què passa, però amb silenciosa paciència m’ensenyà a reflexionar, a estudiar aquells moviments tan aparentment atzarosos per a un mocós com jo, i a jugar no només des del meu costat del tauler.

Això sí, sempre en silenci. No pas incòmode. Això mai. era sempre un silenci reflexiu. Interior. En el que fins i tot els pensaments perdien les paraules i es trasformaven en línies, reaccions, mogudes, respostes…
i de sobte movia peça (que no fitxa!!)

mirada penetrant, donant-me pas, i tornem al tauler. Moc jo. Un caball, per moure alguna cosa, que moure caball sempre farda molt.

El rostre d’ell, immutable. Només amb el temps vaig aprendre a interpretar-lo; lleuger arrufament de llabis: pots fer-ho millor. Parpalleig llarg: avui no estas en forma. Mirada llarga, amb les celles una mica alçades: faré veure que no ho he vist. Torna-hi. repicar amb els dits sobre la taula: interessant…

El resultat, en cualsevol cas, sempre el mateix; un rei blanc rodejat, amb poques tropes amigues (i en les partides més humiliants, amb la reina encara passejant entre la retícula).

Potser en dos o tres ocasions, després d’una llarga i reflexiva mirada a la situació, tombava el rei vermell, em guaitava amb aquells ulls francs i plens de sabiesa, i em deia:

-Avui estic content!

Fins al dia que va morir, les seves silencioses lliçons sobre la vida transcorrien sobre el tauler.

I encara que les peces blanques i vermelles segueixen ben desades a la vella caipsa de fusta (encara no hi he jugat amb ningú més, amb aquelles peces), les lliçons que vaig aprendre a través d’elles segueixen molt vives en mi. No importa que portis blanques, vermelles, negres o que simplement observis; la clau del joc, com a la vida, es la paciència.

Cuando la farola se sintió sola, fue a dar luz al árbol

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Este cuento lo escribí hace tiempo,  viendo la imagen que hay al pie. Espero que os guste.

Erase una vez una ciudad de la que los humanos habían desaparecido.

Las calles estaban bacías. No había coches, ni perros, ni nada que hiciera suponer que en aquél lugar hubiera vivido alguien. Y aunque así había sido, ya hacía mucho tiempo que no estaban.

De día todo era desolación. Nadie paseaba por las calles bañadas por el sol. Nadie converaba. Nadie vivía. I por las noches la oscuridad la oscuridad se apoderaba de la ciudad, llenando cada esquina y cada recoveco. Ya nada quedaba allí por lo que pudiera albergarse esperanza. Excepto, quizá, una pequeña farola que había quedado escondido en un callejón, y que los humanos se habían dejado encendido cuando se fueron.

Y cada noche la farola iluminaba el callejón vacío y oscuro por donde nadie pasaba. Nada ocurría. Hasta que una noche, harto de iluminar un camino por el que nadie pasaba, decidió marcharse.

Pero el mundo era un lugar desconocido, grande y misterioso. Vagó por las infinitas llanuras días y días, sin encontrar a nadie. Completamente solo.

Hasta que una noche, en lo alto de un monte, un árbol que estaba solo, lloró. La farola lo oyó y fue a ver qué ocurría.

El árbol. A pesar de ser grande y fuerte, tenía miedo de la oscuridad. Y la farola, a pesar de poseer la luz, tenía miedo de la soledad. Así pues, la farola alumbró las oscuras noches del árbol y el árbol acompañó los solitarios días de la farola.

 WALLPAPERS[RU]. Art Pack 12'2002

Jan Crespo

No regales libros

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Últimamente quien regala un libro es porque no sabe qué regalar o porque sabe muy bien qué regala.

Por banal que parezca, regalar un libro es algo muy íntimo. Para el lector habitual, que se ha pateado librerías y bibliotecas hasta la saciedad, escrutando sus rincones y recovecos para que no quede nada sin mirar, el reto es doble. Libros hay muchos -cada día se editan más libros de los que te leerías en un año, por mucho tiempo que tuvieras para perder-, pero buenos libros, hay poquísimos. Cada uno con sus gustos y lo que para mi es un diez para ti quizás no.

Por eso, recomiendo mucho perderse un día por una biblioteca, que el ambiente siempre es mucho más agradable y auténtico (el “puedo ayudarle, señor” “No, gracias. Sólo estoy mirando” parece de protocolo en pseudolibrerías a lo fastfood), y pasear la mirada por los lomos de los libros que encuentres. Si uno te llama la atención lo hojeas y lo apuntas si te convence (mental o físicamente, eso cada uno con su memoria). Así, si ves al primo o al cuñado que no sabe qué regalarte en un burdo intento de sondeo prenavideño, le sueltas eso de “el otro día, en la biblioteca vi un libro llamado talcualpascual. Parecía interesante”.

A primera vista puede parecer absurdo, pero no hay nada que dé más reparo que regalar un libro y que al otro se le quede cara de y esto donde lo aparco. Siempre es bueno que, como mínimo, ese tostón que tenemos en la librería esté allí porqué  mirarlo suponga recordar una aventura con la que pasamos un buen rato en el bus, el metro o en la sala de espera del médico.

Así que no regales un libro. Regala un buen libro.

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