Archivo de la categoría: Escritos y relatos

La carretera para viajeros y el cielo para quien pueda

Estándar

axNyv72_700b

Estas son fechas de carretera para los que vivimos lejos. Para los que no tenemos la suerte de bajar a la calle, coger el metro, el tren o el bicing y llegar a casa la abuela, la tía o el primo, comer hasta que duela -pero si no has comido nada, niño. Toma más gambas, más sopa, más pollo, más verdura, que te veo mu flaco-, y luego plantearte volver o quedarte porque moverse ahora es inhumano.

Y la carretera comporta soledad. Peligro. Reflexión. Camino. Yo personalmente prefiero viajar en moto. Como ya dije hace unos días, mi padre me transmitió esa pasión por las motos que aún me acompaña. Y aunque a veces levanta una ceja y me mira con el gesto torcido cuando le digo que me cascaré ida y vuelta de Barcelona en estas fechas, comprende lo mismo que me hizo comprender a mí a base de quilómetros y calambres por todo el cuerpo; que al que le gusta sentirse parte del paisaje, como decía Agustí Fancelli – o Guti-, se moja con la lluvia, pasa calor con el sol, se apesta con los campos abonados, lucha contra los Anemoi cuando deciden soplar sin piedad sobre ti, y se rompe el alma con el asfalto si cae. Al que le gustan las dos ruedas, le importa poco el resto.

Figúrense pues cuando el solitario deja de serlo y de repente hay gente que le importa más que saltarse las colas por la patilla -por ti, respetaba el límite de velocidad-. Aparcas tu fiel máquina, te embutes dentro del coche con su calefacción, radio estéreo, asientos calefactables, amplio maletero (atar el petate al asiento trasero antes de emprender camino es de las mejores sensaciones que goza el motero) y un parabrisas que te salva de bichos y xinas, y te echas a al carretera para llegar y tener la sensación de haber perdido el tiempo.

Y una vez las navidades han pasado y arrasado como una manada de elefantes, uno no puede evitar sentir cierto alivio y perplejidad viendo que ha sobrevivido. Porqué si no estás seguro de no poder arrastrar esos dos chuletones de más, o esas tres o cuatro copas pimpladas sin enterarte, quédate en casa y deja la carretera para los viajeros.

fond-ecran-61717,joe-bar-team

No menos que nada

Estándar

d4e0ff20b2d80469318cc5cbb6056efa

-Eres lo que podría llamarse un “personaje de cartón”- dije, mirándole a los ojos, verdes y perfectos-. Alguien que está allí. Que lo ves. Que existe. Que podrías tocarlo, si quisieras- su sonrisa se acentuó, dejando a la vista una hilera de dientes blancos e inmaculados-. Pero si te acercas a mirarlo mejor verás que apenas es una fachada. Nada más que dos dimensiones. Alguien que ni siquiera tiene espacio para llenar. Al que ni tan sólo se le puede dar el apelativo de caparazón hueco.

El chico titubeó. Sus ojos se agitaron, nerviosos, buscando una salida. Su sonrisa amenazaba con esfumarse. Optó por la que ya conocía; la salida fácil.

Su mirada se endureció y su sonrisa se reafirmó, atrincherándose en aquél tranquilo y oscuro lugar que es la ignorancia.

-¿Así que yo soy un personaje de cartón?- sus hermosas facciones se retorcieron en una mueca-. ¿Entonces tú qué eres, feucho? ¿El malo del cuento?

Rió a mandivula batiente.

Yo sonreí, divertido.

-No- le di la espalda y empecé a alejarme-. Yo soy el escritor.

QYqv988ot_wxbf8FQqDw64XXXL4j3HpexhjNOf_P3YmryPKwJ94QGRtDb3Sbc6KY

Un genio sin lámpara

Estándar

El papel del elegido ya nos sobra. El del niño poca cosa que se pasa el día intentando que nadie lo vea y resulta que (sorpresa sorpresa) salva el mundo. Muy bien, sigue así que tu vales mucho.

Pero también empieza a cansar el del termineitor a lo Rambo que aprendió todas las artes marciales habidas y por haber porqué su padre quería que el chaval supiera defenderse. Ojito conmigo tio que te parto la crisma y ni te enteras.

Entonces, ¿qué nos queda?

Pues quizás el que queda tras sacar esos dos elementos. El que sin quererlo ni beberlo se encuentra metido en el meollo y lo que cuenta es salir de allí. Yo pasaba por aquí y eso estaba así cuando llegué, ¿sabe? Un poco a lo Lazarillo de Tormes, que estampa al ciego y lo llaman picaresca.

Y sobre un tipo así leí en un libro llamado El amuleto de Samarcanda, que al principio no sabes muy bien por donde cogerlo (como los que empiezan cuando el protagonista muere. ¿Hace falta saber por qué? Se muere, punto). Te lo plantean en primera persona, en el momento en que Bartimeo de Uruk (el protagonista) surge de una nube de vapor en el interior de una estrella de cinco puntas. Si te suena lo de leer entre lineas no te costará deducir que es un demonio. Un genio, en su caso. Lo ha invocado un niño de once o doce años (no me acuerdo), en un Londres gobernado por una casta de magos y hechiceros que extraen su poder de los seres que moran en una dimensión paralela conocida como El Otro Lado, donde no existe lo material, ni las formas ni la identidad ni nada de nada. Ahora imaginatelo, si puedes. Y si lo consigues, preocúpate.

A parte de plantearnos un mundo interesante, la despreocupación total de Bartimeo por el destino que corra el mundo o todo lo que no tenga que ver con él mismo, y el tedio de hacer lo que toca porqué no queda otra, es lo que le da ese toque a la historia que engancha. Porqué, desengañemonos, no hay héroes sin necesidad ni interés.

Si te matas en el gimnasio quizás te parezcas un poco al Stallone, pero dudo que mañana llame a tu puerta un oficial de la marina de los Estados Unidos de América para pedirte que rescates a una importante embajadora que han secuestrado los norcoreanos, y que encima está de toma pan y moja (la embajadora. Quizás el de la marina también, pero aquí no entro). Y tampoco creo que seas un extraterrestre que esté en la Tierra para escapar de un opresivo imperio galáctico sin tu saberlo, o un brujo con poderes sobrehumanos a la espera de un misterioso maestro que te enseñe a usarlos.

Así que nos queda el bribón que intenta arreglárselas para seguir con su vida, y si te he visto no me acuerdo. Y eso precisamente lo convierte en algo tan cercano a uno mismo,  que lo convierte en una historia que os recomendaría si queréis saltaros un poco la idea del “lo hago porqué los astros vaticinaron que lo haría y mira, también podrían haberse tocado los soles”.

Stroud, J - Trilogía de Bartimeo 01 [C1]

Calla y lee

Estándar

1284117381093_f

Letras en rojo sangre y verde hoja. Capítulos de la A a la Z.

Y a voz de pronto poco más.

Echando un vistazo rápido, del de pongo el pulgar y que vayan pasando páginas, no es difícil encajonar el libro en el de fantasía de toda la vida.

Aunque para un lector más avispado puede ser mucho más. Una historia que narra, no sólo las aventuras de un chico, sino la HISTORIA del imaginario humano, donde todo lo concebible tiene su lugar. Las historias pueden ser escritas hoy, decía el león de fuego, Graograman, pero hablar de tiempos remotos. El pasado nace con ellas. Cuando Bastian usa el poder del Auryn y formula un deseo, este no se cumple, simplemente se descubre. Ya existía. Estaba allí antes de que él mismo lo deseara. Simplemente lo constata, porque ese mundo de fantasía es su mundo (nuestro, de todos) que crea y moldea sin saber que todo eso ya existía.

¿Lo entendéis? Yo tampoco.

En parte esa es la genialidad del libro; para entenderlo, tienes que leerlo. Puedes leer la sinopsis, escuchar las recomendaciones de los amigos, ver un documental u oír a tal o cual autor que te gusta hablar matavillas del libro. Pero no te servirá de nada. Es como describir una casa diciendo que es un montón de rocas apiladas, con agujeros aquí y allá para entrar y salir, y madera encima. De Michel Ende no he leído nada más, aunque también tenemos Momo, que pinta bien, pero yo lo conocí y lo admiro por este libro.

Si eres novato en eso de la fantasía, y se te antoja a una paja mental (al estilo del arte abstracto que mi hermano de cinco años también lo hace, no me haga usted perder el tiempo, gracias), recomiendo mucho empezar con La Historia Interminable. Precisamente porque es eso, interminable, en el buen sentido de la palabra.

Incluso a mí, que disfruto estas historias tanto o más que cuando aún creía que los dragones existían (por que yo a los ocho años me entré de que Papá Noel no existía, y los dragones tampoco), La Historia Interminable me permitió entender lo que realmente significa la fantasía.

Y otra cosa, no veáis la peli. Ninguna de las tres. En la tercera aparece Jack Black, fin.  Y si llego tarde para salvaros, olvidadla. Es mi opinión, pero es como si visita uno el Louvre con las luces apagadas. No vale la pena.

Pero eso es otra historia para ser contada en otra ocasión.

historia_interminable

No sueñes con barcos

Estándar

 

5hzwzx45b5xcvz55cofxu34

La náutica, junto con las motos, es un amor que mi padre me transmitió desde crío, cuando me contaba las historias de Ulises, en su barco a remos, atándose al mástil para que las sirenas no lo tentaran mientras la tripulación se tapaban los oídos con corcho y brea para no oírlas también

A veces nos perdemos en los sueños de lo que nos gustaría hacer y olvidamos que puede hacerse. Que hay gente que lo hace. Que lo vive. Y que a veces, lo sufre. En el caso de los barcos, con tanto pirata del caribe suelto que mola mogollón, es difícil para alguien que jamás ha navegado saber qué es real y qué ficción. Es poco probable que nos veamos algún día navegando sólo dos personas a bordo de un bergantín a vela. No por que no podáis navegar en un bergantín, si no que incluso para navegar en una balandra de un sólo palo, lo que Don Arturo Perez-Reverte calificaba de “piltrafa náutica” en su libro Cabo Trafalgar, es necesario una tripulación mínima de setenta y cinco hombres (o mujeres). Blossomchristopher-Morningset Y ya no digamos qué haría falta para manejar otra embarcación de la época un pelín mayor.

A lo que quería yo llegar con todo esto es que, en ocasiones, soñamos situaciones idílicas que nada tienen que ver con nosotros y pensamos que son la pera. Luego, los más afortunados, valientes o estúpidos, según se vea, lo prueban y pasa lo inevitable: se decepcionan.

Pero también están los que no. Los que ven en esto un mundo nuevo y apasionante. Quizá muy distinto de como lo habían imaginado, o de como les hubiera gustado que fuera. Pero auténtico, al fin y al cabo.

Así que, si me aceptáis un consejo, cuando un tema apasione tanto que se tenga que vivir, si es leído en las páginas de un libro o visto en la pantalla de un cine, cuanto menos atractivo le sea, mejor.

Y hablando de barcos, hay dos títulos a los que les tengo especial afecto. Uno es el arriba mentado, Cabo Trafalgar, de Arturo Perez-Reverte. Personalmente, soy más fan suyo por sus artículos que por sus libros, pero este en concreto lo recomiendo mucho. http://www.perezreverte.com/libro/39/cabo-trafalgar/

El segundo título es de cine, y está basada en la obra de otro escritor, Patrick O’Brian, Aubery-Maturin http://es.wikipedia.org/wiki/Aubrey-Maturin. Se llama Master and Commander, y probablemente ya os suene http://www.filmaffinity.com/es/film595319.html.

Como he dicho, ambos títulos no son para pasar el rato. Son para estar pendientes de ellos en todo momento, experimentando todo lo que tienen por dar; desasosiego, miedo, duda, ánimo, valentía, furia ciega, orgullo y pesar. Por mentar unos pocos.

Porque es muy distinto saltar de barco en barco, espada en mano y botella de ron en la otra, disparando cañonazos a mansalva, que sentir el frío de la mañana en el mar calándote hasta los huesos mientras te vistes con ropa húmeda, y ves como espadas y puñales se oxidan y malogran por culpa de la salitre. Porque la diferencia entre contar una historia y vivirla, es el miedo.

Free-shipping-100-handcraftsart-font-b-oil-b-font-font-b-painting-b-font-font-b

La Bella, la Bestia y Nikolas

Estándar

2

Para los que no los sepáis, los franceses están a punto de estrenar una nueva versión del clásico este febrero de 2014, en Francia (falta ver si llega y cuando a este país de pandereta). Por lo que se ve en el trailer, poco tiene que ver con la versión del amigo Walt. Aquí os lo dejo para ir haciendo boca: http://www.youtube.com/watch?v=_COCCpWhR3Q

Como todo gañán de mi generación, crecí con los últimamente polémicos clásicos Disney. Entre ellos, como no, la Bella y la Bestia.

Cuando al cabo del tiempo te enteras de que las pelis que tanto te marcaron en su momento eran algo así como plagios adaptados de cuentos infantiles (generalmente de los Grim, los Andersen o incluso Shakespeare) te sientes algo así como cuando te dicen que al Papá Noel que conocemos se lo inventaron los de marqueting de la Coca Cola (y si no lo sabías, siento ser yo quien te lo diga, superalo), y que el original, un tal Nikolas, iba de verde y montaba un burro.

Pues con la idea de arrojar un poco de luz sobre el origen de este clásico Disney que a mi tanto me gustó, y que aún me gusta, os dejo a continuación la versión en plan Nikolas de Madame Leprince Beaumont, aunque huelga decir que su origen es poco claro.

Que la disfruteis.

LA BELLA Y LA BESTIA
de Madame Leprince de Beaumont

493px-Anne_Anderson05

Había una vez un mercader extremadamente rico. Tenía seis hijos, tres muchachos y tres niñas, y como era un hombre inteligente, no ahorró nada para la educación de sus vástagos, dándoles toda suerte de maestros.

Sus hijas eran muy hermosas, pero sobre todo la menor resultaba admirable, y, desde la infancia, no se le daba otro nombre que el de la Bella Niña, de suerte así la llamaban, lo cual hizo que sus hermanas se sintieran celosas.

La pequeña, más bonita que sus hermanas, era también mejor que ellas; las dos mayores tenían mucho orgullo, porque eran ricas, se hacían las grandes damas y no querían recibir las visitas de otras hijas de mercaderes, pues consideraban que no eran gentes de calidad para ser sus amigas. Ellas iban todos los días a bailes, al teatro, de paseo, y se burlaban de su hermana pequeña, que empleaba la mayor parte del tiempo en leer buenos libros.  

Como se sabía que las muchachas eran muy ricas, muchos ricos comerciantes las pidieron en matrimonio. Pero las dos mayores respondían que ellas no se casarían jamás, a menos que encontrasen un duque, o por lo menos un conde.

Bella (pues yo os digo que éste era el nombre de la más joven), Bella, repito, agradeció amablemente a quienes deseaban casarse con ella, pero arguyó que era muy joven, y que por el momento, necesitaba estar con su padre algunos años más, haciéndole compañía.

Repentinamente, el mercader perdió sus bienes, no quedándole más que una pequeña casa de campo, bien lejos de la ciudad. Comunicó entre lágrimas a sus hijos, que era preciso trasladarse a esta posesión, y que trabajando como campesinos todos podrían vivir. Sus dos hijas mayores respondieron que no querían dejar la ciudad, y que tenían muchos enamorados que, aunque ellas careciesen de fortuna, serían felices si las convertían en sus esposas.  

Las presumidas señoritas se equivocaban; sus galanes no quisieron mirarlas más en cuanto se arruinaron, y como nadie las apreciaba a causa de su soberbia, se decía:

-No merecen ser compadecidas, estamos contentos de ver rebajado su orgullo; que se vayan a hacer la gran dama cuidando de los carneros.

Pero al mismo tiempo todo el mundo agregaba:

-Por Bella lo sentimos pues se trata de una buena muchacha que habla a las pobres gentes con tanta bondad, es tan dulce, tan bien educada…

E incluso hubo gentilhombres que se quisieron casar con la joven aunque estuviera arruinada, pero Bella les dijo que no podía abandonar a su pobre padre en la desgracia ya que estaba dispuesta a seguirle al campo para ser su consuelo ayudándole en el trabajo..

La pobre Bella estaba muy afligida por haber perdido la fortuna pero se hizo las siguientes reflexiones:

-Por más que llore, las lágrimas no me devolverán mis bienes; es preciso acostumbrarse a ser feliz sin fortuna.

En cuanto llegaron a la casa de campo, el mercader y sus tres hijos se ocuparon de labrar la tierra, y Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ponía a limpiar la casa y a hacer la comida para su familia.

La joven sentíase muy triste pues no estaba acostumbrada a trabajar como una criada pero al cabo de dos meses se acostumbró y se hizo más resistente ya que la fatiga le dio una salud perfecta. Sin embargo, en cuanto había realizado sus tareas domésticas, leía, tocaba el clavecín o bien cantaba mientras dedicábase a hilar.

Sus dos hermanas, al contrario, se morían de aburrimiento ya que no hacían gran cosa fuera de lamentarse; se levantaban a las diez de la mañana, paseaban todo el día y entreteníanse echando de menos sus hermosos trajes y las agradables compañías.

-Ved a nuestra hermana pequeña –comentaban hablando entre ellas-, tiene el alma tan simple y estúpida que es feliz en esta desgraciada situación.

El buen mercader no pensaba como sus hijas, pues sabía que Bella era más brillante que sus hermanas, y admiraba la virtud de esta muchacha, sobre todo su paciencia, ya que las hermanas, no contentas de cargar sobre sus hombros el peso de todo el trabajo doméstico, la insultaban de continuo.  

Hacía un año que esta familia vivía en soledad cuando el mercader recibió una carta, en la cual se le anunciaba que un bajel en el que había mercaderías suyas, acababa de llegar felizmente a puerto. Tan grata noticia hizo que sus dos hijas mayores se volvieran locas de alegría pensando que, al fin, podrían dejar el campo donde se aburrían tanto; en cuanto ambas vieron a su padre dispuesto a partir, pidieron que les trajese vestidos, pelucas y toda suerte de bagatelas.

Bella, en cambio, no le pidió nada pues razonaba juiciosamente que todo el dinero de las mercancías no sería suficiente para adquirir eso que sus hermanas deseaban.

-¿No quieres que te compre alguna cosa también? –le preguntó su padre.

-Ya que vos tenéis la bondad de pensar en mí –respondió ella-, os ruego me traigáis una rosa puesto que aquí no tenemos.  

No es cierto que Bella necesitase una rosa, pero quiso pedir algo para que sus hermanas no dijeran que buscaba distinguirse de ellas no solicitando nada.

El buen hombre partió; mas en llegado que fue al puerto, se le hizo un proceso por sus mercancías, y, luego de haberlo pasado muy mal, quedó aún más pobre que anteriormente.

Regresó a su hogar, pues, y no le quedaban sino 30 millas para llegar a casa, lo que le llenaba de contento ante la inminencia de volver a ver a sus hijos, cuando, al atravesar obligatoriamente un bosque enorme, se extravió.

Para colmo de males nevaba horriblemente y el viento era tan fuerte que le tiró dos veces de su caballo; había descendido la noche y pensó que moriría de hambre o de frío, o bien que sería devorado por los lobos que se escuchaban aullar en torno suyo.

De pronto, mirando a través de una extensa hilera de árboles, vio un enorme resplandor que semejaba estar muy lejos. Yendo hacia allá, descubrió que la luz salía de un gran palacio que estaba completamente iluminado.

El mercader dio gracias a Dios por el socorro que Él le enviaba, y se apresuró a ir al palacio, mas se sorprendió mucho al no encontrar a nadie en el patio. Su caballo, que le seguía, descubriendo una acogedora cuadra abierta, se apresuró a entrar y al encontrarse forraje y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se lanzó sobre el alimento con mucha avidez. El buen hombre lo dejó en las caballerizas y fue a la mansión en donde tampoco encontró a nadie, pero entrando en una gran sala hallóse ante un magnífico fuego y una mesa cargada de ricas viandas, en la cual no había más que un cubierto. Como la lluvia y la nieve le calaran hasta los huesos, se acercó al fuego para secarse, diciendo para sí :

-El dueño de la casa y sus servidores, me perdonarán la libertad que me he tomado al entrar; sin duda van a aparecer pronto y podré darles explicaciones.

Esperó durante un tiempo considerable y sonaron las once de la noche sin que viese a ninguna persona, entonces, ya no pudiendo resistir el hambre que le dominaba, tomó un pollo que devoró en un par de bocados, aunque temblando, bebió también unos sorbos de vino, y ya más atrevido, salió de la sala atravesando numerosas salas esplendidamente amuebladas. Finalmente encontró una estancia donde había un amplio lecho y puesto ya era media noche pasada y él allí estaba, tomó la decisión de cerrar la puerta y acostarse.

Eran tocadas las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, sorprendiéndose mucho al ver un traje limpio reemplazando el suyo, que estaba completamente deteriorado.

-Seguramente –pensó-, este palacio pertenece a un hada buena que ha tenido piedad de mi situación.

Al mirar por la ventana vio que ya no había nieve y, en su lugar, hermosos macizos de flores encantaban la vista.

Regresó entonces a la sala donde cenara la vigilia anterior advirtiendo que le había sido servido chocolate caliente en una pequeña mesa.

-Os doy las gracias, señora Hada –dijo en voz alta-, por haber tenido la bondad de pensar en mi desayuno.  

El buen hombre, después de haberse bebido el chocolate, salió para ir a buscar a su caballo, y como pasaba bajo un cenador de rosas, recordó de improviso lo que Bella le había pedido y cogió una rama en donde había bastantes.

En ese preciso instante escuchó un rugido ensordecedor y vio venir hacia él a una bestia tan horrible, que casi se desmaya de la impresión.

-Habéis sido muy ingrato –le dijo la bestia con una voz terrible-, yo os he salvado la vida recibiéndoos en mi palacio, y para mi dolor vos me robáis mis rosas, que yo amo más que a nada en el mundo. Es preciso que muráis con objeto de reparar semejante falta. Os concedo un cuarto de hora para que pidáis perdón a Dios por vuestros pecados.

El mercader se puso de rodillas y le dijo a la bestia juntando sus manos:

-¡Monseñor, perdonadme; no creía ofenderos cogiendo las rosas que una de mis hijas me había pedido!

-Yo no me llamo monseñor –respondió el monstruo-, sino la Bestia, no amo los halagos y no creáis que me enterneceréis con vuestras lisonjas. Mas acabáis de decir que tenéis hijas y os perdono la vida a condición de que una de ellas venga voluntariamente para morir en vuestro lugar; no me repliquéis, partid y si vuestras hijas rechazan el dar su vida por vos, juradme que volveréis dentro de tres meses para entregaros a mi voluntad.  

El infeliz padre no tenía ningún deseo de sacrificar a una sola de sus hijas al malvado monstruo, pero pensó que al menos, tendría el placer de abrazarlas por última vez, y así le juro solemnemente que retornaría y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera, pero, agregó:

-No quiero que os marchéis con las manos vacías. Regresad a la habitación en donde habéis dormido y encontraréis un gran cofre vacío; puedéis meter dentro todo cuanto os plazca que yo lo haré llevar a vuestra casa.

La Bestia se retiró, y en ese mismo momento, el mercader se hizo esta reflexión:

-Si es preciso que yo muera, al menos tendré el consuelo de dejar el porvenir asegurado a mis pobres hijos.

Volvió al dormitorio y habiendo encontrado una gran cantidad de pieza de oro, llenó el cofre del que la Bestia le había hablado, lo cerró y recobrando a su caballo, que halló en la cuadra, abandonó el palacio con una tristeza igual a la alegría que había tenido al entrar. Su caballo cogió él mismo uno de los caminos del bosque y en pocas horas el buen hombre llegó a su casa.

Sus hijos le rodearon, pero, en lugar de ser sensible a sus caricias, el mercader se puso a llorar contemplándoles. Tenía en la mano la rama de rosas que le llevaba a Bella y se la dio diciéndole:

-Bella, coge estas rosas, que bien caras costaron a vuestro desgraciado padre –y acto seguido relató a su familia la funesta aventura que le había sucedido.

Al oír aquello, sus dos hijas mayores lanzaron grandes gritos e injuriaron a Bella, que no lloraba.

-¡Ved que lo produce el orgullo de esta criatura –exclamaron ambas-, que no pidió regalos normales como nosotras, no, la señorita quería distinguirse y con ello es la causa de la muerte de nuestro padre!

-Vuestras reconvenciones son inútiles –replicó Bella-, ¿por qué lloráis prematuramente una muerte que aún no ha tenido lugar? Padre no morirá. Ya que el monstruo quiere aceptar una de sus hijas, yo me entregaré a toda su furia, y seré feliz puesto que al morir habré tenido la satisfacción de salvar a mi padre probándole el afecto que le tengo.

-No, hermana nuestra – le dijeron sus tres hermanos-, vos no falleceréis; nosotros iremos a buscar al monstruo y moriremos bajo sus golpes si no le podemos matar.

-No lo creáis, hijos míos –les aseguró el comerciante-, la fuerza de esa Bestia es tan grande, que no me queda ninguna esperanza de hacerla perecer. Yo estoy conmovido ante el buen corazón de Bella, pero no deseo exponerla a la muerte. Viejo soy ya, pues me queda poco tiempo de vida, así no perderé más que unos pocos años de existencia; lo único que siento es, mis queridos hijos, el no volver a veros nunca más.  

-Os aseguro, padre mío –dijo Bella-, que vos no iréis a ese palacio sin mí; no podéis evitar el que os siga. Aunque sea joven, no me siento muy atada a la vida y prefiero mejor ser devorada por el monstruo que morir a causa de la pena que me produciría vuestra partida.

Con que estuvo decidido, Bella quiso partir hacia el hermoso palacio, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la pequeña siempre les había inspirado muchos celos.

El mercader encontrábase tan cegado por el dolor de perder a su hija, que no pensaba en el cofre lleno de oro, pero, así que se encerró en cu dormitorio para acostarse, le sorprendió encontrarlo al lado de su cama.

Entonces resolvió no decir que era rico de nuevo, porque las hijas mayores habrían querido volver a la ciudad, y estaba resuelto a morir en sus tierras. Pero confió el secreto a Bella cuando esta le comunicó que habían venido varios gentiles hombres durante su ausencia, y que dos amaban a sus hermanas. Ella le rogó casarlas, pues era tan buena que las quería y les perdonaba de todo corazón el mal que le habían hecho.

Estas dos perversas muchachas se frotaron los ojos con una cebolla, para fingir llanto, cuando Bella partió con su padre, mientras que sus hermanos sollozaban de verdad igual que el mercader, sólo Bella absteníase de hacerlo porque no deseaba aumentar el dolor general.

Sus caballos cogieron la ruta del palacio, y al atardecer padre e hija lo vieron iluminado, como la primera vez que lo divisó el comerciante.  

El caballo fue solo al establo y el buen hombre entró con su hija en la gran sala donde ellos se encontraron con una mesa ricamente servida, en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ganas de comer, mas Bella, esforzándose en parecer tranquila, sentóse a cenar y se sirvió, diciéndose a ella misma:

-La Bestia quiere engordarme antes de comérseme, y para ello no escatima atenciones.

Cuando hubieron cenado se pudo escuchar un gran rugido y el mercader dijo adiós a su pobre hija llorando, pues pensaba que se trataba de la Bestia. Bella no pudo por menos que estremecerse al ver aquella horrible figura, mas procuró ser educada, y el monstruo, habiéndole preguntado si había venido por su propia voluntad, fue respondido por ella, aunque temblaba de miedo, que, en efecto, sí.

-Habéis sido muy bondadosa –dijo la Bestia-, y os estoy obligado por vuestra gentileza. Buen hombre, partid mañana por la mañana y no se os ocurra jamás volver aquí. Adiós, Bella.

-Adiós Bestia –respondió ella y enseguida el monstruo retiróse.

-¡Ah, hija querida –exclamó el mercader abrazando a Bella-, estoy medio muerto de espanto; créeme, déjame aquí en tu lugar!

-No, padre mío –repuso Bella con firmeza-, partid mañana temprano y encomendadme a la protección del Cielo; puede ser que él tenga piedad de mí.

Ambos se fueron a acostar creyendo que no dormirían en toda la noche, mas apenas haberse introducido en sus lechos se les cerraron los ojos.

Durante el sueño, Bella vio una dama que le decía:

-Me complace advertir que poseéis un corazón abnegado, Bella; la buena acción que vos hacéis dando la vida a cambio de salvar la de vuestro progenitor no permanecerá sin recompensa.

Bella, al despertarse, le contó el sueño a su padre, lo cuál le consoló un poco, cosa que no impidió que lanzara sentidos gritos de dolor cuando fue preciso separarse de su querida hija.

Cuando él hubo partido, Bella tomó asiento en la enorme sala, y se puso a llorar también, pero como era muy valiente, se encomendó a a Dios y resolvió que no podía entristecerse para el poco tiempo que le quedaba de estar viva, ya que creía firmemente que la Bestia iba a devorarla por la noche. Decidió entonces pasearse, a la espera, visitando el hermoso palacio pues no podía evitarse el admirar tanto esplendor.

Sin embargo se sorprendió mucho al encontrar una puerta sobre la cual había escrito:

APOSENTOS DE BELLA

La abrió con precipitación quedando deslumbrada por la magnificencia que reinaba allí; pero lo que más la impresionó fue ver una gran biblioteca, un clavecín, y bastantes libros de música.

-No veo que vaya a aburrirme –se dijo en voz baja y pensó acto seguido:-, si yo no tuviera más que un día para estar aquí, no necesitaría tanta provisión de libros y demás cosas.  

Tales pensamientos le infundieron ánimos. Salió entonces de la biblioteca y vio un libro donde había escrito con letras de oro:

DESEAD, PEDID; VOS SOIS AQUÍ LA REINA Y SEÑORA.  

-¡Ay de mí –dijo ella suspirando-, yo no necesito nada más que ver a mi pobre padre y saber que hace en el momento presente! –lo había dicho para ella misma y cuál no fue su asombro que poniendo los ojos en un gran espejo pudo comtemplar su hogar donde el padre llegaba con un rostro extremadamente triste.

Sus hermanas iban delante de él, y a pesar de las muecas que falsamente hacían, aparentando aflicción, la alegría que tenían por la pérdida de su hermana se les transparentaba en el semblante.

Un momento después todo desapareció, y Bella no pudo evitar el pensar que la Bestia era muy amable y que ella no tenía nada que temer.

Al medio día halló la mesa puesta y durante la comida pudo escuchar un excelente concierto, aunque no se viera a ningún músico.

Por la noche, cuando ella iba a sentarse dispuesta a cenar, escuchó el ruido que hacía la Bestia al aproximarse, y no pudo evitar un escalofrío.

-Bella –le dijo el monstruo-, ¿os importa que os comtemple mientras cenais?

-Vos sois el dueño –repuso Bella temblando.

-No –contestó la Bestia-, aquí no hay más dueña que vos, no tenéis más que decirme que me vaya si mi presencia os molesta y me iré enseguida. Decidme, ¿no es verdad que vos me encontráis feo?  

-Es cierto –dijo Bella-, pues yo no sé mentir, pero creo que sois muy bondadoso.

-Tenéis razón –replicó el monstruo-, mas aparte de que soy feo carezco de ingenio; no me engaño, sé muy bien que soy una bestia.

-Nadie es una bestia –respondió Bella-, cuando cree no ser ingenioso; un tonto nunca lo hubiera pensado.

-Comed, Bella –rogó el monstruo-, y deshechad el que vayáis a aburriros en vuestra casa, ya que todo cuanto aquí hay os pertenece y yo me sentiría muy triste si no estuvierais contenta en ella.

-Vos lo habéis dispuesto todo muy bien –contestó Bella-, y esto me llena de contento y me hace, al pensar en vos, que no os vea tan feo.

-¡Oh, sí –dijo la Bestia-, tengo el corazón bondadoso, mas soy un monstruo.

-Existen hombres que son más monstruos que vos –rebatió Bella-, y yo os aprecio mejor con vuestra aspecto que a quienes, con la figura humana, esconden un corazón falso, corrompido e ingrato.

-Si yo fuera ingenioso –replicó la Bestia-, os haría grandes cumplimientos para agradeceros vuestras palabras, pero como no sé expresarme lo único que puedo deciros es que os estoy obligado.

Bella cenó con excelente apetito. Ya no tenía miedo del monstruo, pero creyó morir de terror cuando él le preguntó:

-Bella, ¿querríais ser mi esposa?

La joven no respondió durante algunos instantes, luego, aun teniendo miedo de excitar la cólera del monstruo al rechazarle, contestó temblando:

-No, Bestia.

En ese momento el pobre monstruo quiso suspirar y lo que le salió fue un rugido espantoso que recorrió todo el palacio, pero Bella no se inquietó porque la Bestia le dijo tristemente:

-Adiós pues, Bella –y abandonó la estancia aunque volviéndose de tiempo en tiempo para mirar a la joven.

La joven, viéndose sola, sintió una gran compasión por la pobre Bestia.

-¡Ay, pensó-, es bien triste que sea tan feo siendo tan bondadoso!

Bella pasó tres meses en el palacio con gran tranquilidad.

Todas las noches la Bestia la visitaba y la entretenía durante la cena contándole cosas agradables, pero jamás haciendo gala de eso que se llama ingenio en las conversaciones sociales.  

Cada día Bella descubría nuevas cualidades en el monstruo. La costumbre de verle le había acostumbrado a su fealdad y lejos de temer el momento de la visita, ella miraba su reloj para comprobar si ya eran las nueve de la noche, pues la Bestia no se retrasaba nunca. Sólo había una cosa que entristecía a Bella y es que el monstruo, antes de despedirse, le pedía siempre si quería ser su esposa y daba muestras de honda tristeza cuando ella volvía a repetir su negativa.

La joven le dijo un día:

-Me apenáis, Bestia, yo quisiera casarme con vos, pero soy demasiado sincera para haceros creer que esto llegará jamás. Seré toda la vida vuestra amiga, contentaros con esto.

-Comprendo –repuso la Bestia-, me rindo ante vuestros argumentos; sé perfectamente que soy horrible, sin embargo os amo intensamente, ahora bien, me conformo y soy muy feliz de que deseéis permanecer aquí. Prometedme que no me dejaréis nunca.

Bella se ruborizó al escuchar estas palabras; había visto en el espejo mágico que su padre estaba enfermo por la pena de haberla perdido, y anhelaba reunirse con él.  

-Yo puedo prometeros –le dijo a la Bestia-, no dejaros nunca, pero tengo tantas ganas de volver a estar con mi padre, que moriría de dolor si me negaseis ese placer.

-Antes moriría yo –replicó el monstruo-, que ocasionaros cualquier tristeza. Os enviaré a casa de vuestro padre, y allí estaréis, y esta pobre Bestia fallecerá de pena.

-No –contestó Bella llorando-, os aprecio demasiado como para convertirme en la causa de vuestra muerte; prometo volver al cabo de ocho días. Me habéis hecho saber que mis hermanas están casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se halla completamente solo; concededme el que permanezca en su casa una semana.  

-Vos estaréis mañana por la mañana –dijo la Bestia-, pero acordaos de vuestra promesa. No tenéis más que poner esta sortija sobre una mesa al acostaros, cuando deseéis venir.

Adiós, Bella –la Bestia suspiró según su costumbre en diciendo estas palabras y Bella se acostó muy triste al verla así afligida.

Cuando ella se despertó por la mañana, se encontró en el hogar paterno, y habiendo sonado un despertador que estaba al lado de su cama, vio venir a una sirvienta gritando asustada al verla. El comerciante acudió a ese grito y casi muere de felicidad al contemplar a su querida hija permaneciendo ambos abrazados durante más de un cuarto de hora.

Bella, después de los primeros transportes, pensó que no tenía vestidos que ponerse pero la criada le dijo que acababa de encontrar en la habitación vecina un gran cofre pleno de ropas tejidas en hilo de oro y guarnecidas de diamantes. Bella agradeció mentalmente a la bondadosa Bestia sus atenciones y escogiendo la menos rica de estas vestimentas, le dijo a la sirvienta que guardase el resto ya que deseaba regalárselas a sus hermanas, mas apenas hubo pronunciado ella estas palabras, que el cofre desapareció. Su padre, entonces, le indicó que la Bestía quería que conservase el presente para ella y enseguida volvieron a estar allí los trajes en su arcón.  

Bella se vistió y durante ese tiempo se fue a avisar a sus hermanas que acudieron con los esposos.

Las dos eran muy desgraciadas; la mayor había contraido matrimonio con un gentilhombre, hermoso como el Amor, pero él sólo estaba enamorado de si mismo desde la mañana hasta la noche y menospreciaba la belleza de su esposa.

La segunda estaba casada con un hombre que tenía mucho ingenio, aunque con sus agudezas lo único que conseguía era molestar a todo el mundo, siendo su mujer la primera.

Las hermanas de Bella creyeron morir de dolor cuando la vieron vestida como una princesa y más hermosa que el día, y aunque la pequeña fue muy cariñosa con ambas, nada pudo apagar sus celos que aumentaron cuando les contó lo feliz que era.  

Las dos envidiosas bajaron al jardín para llorar a su gusto, y se decían entre sí :

-¿Por qué esta pequeña criatura ha de aventajarnos en felicidad? ¿No nos la merecemos nosotros más que ella?

-Hermana mía –exclamó la mayor-, tengo una idea, procuremos alargar su estancia aquí más de ocho días y esa tonta Bestia se enfurecerá porque Bella habrá faltado a su palabra, y puede ser que la devore.

-Tenéis razón, hermana mía –respondió la otra-, por tanto es necesario tratarla bien y mimarla.

Habiendo tomado tal resolución, se reunieron con Bella haciéndole tantas demostraciones de cariño que la pobre muchacha lloraba de alegría.

Cuando los ocho días transcurrieron, las dos hermanas se arrancaron los cabellos dando muestras de tan grande aflicción ante la sola idea de su partida, que Bella les prometío quedarse otros ocho días, mas no sin reprocharse la tristeza que estaba causando a su pobre Bestia a quien ella apreciaba con todo su corazón echándola mucho de menos.

La décima noche pasada en casa de su padre,soñó que hallábase en el jardín del palacio y que veía a la Bestia acostada sobre la hierba dispuesta a morir y reprochándole su ingratitud.

Bella se despertó sobresaltada y derramó abundantes lágrimas.

-Me estoy comportando muy mal –se dijo-, al causarle tanto sufrimiento a la Bestia que tan gentilmente me ha tratado siempre, porque, ¿es acaso culpa suya si es tan fea y tiene tan poco ingenio? Es buena y eso vale más que todo lo demás. ¿Por qué no he querido casarme con la Bestia?; sería más feliz con ella que mis hermanas con sus maridos, pues no es ni la belleza ni el ingenio de un esposo lo que hacen dichosa a su mujer, es la bondad del carácter, la virtud, la amabilidad, y la Bestia tiene todas esas buenas cualidades, cierto que yo no la amo pero le tengo afecto, amistad y reconocimiento. Por tanto, no es preciso seguir haciéndola desgraciada –pronunciando estas palabras Bella se levantó, puso la sortija sobre la mesa y volvió a acostarse.

Apenas ella estuvo en su lecho, se durmió y al despertarse por la mañana, vio con alegría que estaba en el palacio de la Bestia. Se vistió entonces lujosamente, para gustarle, y se aburrió mucho todo la jornada esperando que fuesen las nueve de la noche, pero el reloj tardaba en dar la hora y cuando la dio la Bestia no hizo acto de presencia. Bella entonces creyó haber causado su muerte y corrió por el palacio desesperada dando grandes gritos.

Después de haber buscado por todas partes, ella se acordó de su sueño y corrió por el jardín hacia el canal donde le había visto durmiendo. Encontró a la pobre Bestia tendida sin conocimiento, lo que le hizo creer que estaba muerta.  

Entonces se echó sobre el cuerpo, sin tener miedo de su aspecto y sintiendo que su corazón latía aún, recogió agua del canal y se la echó sobre la cabeza.

La Bestia abrió los ojos y le dijo a Bella:

-Habéis olvidado vuestra promesa y la pena de tener que perderos me ha decidido a dejarme morir de hambre, pero muero contento porque tengo el placer de volveros a ver todavía una vez más.

-¡No, mi querida Bestia, no podéis morir –exclamó Bella-, vos viviréis para convertiros en mi esposo, desde este momento os entrego mi mano y os juro que no me casaré si no es con vos. ¡Ay de mí!, creía no sentir más que amistad por vos, pero el dolor que siento me hace ver que no podría vivir sin veros!

Apenas Bella pronunciaba estas palabras que ya el palacio tornóse resplandeciente, estallaron los fuegos de artificio, escuchándose músicas por doquier, todo lo cual parecía anunciar una fiesta, pero semejantes maravillas no la distrajeron, ella se volvió hacia su querida Bestia a la que el dolor la hacía sufrir, mas grande fue su sorpresa al comprobar que la Bestia había desaparecido, encontrando a su pies a un príncipe más hermoso que el propio Amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento.

Aunque el príncipe mereciese toda su atención, ella no puso evitar el preguntarle en dónde estaba la Bestia.

-Vos la véis a vuestros pies –le dijo el príncipe-, un hada malvada me había condenado a estar hechizado bajo esta condición hasta que una bella joven consintiera en casarse conmigo apreciando también mis cualidades. Y sólo vos en todo el mundo erais lo bastante bondadosa como para comprender las virtudes de mi carácter, y ofreciéndoos una corona no puedo siquiera corresponder a lo obligado que me hallo con vos.

Bella, agradablemente sorprendida, le dio la mano al hermoso príncipe para ayudarle a levantarse.

Fueron juntos al palacio y Bella creyó morir de alegría encontrando, en la gran sala, a su padre y a toda la familia pues la majestuosa dama que se le había aparecido en sueños, los acababa de transportar llevándolos hasta allí.  

-Bella –le dijo esta dama, que no era otra sino un hada muy importante-, estáis recibiendo la recompensa por vuestra buena conducta, pues habéis elegido la virtud a la belleza y al ingenio, habiendo tenido el mérito de encontrar todas estas cualidades reunidas en una misma persona. Os convertiréis en una gran reina y espero que el trono no destruya nunca la bondad de la que sois poseedora.

Y el hada se dirigió entonces a las hermanas de Bella:

-En cuanto a las dos, ya que conozco vuestro corazón y toda la malicia que encierra, os convertiré en un par de estatuas , pero conservando el entendimiento bajo la piedra que os envolverá. Permaneceréis a la puerta del palacio de vuestra hermana, y no os impongo otra condena que el de ser testigos de su felicidad. No podréis regresar a vuestra antigua apariencia hasta que no reconozcáis vuestras faltas, pero mucho me temo que siempre quedaréis convertidas en estatuas, pues uno se corrige del orgullo, de la cólera, de la glotonería y de la pereza, mas constituye una especie de milagro la conversión de un corazón malvado y envidioso.

En el mismo momento, el hada dio un toque de varita que transportó a todos aquellos que estaban dentro de la sala, hasta el reino del príncipe.

Sus súbditos le recibieron gozosos, y él se casó con Bella, viviendo ambos muchos años en perfecta dicha porque su matrimonio tenía por fundamento la virtud.

El ocaso de cobre

Estándar

C_UsersPoncePicturesVOLUNTAD1copperdnd - copia

Hacía ya mucho tiempo que la edad doro de los dragones había llegado a su fin. Eran muy pocos los que aún seguían con vida, a pesar de que un día habían gobernado sobre toda Gaya. Antiguamente convivían en paz con las razas pequeñas –así llamaban ellos a humanos, enanos y elfos-, y se podía divisar las enormes figuras de aquellas nobles criaturas que surcaban los cielos. En tiempos de paz, los reyes les pedían consejo en asuntos de estado, y los aldeanos les traían ofrendas a sus guaridas y organizaban festivales anuales en su honor para pedirles suerte y prosperidad. En tiempos de guerra contra las razas oscuras, iban a la batalla montados por grandes héroes y paladines de hombres y elfos.

Pero ni siquiera sus eternas vidas los habían salvado de la extinción. La mayoría había muerto a manos de una criatura que, se decía, había salido del mismísimo Abismo. Cazaba dragones para alimentarse de su poder, y los pocos que habían sobrevivido a su encuentro, decían que tenía el aspecto de un inmenso dragón de escamas tan rojas y relucientes como carbones incandescentes.

Tan acérrima había sido la caza que la mayoría de los que quedaban no eran sino meros reflejos de sus poderosos ancestros; grandes, fuertes y orgullosos, pero vanidosos e insensatos. Sus escamas ya no poseían los tonos metalizados que caracterizaban a los más sabios y poderosos. Blancos, verdes o negros, demasiado vulgares para despertar el interés de aquella infernal criatura.

Sin embargo se decía que, en algunos lugares de Gaya, aún quedaban los últimos vestigios de aquella antigua y noble estirpe de escamas de metal.

Y he aquí donde empieza esta historia.

Hace mucho tiempo, en la cordillera de las Montañas de Fuego, siempre cubiertas por una fina y etérea niebla, había una cueva oculta entre los árboles centenarios en la que habitaba un antiguo dragón de escamas de cobre. Su nombre era Edharion. Había llegado allí escapando de aquél horror rojo, hacía ya dos décadas, y desde entonces languidecía en su refugio, olvidado. No había vuelto a ver con ningún hermano suyo desde que se viera forzado a emprender aquél exilio y, dada la ferocidad y tenacidad con que el dragón de piel de rubíes les daba caza, dudaba que volviera a hacerlo alguna vez.

En ocasiones, cuando el tedio y el aburrimiento se hacían insoportables, usaba su poder para adoptar la apariencia de un joven juglar y bajaba a una pequeña aldea llamada Awis que había frente al Bosque Nublado, al pie de las montañas. Como todos los cobrizos, poseía un carácter benévolo, amante de la buena vida, la naturaleza y las buenas historias. Y siempre disfrutaba con las que se contaban en las tabernas, o narrando él las suyas propias. Para proteger su cubíl de intrusos e indeseados, cuando visitaba la aldea aprovechaba para contar oscuras historias sobre las montañas. Con el paso del tiempo las historias se convirtieron en leyendas relatadas por los propios aldeanos al alumbre del fuego, en oscuras noches de invierno. Leyendas que incluso al hombre más fornido le quitaban el sueño.

Y ya nadie se acercaba a las Montañas de Fuego.

Había una en concreto que contaba como un demonio escarbaba en las entrañas de la roca para encontrar oro, pues un insensato viajero le había dado el suyo a cambio de que lo dejara marchar. Para su eterna desgracia, sólo encontraba cobre. El demonio, frustrado, arrojaba las pepitas al río, y estas bajaban hasta la aldea. Aquel legendario ser, según se decía, era muy celoso de su territorio y a todo aquél que se acercaba a sus preciosas montañas lo asaltaba para pedirle el preciado metal que siempre buscaba. Si sus víctimas no llevaban oro que ofrecerle, se enfuercía tanto que hacía caer un rayo encima del desdichado intruso. Y por aquella, y tantas otras historias, los aldeanos no osaban traspasar los límites de la cordillera.

Lo cierto era que esas pepitas de cobre eran en realidad escamas del anciano dragón, que se desprendían de su cuerpo cuando se bañaba en el gran estanque de aguas heladas que se formaba en lo más profundo del bosque, cerca de su caverna. Aunque pudiera parecer que a aquellos seres de fuego no les gustara estar en contacto con algo tan helado como un lago de montaña, la verdad era que no existía mayor placer. Les relajaba tanto como a nosotros nos relajaría un baño en aguas termales. Cada vez que se echaba un chapuzón, su cuerpo se estremecía de placer, se abandonaba al sueño y al descanso, y dejaba que el gélido líquido le indujera el ensimismamiento que tanto le gustaba.

Gracias a esas leyendas que él mismo contaba, y a los jóvenes lo suficientemente valientes, o locos, como para adentrarse en la cordillera, y que regresaban contando nuevas historias sobre demonios y criaturas de la niebla, vivía una vida solitaria y tranquila. En realidad, los demonios que veía la gente, eran pequeños sátiros y algún que otro duende, que debido a la niebla y al miedo, los humanos confundían con entes infernales, y con el tiempo dejó de ser necesario que inventara historias.

Vivir entre humanos aliviaba su soledad un tiempo, apenas unos pocos meses. Aquellos seres de tan corta vida poco podían ofrecerle ya, y con el paso de los años, dejo de visitar la aldea.

Un día en el que la niebla era particularmente espesa, un joven cazador que se había adentrado demasiado en la montaña, cayó por un precipicio y se rompió una pierna. Edharion lo encontró inconsciente y medio muerto. Movido por un sentimiento que desconocía poseer, cuidó del humano mientras este se reponía. En otro tiempo, cuando era más joven y vanidoso, lo habría dejado morir con toda seguridad. Y mientras usaba su magia para recomponerle la pierna, se preguntó qué había cambiado en él en todos aquellos siglos. No supo qué responderse.

Cuando el joven despertó, estaba en la linde del bosque, cerca de su propia aldea. Al principio creyó que el accidente había sido un sueño. Pero, anonadado, vio que tenía el pantalón rasgado y manchado de sangre. En la pantorrilla exhibía una desagradable cicatriz que antes no estaba. Regresó a su casa con la cabeza llena de preguntas, siendo observado desde las profundidades del Bosque Nublado por unos ojos antiguos y sabios.

Al cabo de un tiempo, volvió a las montañas para tratar de averiguar quién lo había ayudado. Recordaba que en sus momentos de lucidez, había un dragón tumbado en la entrada de una cueva. Estaba seguro de que no había sido un sueño. Al fin y al cabo, la pierna no se había curado sola, y lo más parecido a un recuerdo que conservaba de cuando estuvo desaparecido era aquella borrosa imagen.

Después de meses de buscar, casi por accidente encontró la cueva. En su entrada estaba la enorme criatura, enroscada y con los ojos cerrados. Al principio sintió miedo, pero la fascinación pudo más y, oculto tras una roca, pasó casi un día entero, observándolo, hasta que se hizo de noche y tuvo que emprender el largo viaje de vuelta.

A partir de aquel día, una vez al año iba a ver a la fantástica criatura.

Edharion en seguida se percató de que lo espiaba. Hacía como que no se enteraba, pero en el fondo le gustaba que alguien fuera a verlo por el simple placer de contemplarlo. Acudía siempre en verano, cuando la niebla era menos densa y había días enteros en que libraba a las montañas de su manto. Se acomodaba entre las ramas bajas de un roble desde el que creía que no lo vería, y dejaba que pasara el tiempo. Algunas veces traía consigo pergamino y carboncillo y lo dibujaba. Otras, simplemente se quedaba inmóvil.

Un día, llegadas las fechas en las que solía venir, no se presentó. El dragón creyó que se habría cansado de ir. Aunque intentó no darle importancia, lo cierto era que sintió que el mundo se apagaba un poco más a su alrededor. Por alguna extraña razón le había cogido afecta a aquel humano.

Años después, cuando ya creyó que no volvería a verlo jamás, una tarde en que se encontraba en el fondo de la cueva, lo vio delante mismo de la entrada. Era la primera vez que lo hacía. Se sorprendió al descubrir que ya no tenía el aspecto joven que recordaba; Su espalda, curvada por el peso de la edad, apenas le permitía erguirse. Para andar se ayudaba con un cayado, y de su mentón colgaba una larga y espesa barba blanca que enmarcaba un rostro macilento, surcado por las arrugas. Con cierta pena, se percató de que habían pasado más de sesenta inviernos desde que encontró a aquel joven cazador medio muerto.

Se acercó lentamente, procurando no asustarlo. Pero aún encorvado y cansado, en su mirada había había un valor y resolución que no pudo más que admirar. Sus ojos se encontraron, y al anciano se le inundaron los ojos de lágrimas. Alargó una mano para intentar tocarlo. Edharion inclinó su enorme cabeza, y dejó que la pequeña y raquítica mano le acariciara el robusto hocico.

Las lágrimas salían a borbotones de los ojos del viejo, y de repente, sin más, sus ojos se empañaron y su mirada se perdió en el infinito. La vida escapó de él con su último aliento y se desplomó, muerto.

Lo enterró bajo el enorme roble en el que se escondía cuando iba a verlo. Con su zarpa, grabó un nombre en la corteza: “El Observador”

De vez en cuando, se tumbaba al lado del árbol y canturreaba alguna canción, imaginando que el Observador lo miraba des arriba, acomodado entre las ramas, con aquellos ojos llenos de lágrimas.

Por extraño que sonara, sentía algo que creía haber olvidado hacía muchisimo tiempo, cuando dejó atrás su infancia para convertirse en un joven y vanidoso dragón; Sentía miedo. Un sentimiento de soledad absoluta le oprimía el corazón, y esto era algo que ningún congénere suyo había experimentado jamás. Aquello era lo que le producía un profundo temor. Lo atribuyó a su extrema longevidad. Al fin y al cabo, había visto nacer y morir no sólo hombres y mujeres si no también, ciudades, imperios y civilizaciones. Había luchado en las guerras de secesión de los elfos, en que asari y narashi, antaño hermanos, lucharon entre sí cuando la oscuridad tocó a los narashi. Había presenciado la coronación del primer Rey Dragón, regente de Lonaradyen. Había contemplado el fin de un centenar de eras y su nombre y sus gestas eran cantadas por bardos de hombres, enanos y elfos por igual.

Y pese a todo, parecía que el cruel destino le reservaba el tormento de asistir a su propia decadencia. A su propio ocaso.

No se atrevía a abandonar su refugio, pues en lo más profundo de su ser, en la parte más instintiva y primigenia de sí mismo, sabía con seguridad que la bestia roja que a tantos de los suyos había dado muerte seguía ahí fuera, acechando. Ya se había enfrentado a él una vez y había visto morir a cuantos lo acompañaban. Sólo él había salido ileso, y no tenía motivos para creer que podría sobrevivir a un segundo encuentro.

Consideró la posibilidad de adquirir de nuevo una forma humana y regresar a Awis una temporada. Pero la compañía frugal de unos desconocidos no era lo que él anhelaba. Quería a alguien para compartir su simple existencia. Sus vivencias. Sus pensamientos.

Cuando una mañana de verano despertó de un largo sueño, un curioso olor impregnaba el aire. Sentía el hedor de cuerpos en descomposición. De la suciedad y la herrumbre. Forajidos. No eran infrecuentes en aquellos lares, pero no eran ellos lo que habían llamado tan poderosamente su atención. No era un olor humano. Parecía mucho más refinado, natural y salvaje. Picado por la curiosidad, siguió aquél rastro. El singular olor lo llevó hacía la orilla del lago donde solía bañarse. Flotando en las calmadas aguas, o colgando del tronco de un árbol, encontró los cuerpos sin vida de dos docenas de humanos sucios y piojosos, los que había olido desde su cueva. Eran salteadores de caminos que vagaban por las Montañas de Fuego en busca de alimentos y viajeros desprevenidos. Vivían al margen de la ley. Él mismo había matado a varios de ellos que habían tenido la osadía de acercarse demasiado a su cueva, en la última estación. Supuso que aquella matanza era una simple escaramuza entre bandas.

No dándole mayor importancia, se dispuso a seguir el peculiar haroma que había sentido, cuando un movimiento entre los arbustos le llamó la atención.

Algo agitó unos matorrales. De sus fauces brotó un grabe gruñido, advirtiendo al extraño que no dudaría en atacar, pero de repente, una mujer salió a la vista. El cobrizo quedó algo sorprendido. Era poco habitual ver a un varón en las montañas, y ver a una hembra aún lo era más. Pero enseguida se percató de que aquella mujer, no era como las demás. Ni siquiera era humana. Era una elfa.

Iba vestida con una túnica verde que cubría una malla marrón rojiza. Su pelo, repleto de hojas, tenía un color castaño, que recordaba a la estación otoñal, cuando los árboles celebran su carnaval de colores. La piel que no cubría sus ropas, excepto el rostro y las manos, la surcaba una intrincada red de tatuajes. De su costado colgaba una vaina desgarrada y sin espada. Llevaba algo en brazos envuelto en una manta de lana basta. Lo apretaba contra su pecho con gesto protector.

Se acercó a Edharion lentamente, pero con paso firme. Lo miró con unos ojos ambarinos, cargados de rabia y dolor, excentos del temor, la sorpresa o la admiración a los que estaba acostumbrado. Le devolvió la mirada, fascinado. Hacía eones que no veía un elfo. Por su indumentaria dedujo que sería una daenar; una elfa de los bosques. Había olvidado el orgullo, la nobleza y el valor que poseía aquella raza.

Permanecieron quietos lo que pareció una eternidad hasta que, con extremo cuidado, la mujer se arrodilló y dejó lo que sujetaba en brazos, en el suelo. Eran dos fardos, y en cada uno asomaba la carita redondita de un bebe de orejas finas y puntiagudas.

El dragón la miró, desconcertado. Entonces se percató de que estaba gravemente herida: todo su costado izquierdo estaba empapado de sangre fresca, y no paraba de gotear. Entre la ropa ensangrentada se veían perfectamente como dos astas de flecha sobresalían de su piel. La joven elfa alzó la mirada hacía el cielo, y cayó de costado.

El dragón acercó una enorme garra al cuerpo inerte, no muy seguro de si seguía con vida. De repente, una pequeña mano se puso en su garra, y ella lo miró. Edharion le devolvió la mirada. En los ambarinos ojos sólo había pena. Empujó ambos fardos hacia él, suplicante. Su mirada, empañada de lágrimas, le decía lo que sus labios no podían.

Edharion la miró un instante, y lentamente, asintió con la cabeza. La joven elfa sonrió, puso una mano sobre cada uno de los niños, como dándoles su bendición, y con la consciencia tranquila exhaló su último aliento.

Al verla morir, sintió que algo dentro de él se rompía en mil pedazos. No por el sólo hecho de que hubiera muerto, si no también, por que quien había provocado aquella muerte, lo había hecho a propósito, sin ninguna consideración por las vidas que estaba arrebatando.

Apenado, recordó la gloriosa época de su juventud. En sus espaldas habían cabalgado poderosos monarcas de humanos y elfos. Hombres y mujeres que defendían a los de su raza y ayudaban a crear un mundo mejor. Un mundo que ya sólo existía en sus sueños. Con el corazón hecho añicos, contempló los cadáveres de los bandidos. La ferocidad y maestría con que se les había dado muerte eran algo casi sublime. Muchos había encontrado su fin en la hoja de una espada, pero a algunos no se les apreciaba herida alguna. Más que hombres, le recordaban a animales. No comprendía por qué habían atacado a la elfa. Por más que lo intentaba, no podía imaginarse una sola razón por la que una joven madre mereciera la muerte.

Con sumo cuidado, cogió a los dos pequeños elfos con su enorme garra, y los llevó a la cueva. Los acomodó en un colchón de hierba verde, y fue a buscar el cadáver de la mujer.

Al igual que con el humano, la enterró debajo de un gran árbol; un fresno, y grabó un nombre en la corteza: “Joven Madre”

Entró en la cueva, y miró a los dos pequeños. Uno estaba dormido. El otro lo miraba con unos ojos del mismo color ambarino que poseían los de la joven. Pero a diferencia de ella, los del pequeño rezumaban curiosidad. El cobrizo sonrió, y se tumbó al lado de los bebés, rodeándolos con su cuerpo.

El elfo estiró los brazos hacía arriba, intentando agarrar la enorme cabeza. El dragón sonrió con afecto. El pequeño le devolvió la sonrisa, encantado.

“Horden y el Cónclave deben tener grandes planes para ti y tu hermano” pensó”. Quizás por esto os han salvado.”

La última marcha del lobo

Estándar

Crónicas de Argheron Colmillohielo

8295_10202037340528842_1026138237_n

La ofensiva combinada de tau y eldars había conseguido expulsar a los imperiales del planeta Valhalla, y los últimos reductos de resistencia daban los últimos coletazos en agónicos estertores, esperando un milagroso rescate.
Algunos, necios e ingenuos que no habían visto ni verían más batallas, aún alzaban plegarias al emperador, rogando para que les concediera la salvación. Pero en el fondo de sus corazones la verdad yacía como un fragmento de hielo seco de las tundras valhallianas, quemándolos hasta que poco quedaba de los hombres que fueron.
Sólo los guerreros de Fenris, gigantes entre hombres, impertérritos ante el peligro, eran capaces de marcar la diferencia entre el oscuro abismo de locura y un último bastión de honor y deber ante el aciago destino que les había tocado vivir.
El señor lobo Argheron Colmillohielo y lo que quedaba de su gran compañía se habían visto obligados a retirarse tras los muros de un viejo manufactorum, en mitad de un árido y desolado páramo.

El emisario y su guardia llegaron poco después del amanecer.
Los gargantuescos muros de ferrocemento del manufactorum se alzaban, desafiantes, como un monumento olvidado a un tiempo pretérito. Y aunque se encontraba en evidente estado de abandono y deterioro, y poseía un diseño y una arquitectura recargada, achaparrada y tosca, infundía un aura de poder y presencia imposible de ignorar. Como una bestia que se halla al fin de sus días, pero sigue siendo tan terrible e imponente como en su juventud.
El ambiente en su interior era, si cabe, tan gélido como en el páramo que rodeaba el edificio. Y no se veía ni un alma. Pese a las vestimentas térmicas y los sistemas integrados de calefacción que recorrían las fibras sintéticas del traje, el recién llegado sintió un escalofrío recorriendo su delgado y enjuto cuerpo al cruzar el umbral de la gran puerta, semejante a unas enormes fauces abiertas que esperaran su presa. Paseó la mirada entre las tinieblas del interior, suspicaz. Empezaban a retirarse para dejar paso a la luz de aquél sol extraño y frío, lo que acentuaba la sensación de abandono.
Alrededor y detrás del emisario, su guardia de honor formada por diez guerreros de la casta del fuego avanzaba en perfecto orden. El shas’ui de la unidad levantó ligeramente la mano y la escuadra al completo se detuvo cuando estuvieron en posición. Ni siquiera aquél despliegue de fuerza sirvió para evitar que un miedo instintivo y visceral se apoderara de su ser y amenazara con arrinconar todo atisbo del ser racional que era.
“El Bien Supremo está en mí – recitó –. Mi vida y mi ser entregaré gustoso por su luz, y para que todos los seres del universo que moran en la oscuridad de su ignorancia puedan sentir su dicha.”
El mantra apaciguó sus ánimos. Él no era un guerrero. Formaba parte de la noble casta del agua, y sus campos de batalla eran las salas de reuniones y juntas de las naves y palacios alienígenas. Era normal, se dijo, que sintiera miedo frente al peligro inminente. Se reconfortó pensando que contribuía con aquél humilde acto a la expansión de la tercera esfera y del Bien Supremo. Nada malo podía ocurrir mientras llevara la luz en su corazón a aquellos que no la tenían.
El ronroneo hidráulico de los servomotores lo sacó de sus reflexiones. A su alrededor los guerreros del fuego levantaron sus armas, listos para reaccionar a la menor amenaza, pero sin parecer amenazantes. El Emisario asintió, satisfecho. Habían sido bien adiestrados.
Las figuras de seis enormes guerreros acorazados surgieron de la oscuridad. Sus armaduras, pese a ser meras antiguallas que no tenían punto de comparación con los nuevos prototipos que desarrollaba la casta de la tierra en los mundos del creciente imperio tau, poseían una aura de poder y fuerza primordial que ningún nuevo modelo de última generación desarrollado por los mejores ingenieros habría sido capaz de igualar. Entre ellos se deslizaban las siluetas de dos enormes lobos que no apartaban sus ojos amarillos de los recién llegados. En sus miradas se apreciaba el brillo de la inteligencia fría y calculadora del cazador.
Uno de los gigantes avanzó un paso, colocándose al frente de sus compañeros. El emisario lo reconoció de inmediato gracias a los informes de los exploradores y las imágenes tomadas desde la órbita; era el mismísimo señor lobo Argheron Colmillohielo. Cubría su armadura con la piel de un gran lobo, como los que se movían a sus pies, una especie endémica de Fenris, confiriéndole un tamaño, si cabe, mayor que el de sus compañeros. Su rostro, de un tosco y primitivo aspecto, estaba surcado por una miríada de arrugas y cicatrices que se confundían unas con otras, haciendo imposible saber dónde empezaban unas y terminaban las otras.
Sobreponiéndose al instintivo impulso de salir corriendo, el emisario se recordó a sí mismo lo que había ido a hacer allí y levantó la mano derechas en señal de paz; con la palma hacia adelante y los dedos rectos y juntos.
– Que el bien supremo os ilumine, señor lobo Argheron Colmillohielo – el gutural idioma de aquellos barbaros era como respirar arena en comparación con la fluida y melodiosa lengua de su raza y la de sus aliados eldars-. Mi nombre es Por’El Dal’Yth M’Yen Kauyon J’Kaara Fio, que en vuestra lengua significa “Heraldo del Clan Paciente, espiri…”
– Di lo que haya venido a decir y desaparece de mi vista, xenos – la retumbante voz del alienígena lo sobresaltó y dio un respingo.
Había olvidado lo toscos e impacientes que podían ser los humanos. Dedicarle un saludo de honor quizás sólo había conseguido agravar la situación y ponerle más nervioso.
– Acudo ante vos en representación del venerado etéreo Aun’Seal Mont’Yr, señor de la hueste y guía de los nobles y bravos guerreros del fuego – hizo una pequeña pausa y dejó que todos los matices de sus palabras cuajaran en el subconsciente del astartes. Todas las amenazas, promesas, esperanzas e ilusiones. Había sido educado desde su niñez en el arte de la retórica y la sugestión. Para saber apreciar cada ínfima sutileza y cada posible significado de cada palabra pronunciada o no por su interlocutor. Cuando consideró que el silencio había hablado suficiente, prosiguió-. En su nombre y en le de Idranael, vidente comandante de las huestes eldars, os ofrezco un armisticio.
El gigantesco lobo espacial permaneció silencioso e inmóvil. El tau cató aquél silencio como un experto paladea los jugos fermentados, y extrajo todas las aromas y sabores que lo conformaban; el astartes sabía que su única esperanza era la negociación, y esperaba ansioso que Por’El expusiera sus condiciones. Y así lo hizo.
– El venerable Aun’Seal Mont’Yr os invita a que abracéis el Bien Supremo y depositéis vuestras armas a sus pies en señal de buena fe y de vuestra conversión a la luz de nuestra noble causa. A cambio, y en reconocimiento por vuestra bravura en combate, os ofrece el honor de servir en su guardia pers…
El parlamento se vio interrumpido cuando, a una imperceptible señal del señor lobo, uno de los inmensos lobos fenrisianos se abalanzó sobre el shas’ui de la escuadra con un furioso rugido de satisfacción. Pillados por sorpresa, los otros nueve guerreros del fuego no reaccionaron en el primer instante, dándole tiempo al lobo de desgarrarle la garganta al desdichado tau.
Como uno solo levantaron sus rifles de inducción y apuntaron a la bestia, pero no pudieron disparar. Los guardias del lobo cayeron sobre ellos como una tempestad de garras y martillos. En apenas dos segundos el emisario de la casta del agua se halló solo y rodeado por los cadáveres de su guardia de honor. Los lobos espaciales, cubiertos con la sangre de los suyos, le lanzaron amenazadoras y desafiantes miradas, pero no hicieron amago de atacarlo.
Argheron, el único que no se había movido durante la refriega, desenvainó una tremenda hacha de combate con movimientos lentos y medidos que destilaban poder y disciplina marcial. Comprobó el fil, largo como un brazo del tau paralizado por el miedo y la incertidumbre que lo contemplaba, musitando entre dientes mantras al Bien Supremo, y sin apartar la vista del arma, dijo:
– Esta es Témpano – pulsó una runa situada en el mango y la magnífica hacha emitió un suave ronroneo cuando el potente generador imbuyó la hoja de energía voltáica, confiriéndole una luminosidad azulada, fría como el hielo-. Perteneció a Hrothgar Rompeyunques, señor lobo de esta gran compañía antes que yo – su mirada se perdió entre los arcos de energía pura que zumbaban a lo largo del filo y su voz adquirió un matiz ronco, como el del escaldo que narra el fin de una saga-. Entregármela fue lo último que hizo en vida. Sus heridas eran tan graves que ni siquiera pudo ser confinado en el sarcófago de un deradnought – su mirada se apartó del arma y se clavó en el tau, que se estremeció de pánico-. Si tu amo quiere nuestras armas, que venga a por ellas.

A lo lejos el emisario tau corría sobre la blanca planicie hacia el ejército que aguardaba al otro lado. El transporte en el que había llegado junto con su guardia había quedado abandonado y olvidado a las puertas del manufactorum. La total falta de habilidad en su manejo hacía que fuera poco más que un artilugio carísimo e inútil en manos del diplomático tau del agua.
Argheron Colmillohielo apartó la mirada del xenos que luchaba por llegar hasta los suyos y no morir congelado en el intento, y se volvió hacia el interior del oscuro y cavernoso edificio donde aguardaban sus guerreros.
Apenas dos manadas de cazadores grises, un puñado de alocados garras sangrientas, su propia guardia personal y un guerrero solitario en busca de honor y gloria eran todo lo que quedaba de la grandiosa fuerza de combate que había acudido a defender el planeta de la invasión xenos. Sin contar, por supuesto, con sus dos leales compañeros; auténticos lobos de las estepas fenrisianas. Los había rescatado de morir de frío siendo apenas unos cachorros, en una misión de reconocimiento para expulsar unos orkos del planeta. La madre de los lobeznos había luchado con bravura junto a los guerreros del Colmillo, y había muerto a causa de sus heridas. De aquello hacía ya tres décadas, y los lobeznos habían demostrado ser bestias tan nobles y poderosas como la loba que los engendró. Argheron acarició la cabeza del lobo que había matado al xenos y ambos se miraron a los ojos mientras su hermano frotaba su hocico contra el ensangrentado cuello, mostrando su afecto y respeto.
El señor lobo levantó la mirada hacia sus hombres una vez más. Una punzada de orgullo hizo que sus dos corazones latieran más rápido al contemplar a sus soberbios hermanos de armas, impertérritos. Sabían que la muerte los acechaba. Podían oler su agridulce hedor en el aire congelado del antiguo manufactorum. Y no podían más que sonreír ferozmente ante la perspectiva de salir a buscarla.
Argheron los conocía a todos y cada uno. Había luchado junto a ellos en innumerables campos de batalla, y habían compartido las mieles de la victoria y la derrota por igual. Les habría confiado sin dudarlo su propia vida a cualquiera de ellos.
El intenso silencio se propagó unos instantes más. No esperaban palabras de ánimo. No las necesitaban. Entre lobos no hay necesidad de perder el tiempo hablando.
Lentamente se dio la vuelta hacia la salida y en menos de un instante sus acorazadas botas no fueron las únicas en resonar por el lóbrego edificio.
La gélida luz del nuevo día iluminó sus armaduras, maltrechas por la larga y cruenta campaña. El señor lobo se detuvo y sus hermanos se dispusieron a su alrededor, con la vista fija en las fantasmales figuras al otro lado del páramo.
Argheron dejó escapar una vaharada de vapor entre sus curtidos labios y cerró los ojos mientras cambiaba el peso de una pierna a la otra, notando como la nieve crujía bajo su enorme peso. Por un momento se permitió el lujo de soñar con su hogar por última vez. Fenris. El sabor amargo del recuerdo le supo como la mejor cerveza de las bodegas del Colmillo.
Una fantasmal voz resonó en su cabeza, metiéndose en los entresijos de su mente e imponiéndose al ulular del viento. Supo con toda certeza que se trataba del vidente que comandaba a los xenos eldars.
<<Ríndete, lobo. No tenéis por que morir aquí, de este modo.>>
Argheron rugió, expulsando aquella presencia de su cabeza. Se adelantó un paso, hinchiendo los pulmones y gritó:
– ¡Hermanos! – incluso el mismísimo viento pareció detenerse para escuchar lo que el guerrero tenía qué decir-. ¡Russ nos espera en sus salones para festejar la gloria de los hijos de Fenris! – tras él, los guerreros se removían, impacientes por lanzarse sobre sus enemigos-. ¡Y yo os digo que hagamos que espere un poco más!
Un rugido atronado resonó a decenas de leguas por encima del llano páramo, y los guerreros xenos que aguardaban tras sus líneas defensivas sintieron el ancestral terror que toda presa siente frente a su depredador.
La tempestad de proyectiles se desató sobre los lobos cuando su última marcha dio comienzo.
Sabían que no quedaba esperanza. Sabían que aquél lejano planeta helado, tan parecido y tan distinto a su amado Fenris, sería su tumba. Sabían que las últimas naves imperiales se retiraban de la órbita y ningún escaldo ni bardo cantaría jamás sus hazañas en los salones del Colmillo.
Pero no importaba.
Corrieron impulsados por la fuerza el guerrero que alberga una noble causa en su corazón. Aullaron por sus hermanos caídos y por ellos mismos.
Y murieron como héroes, reclamando su lugar entre las leyendas.

*Informe de la barcaza de batalla Vindicatum de la guardia imperial. Capitán: Starken Kell*
Retaguardia de la retirada imperial.
Los sensores detectaron el 1.12.998.41, a las 15:04:32 hora imperial estándar, la acción última de los restos de la gran compañía de Argheron Colmillohielo.
Al carecer de artillería pesada o armas de largo alcance, así como de transportes blindados, los guerreros se vieron obligados a cruzar los 267,62 metros que les separaban de las líneas enemigas a pie.
Sometidos a la intensa lluvia de artillería, sólo un soldado equipado con retropropulsores y un guerrero solitario lograron llegar con vida hasta su objetivo.
El señor lobo Argheron Colmillohielo cayó a apenas 3,2 metros de la línea enemiga tras recibir barias andanadas de disparos de dos escuadras de guerreros del fuego.
Cabe destacar que el dreadnought Jaguernouth Jinetedelobo, que transportábamos de vuelta a la base, perteneciente a la gran compañía del propio Argheron, entró en un estado de demencia imposible de aplacar, causando daños serios a las instalaciones del sepulcro de la nave. Los tecnosacerdotes, tras un exaustivo exámen y pronunciar las letanías y alabanzas al espíritu de la máquina, dijeron que el guerrero confinado es su interior estaba furioso y reclamaba su derecho a luchar junto a sus hermanos.
Siguiendo sus indicaciones y eximiéndonos de toda culpa o responsabilidad total o parcial a todos los tripulantes de la nave Vindicatum, lo embarcamos en una cápsula de asalto orbital y lo lanzamos sobre la superficie, dónde halló su trágico, aunque inevitable final a manos del demonio al que los xenos eldars llaman avatar.
[catalogación.demonio.immaterium.xenos,eldars.maximapriodias.destrucción.]
Cabe destacar también la actuación del guerrero solitario, uno de los únicos efectivos que llegó a entrar en contacto con el enemigo, y que acabó él solo con una hueste de diez guerreros. [catalogación.vengadoresimplacables.xenos.eldar.exterminatus]
El mismo guerrero fue posteriormente capturado y llevado con vida a las naves xenos. Se desconocen su suerte y su destino.
*Fin del informe*
Capitán de la barcaza de batalla Vindicatum de la guardia imperial, Starken Kell.

No ha mucho tiempo, que en un castillo abandonado…

Estándar

medieval_black_dragon_by_damian97-d4sr7dm

…habitaba un antiguo dragón que medía el valor de sus tesoros, no por el oro que pudieran ofrecerle, sino por la sabiduría y los secretos que ocultaban.

Un día de verano, un solitario y agotado viajero llegó a las puertas del castillo. El dragón, curioso, salió a conocer al recién llegado.

-Buen hombre- dijo le -, ¿es que acaso acudís a mi en busca de riqueza?

-No, noble dragón- terció el viajero.

-¿En busca de secretos, pues?

-Tampoco es este mi deseo, gran dragón.

-¿Qué es lo que deseáis pues de mi, viajero?

-Tan sólo las historias que guardáis, buen dragón.

-¿Y que tenéis a cambio que ofrecerme para que me desprenda de mis queridos tesoros?

-Nada, me temo, que pueda ser de vuestro interés, sabio dragón.

-Entonces no perdáis vuestro tiempo ni hagáis que yo pierda el mio, viajero, y seguid vuestro camino.

Pero antes de que el dragón pudiera entrar de nuevo en su castillo, el hombre alzó una mano.

-Sin embargo, noble dragón, tengo algo que tenemos todos, y que nadie como vos podrá apreciar.

-¿Qué es pues, eso que tenemos todos y que me ofrecéis?

-Mi propia historia.

El dragón, molesto por tal pretensión, bufó, haciendo que una nube de humo negro y espeso escapara de sus fauces.

-¿Y qué os hace suponer que vuestra historia es de interés a alguien que ha vivido cientos de miles de ellas, y que le quedan otras tantas por vivir?

El viajero sonrió.

-Lo mismo que un buscador de perlas no se cansa de abrir ostras, pese a poseer incontables esferas de nácar. Cada una de ellas, por muchas que tenga en su haber, es única y perfecta en su imperfecta singularidad.

El anciano dragón meditó aquellas palabras.

-Sabio sois para un ser de tan corta vida. En compensación por ello, os permito que vengáis cada luna nueva y yo os obsequiaré con nuevas historias y saberes a cambio de lo que tengáis a bien contarme. Así pues, pasad y sed bienvenido a la biblioteca del dragón.

Bibliografia imagen: http://fc02.deviantart.net/fs70/i/2012/073/2/3/medieval_black_dragon_by_damian97-d4sr7dm.jpg