Archivo de la categoría: Frikadas

Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma lo tiene chungo

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Cerca de donde vivo hay una colina. Es suave, apenas una elevación cubierta de un manto verde. Nada del otro mundo.

Lo que la hace verdaderamente especial es que en la cima, casi como un árbol más, se alza un edificio sencillo de paredes blancas y techo ocre. Lo descubrí un día mientras paseaba por un parque, y me quedé mirándolo un buen rato, embobado. No se adivinaba carretera alguna que condujera hasta el lugar, y la sensación de abandono y simpleza que poseía invitaba a quedarse al margen. Como si estuviera allí simplemente por el sólo hecho de estar.

Había un pintor, Paul Cézanne, que durante una etapa de su vida pintó en todos sus cuadros la misma montaña; la Sainte-Victoire. No he leído en ningún sitio si fue a ella en algún momento de su vida. Quizás prefirió dejarla intacta de él mismo, que fuera parte al mismo tiempo de la realidad y la imaginación.

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O al menos es lo que me ocurre a mi con el palacio de la colina. Podría buscar la manera y llegar hasta allí, eso seguro, pero algo en mí se revela ante esa idea. Todos tenemos ese sitio al que nos retiramos unos instantes, o días, del mundo real. Pero tener ese sitio que está y no está en este mundo es algo difícil de explicar. Cómo si pudieras abrir la puerta de la realidad en cualquier momento y escapar de ella para siempre.

No es un lugar que se escoja, ni que nos resulte familiar o conocido. Ni siquiera tiene por que ser agradable o bello. Basta con que sea un sitio que, sólo con verlo, haga que el mundo sea un lugar en el que nos apetezca quedarnos un minuto más.

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Cuentos de princesas que viven en sus mundos de yupi

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¿Han oído la expresión “lanzada a moro muerto”? Yo la leí el otro día en un artículo de Arturo Perez-Reverte. Viene de cuando las guerras entre moros y cristianos, cuando las batallas eran a espada y puñal. Pues bien, como es normal, metido uno en estos follones, algunos se quedaban al margen, gritando mucho o intentando pasar desapercibido. Luego, cuando la cosa ya estaba cuello abajo, buscaban un moro (o cristiano, tanto daba) muerto o moribundo, y rebañaban sus armas en la sangre. Entonces, cuando el general de turno pasaba revista, podían estar tranquilos mientras exhibían su espada manchada.

El caso es que, estando yo pensando en esto, en las noticias salió el caso de la infanta (está muy de moda), que parece que vuelve a ser la pobre dama en apuros en el choriceo que, todo el que puede, ejerce tan dignamente en este imperio de pandereta. No han faltado las cuatro voces de rigor que han pedido su imputación, ni tampoco el ministro (el de las gafas, la calva y la demagogia de manual) que le pide disculpas por confundir su número de DNI en no sé qué declaración de hacienda (equivócate tú en la declaración de la renta y te enteras de lo que vale un peine, un secador, y el armario entero). Luego, y para que la plebe no se revolucione demasiado, bombardean la caja boba con Gibraltar, futbol, y los catalanes, que somos tan malos como la quina, y sólo queremos fragmentar España patria querida. ¡Que pena!

Viendo las autoridades  que esto no acaba de funcionar como esperaban, seguimos lanzando a moro muerto: Urgandarín pasa a ser lo peor que le puede pasar al país después de Millet. Porque el señor esposo de la infanta, en su crueldad inconcebible, se aprovechó de la imbecilidad que parece afectar a su mujer, y le hizo firmar unos papeles sin que esta se diera cuenta de qué firmaba. Pobrecita ella, y pobrecito él que lo mandan a Qatar con un trabajo de trescientos mil al año.

Aún así, y ya no se si por suerte o cabezonería, siguen sin faltar las voces a las que no les convence eso de que la posible heredera al trono de un país esté en menor posesión de sus facultades mentales que un puñado de octogenarios a los que el banco hizo firmar ciertos contratos por los que perdieron todos los ahorros de su vida cuando el marrón inmobiliario estalló. Que esa es otra. Así que volvemos a imputarla. Y, como el pez que no deja de dar vueltas en su pecera (Oh, un cofre. Oh, un cofre. Oh, un cofre. Oh, un cofre…), la culpa vuelve a ser del señor esposo, y la casa real pide que se aligere el caso para no alargar el sufrimiento de la familia.

Es en este punto cuando me pregunto en qué momento se permitió que un tío que cree que la educación es prescindible esté al frente de un país, y otro que mata elefantes por deporte mientras su mujer escribe al zoo para que  amplíen las instalaciones del paquidermo inquilino, siga en el trono.

A todo eso, lo que me sorprende de verdad es que para encontrar princesitas que tienen más tontería que sesera, no hace falta abrir ningún cuento para niños.

Alas a cuerda

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Harry Potter me gustó como al que más cuando lo leí por primera vez, y algo que me llamó particularmente la atención fue la pequeña snitch dorada que usaban en el quidditch. Una de las pasiones de mi vida, la joyería, me permitió reinterpretarla a mi manera y hacer mio algo que sólo aparecía en los libros.

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Para cargar, primero esperar

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Cuando te enteras que las escenas de películas y libros que te hicieron sentir en la piel todo el significado de la palabra “épica” son meras invenciones modernas, la sensación es algo así como la del globo que se deshincha. A mi me pasó ayer, cuando un amigo (el mismo que el de las galaxias expandidas) me pasó un blog en el que se explicaba la realidad de las cargas de caballería.

No se ustedes, pero yo, la escena en la que los rohirrim cargan contra las hordas de Mordor para auxiliar Minas Tirith, es algo que, opino, debería pasar a la historia del cine.

Aquí se la dejo http://www.youtube.com/watch?v=3dv1XyMP2SE

Luego averiguas que los pobres caballos de los jinetes de Rohan, cansados como debían estar tras la marcha de tres días para llegar allí, habrían servido para nada y menos tras la carga. Así que la carga épica de caballería no existe. Y los orcos tampoco.

Aquí les dejo el blog en cuestión para que los amantes de la épica nos deshinchemos http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2014/01/mitos-y-leyendas-las-cargas-de.html

“La vida es como un columpio. Cuando pones los pies en el suelo se acaba la diversión.” Mafalda

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La pelirroja y el calvo

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Un buen amigo me ha dado la idea hoy de recuperar un clásico de la acción / ciencia ficción /comedia del cine francés que le da vidilla al cine americano. Hecha en los tiempos en los que la presencia de ordenadores era más bien escasa en la gran pantalla (1997), pero sin caer en el platillo volante que cuelga del hilo sobre fondo negro con puntitos, tirando de maquillaje y disfraces, brilla por la simpleza de guión, las escasez de giros retorcidos y los personajes que a veces rozan lo absurdo.

Lejos de ser la típica película americana de marcianos que cabría esperar, la presencia francesa le da ese toque fresco que lo convierte en un clásico automático salvándola de la tontería de los aliens tomados a risa (como han hecho los creadores de Los amos del barrio, mírala una vez, ríete con el culocacapedopis, y si te he visto no me acuerdo).

Mantiene el misterio desde el primer momento; una nave extraterrestre explota cerca de la órbita terrestre y los investigadores sólo recuperan una mano de aspecto metálico y poco práctica, que se disponen a clonar merced a las nuevas tecnologías (y vaya con las nuevas tecnologías…).

Dejando de lado los aspectos más inmediatos, el film nos presenta momentos de todo tipo. Serios y trascendentales; Jovovich, en su papel más tierno e inocente de damisela en apuros que reparte leches como panes, se pregunta qué vale la pena salvar de la Tierra, acuciada por un sacerdote procedente de una orden que lleva la tira de tiempo guardando la llave de la cámara de los elementos. O incluso en el otro extremo, en lo purameunte absurde francés que tanto nos tira, con el personaje de Chris Tucker, Ruby Rhod, un talk-show afeminado (¿parodia? ¿¡Donde!?) que tiene su escala de verdes para clasificar la calidad de algo.

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En general, pues, un título obligado a los amantes de la ciencia ficción.

Ases de llave y corazón

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En 1923 Walt Disney fundaba The Walt Disney Company, y en el 37 realizaba el que sería el primero de muchos largometrajes propios, Blancanieves y los siete enanitos.

Algo más próximos en el tiempo, en 1987 salía el primer juego de Final Fantasy, una franquicia que incluso a día de hoy es un referente en lo que se refiera a juegos RPG.

Hasta aquí todo bien. Pero entonces alguien (no se quien) decidió que si cogía a uno y otro, los metía en un mismo sitio y agitaba, algo bueno saldría. Imagino que al principio, cuando presentó la idea, debió de parecer algo así como mezclar nocilla y fuet. “From lost to the river” imagino que pensó el directivo que dio el okey (y lo traduzco al inglés porque todo directivo que se precie piensa en inglés).

Pero no. Funcionó. Y caray si funcionó.

Yo tenía mis reservas. Pero a medida que conocía los mundos por los que se movían Sora, Donald y Goofy, y al vivir la profunda e interesante historia que escondía detrás, me cautivó.  No era el refrito de clásicos Disney y personajes de los Final Fantasy más conocidos que me esperaba.

Después de darle muchas vueltas, llego a la conclusión de que la autentica genialidad del juego es haberlo dirigido a la gente que crecimos con Disney y Final Fantasy al mismo tiempo. La trama, al dividirse por mundos que visitas a medida que avanza el juego, y de un modo casi libre, puede centrarse en cada personaje y su universo. Luchas junto a Tarzan, o incluso Jack Skelleton siendo un chico de peinado psicodélico y ropas chillonas llenas de cremalleras inservibles (genial). Y eso hace que te sientas parte de las historias que te marcaron cuando eras poco más que un crío que creía saberlo todo.

Y el final, lejos de ser el pastelón que podrías esperar, simplemente te deja con ganas de más. Cuando lo acabamos con un buen amigo mío, alguna lagrimilla cayó. Después, al cabo de unos años, cuando lo recuperas del estante y vuelves a vivir la historia, como ocurre con los buenos libros, sientes de nuevo esas sensaciones que te cautivaron la primera vez.

Así que, y como conclusión, lo calificaría como uno de los mejores juegos que se han hecho de una de las ideas más disparatadas.

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Cuestión de prioridades

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Hace unos años un amigo expuso una cuestión de interés filosofico-astrofísico en un blog, y hoy me propongo plantearla aquí.

En él hablaba del universo. De como se expande constantemente gracias a la singularidad que es el Big Bang (no a la serie, al loro), y como usan telescopios y pollas (según él también las usan) para ver los colores de las galaxias más lejanas. Como un globo que se hincha.

Entonces, y he ahí la pregunta que planteaba mi amigo, si el universo es cada vez más enorme, ¿por qué cada día es más difícil encontrar sitio para aparcar?

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Luchar contra molinos de viento

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En 1986 salía a la venta uno de tantos otros juegos de videoconsola. El título; La leyenda de Zelda. En realidad, parecía uno de tantos; chico busca chica. A la chica la secuestra el malo, que por cierto, quiere dominar/destruir el mundo (lo nunca visto). Chico lucha contra malo. Chico rescata chica. Fin.

Y sin embargo algo tenía. Algo que caracteriza las grandes historias y las hace perdurar en el tiempo. Quizás si lo comparo con la Ilíada o la Odisea, o incluso con el Quijote, esté mezclando peras con manzanas. Pero este tipo de juegos siempre me han gustado, no sólo por su jugabilidad o los gráficos (pasa lo mismo que con los efectos especiales de las películas; no son sinónimo de calidad), sino sobretodo por la historia.

Y es que al fin y al cabo un videojuego de aventuras no deja de ser otra manera de contar una historia. La diferencia radica, pienso, en la posibilidad de hacerte tuya la aventura. No se puede describir el nerviosismo que sientes antes de vértelas cara a cara con el gran villano, para lo que te has estado preparando durante días. Porque tú luchas contra él. Tú le plantas cara. No el Brad Pit de turno, sino tú.

Eso puede parecer ridículo para alguien que no lo haya experimentado. Incluso infantil. Pero es que en el fondo se trata de eso, de volver a jugar como cuando eramos críos y una caja de cartón era una fortaleza hasta los topes de playmobils malos (pero sólo si les faltaban las pelucas o estaban pintados. Si estaban enteros y eran normalitos podían ser civiles, y gracias).

Pues bien, fue gracias a ese primer título que dio paso a muchos otros, que yo descubrí en 1998,  el primer juego de la saga en cartucho para la Nintendo 64 (ya no las hacen como la 64), el llamado Ocarina del tiempo. Y allí fue dónde descubrí ese “algo” que tienen también el Quijote o Harry Potter. Y que a día de hoy sigo sin saber como describirlo.

Aunque, pensándolo bien, también es bonito que sigan habiendo cosas que no podamos explicar, aunque sea por el despecho infantil de seguir creyendo en dragones.

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La última marcha del lobo

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Crónicas de Argheron Colmillohielo

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La ofensiva combinada de tau y eldars había conseguido expulsar a los imperiales del planeta Valhalla, y los últimos reductos de resistencia daban los últimos coletazos en agónicos estertores, esperando un milagroso rescate.
Algunos, necios e ingenuos que no habían visto ni verían más batallas, aún alzaban plegarias al emperador, rogando para que les concediera la salvación. Pero en el fondo de sus corazones la verdad yacía como un fragmento de hielo seco de las tundras valhallianas, quemándolos hasta que poco quedaba de los hombres que fueron.
Sólo los guerreros de Fenris, gigantes entre hombres, impertérritos ante el peligro, eran capaces de marcar la diferencia entre el oscuro abismo de locura y un último bastión de honor y deber ante el aciago destino que les había tocado vivir.
El señor lobo Argheron Colmillohielo y lo que quedaba de su gran compañía se habían visto obligados a retirarse tras los muros de un viejo manufactorum, en mitad de un árido y desolado páramo.

El emisario y su guardia llegaron poco después del amanecer.
Los gargantuescos muros de ferrocemento del manufactorum se alzaban, desafiantes, como un monumento olvidado a un tiempo pretérito. Y aunque se encontraba en evidente estado de abandono y deterioro, y poseía un diseño y una arquitectura recargada, achaparrada y tosca, infundía un aura de poder y presencia imposible de ignorar. Como una bestia que se halla al fin de sus días, pero sigue siendo tan terrible e imponente como en su juventud.
El ambiente en su interior era, si cabe, tan gélido como en el páramo que rodeaba el edificio. Y no se veía ni un alma. Pese a las vestimentas térmicas y los sistemas integrados de calefacción que recorrían las fibras sintéticas del traje, el recién llegado sintió un escalofrío recorriendo su delgado y enjuto cuerpo al cruzar el umbral de la gran puerta, semejante a unas enormes fauces abiertas que esperaran su presa. Paseó la mirada entre las tinieblas del interior, suspicaz. Empezaban a retirarse para dejar paso a la luz de aquél sol extraño y frío, lo que acentuaba la sensación de abandono.
Alrededor y detrás del emisario, su guardia de honor formada por diez guerreros de la casta del fuego avanzaba en perfecto orden. El shas’ui de la unidad levantó ligeramente la mano y la escuadra al completo se detuvo cuando estuvieron en posición. Ni siquiera aquél despliegue de fuerza sirvió para evitar que un miedo instintivo y visceral se apoderara de su ser y amenazara con arrinconar todo atisbo del ser racional que era.
“El Bien Supremo está en mí – recitó –. Mi vida y mi ser entregaré gustoso por su luz, y para que todos los seres del universo que moran en la oscuridad de su ignorancia puedan sentir su dicha.”
El mantra apaciguó sus ánimos. Él no era un guerrero. Formaba parte de la noble casta del agua, y sus campos de batalla eran las salas de reuniones y juntas de las naves y palacios alienígenas. Era normal, se dijo, que sintiera miedo frente al peligro inminente. Se reconfortó pensando que contribuía con aquél humilde acto a la expansión de la tercera esfera y del Bien Supremo. Nada malo podía ocurrir mientras llevara la luz en su corazón a aquellos que no la tenían.
El ronroneo hidráulico de los servomotores lo sacó de sus reflexiones. A su alrededor los guerreros del fuego levantaron sus armas, listos para reaccionar a la menor amenaza, pero sin parecer amenazantes. El Emisario asintió, satisfecho. Habían sido bien adiestrados.
Las figuras de seis enormes guerreros acorazados surgieron de la oscuridad. Sus armaduras, pese a ser meras antiguallas que no tenían punto de comparación con los nuevos prototipos que desarrollaba la casta de la tierra en los mundos del creciente imperio tau, poseían una aura de poder y fuerza primordial que ningún nuevo modelo de última generación desarrollado por los mejores ingenieros habría sido capaz de igualar. Entre ellos se deslizaban las siluetas de dos enormes lobos que no apartaban sus ojos amarillos de los recién llegados. En sus miradas se apreciaba el brillo de la inteligencia fría y calculadora del cazador.
Uno de los gigantes avanzó un paso, colocándose al frente de sus compañeros. El emisario lo reconoció de inmediato gracias a los informes de los exploradores y las imágenes tomadas desde la órbita; era el mismísimo señor lobo Argheron Colmillohielo. Cubría su armadura con la piel de un gran lobo, como los que se movían a sus pies, una especie endémica de Fenris, confiriéndole un tamaño, si cabe, mayor que el de sus compañeros. Su rostro, de un tosco y primitivo aspecto, estaba surcado por una miríada de arrugas y cicatrices que se confundían unas con otras, haciendo imposible saber dónde empezaban unas y terminaban las otras.
Sobreponiéndose al instintivo impulso de salir corriendo, el emisario se recordó a sí mismo lo que había ido a hacer allí y levantó la mano derechas en señal de paz; con la palma hacia adelante y los dedos rectos y juntos.
– Que el bien supremo os ilumine, señor lobo Argheron Colmillohielo – el gutural idioma de aquellos barbaros era como respirar arena en comparación con la fluida y melodiosa lengua de su raza y la de sus aliados eldars-. Mi nombre es Por’El Dal’Yth M’Yen Kauyon J’Kaara Fio, que en vuestra lengua significa “Heraldo del Clan Paciente, espiri…”
– Di lo que haya venido a decir y desaparece de mi vista, xenos – la retumbante voz del alienígena lo sobresaltó y dio un respingo.
Había olvidado lo toscos e impacientes que podían ser los humanos. Dedicarle un saludo de honor quizás sólo había conseguido agravar la situación y ponerle más nervioso.
– Acudo ante vos en representación del venerado etéreo Aun’Seal Mont’Yr, señor de la hueste y guía de los nobles y bravos guerreros del fuego – hizo una pequeña pausa y dejó que todos los matices de sus palabras cuajaran en el subconsciente del astartes. Todas las amenazas, promesas, esperanzas e ilusiones. Había sido educado desde su niñez en el arte de la retórica y la sugestión. Para saber apreciar cada ínfima sutileza y cada posible significado de cada palabra pronunciada o no por su interlocutor. Cuando consideró que el silencio había hablado suficiente, prosiguió-. En su nombre y en le de Idranael, vidente comandante de las huestes eldars, os ofrezco un armisticio.
El gigantesco lobo espacial permaneció silencioso e inmóvil. El tau cató aquél silencio como un experto paladea los jugos fermentados, y extrajo todas las aromas y sabores que lo conformaban; el astartes sabía que su única esperanza era la negociación, y esperaba ansioso que Por’El expusiera sus condiciones. Y así lo hizo.
– El venerable Aun’Seal Mont’Yr os invita a que abracéis el Bien Supremo y depositéis vuestras armas a sus pies en señal de buena fe y de vuestra conversión a la luz de nuestra noble causa. A cambio, y en reconocimiento por vuestra bravura en combate, os ofrece el honor de servir en su guardia pers…
El parlamento se vio interrumpido cuando, a una imperceptible señal del señor lobo, uno de los inmensos lobos fenrisianos se abalanzó sobre el shas’ui de la escuadra con un furioso rugido de satisfacción. Pillados por sorpresa, los otros nueve guerreros del fuego no reaccionaron en el primer instante, dándole tiempo al lobo de desgarrarle la garganta al desdichado tau.
Como uno solo levantaron sus rifles de inducción y apuntaron a la bestia, pero no pudieron disparar. Los guardias del lobo cayeron sobre ellos como una tempestad de garras y martillos. En apenas dos segundos el emisario de la casta del agua se halló solo y rodeado por los cadáveres de su guardia de honor. Los lobos espaciales, cubiertos con la sangre de los suyos, le lanzaron amenazadoras y desafiantes miradas, pero no hicieron amago de atacarlo.
Argheron, el único que no se había movido durante la refriega, desenvainó una tremenda hacha de combate con movimientos lentos y medidos que destilaban poder y disciplina marcial. Comprobó el fil, largo como un brazo del tau paralizado por el miedo y la incertidumbre que lo contemplaba, musitando entre dientes mantras al Bien Supremo, y sin apartar la vista del arma, dijo:
– Esta es Témpano – pulsó una runa situada en el mango y la magnífica hacha emitió un suave ronroneo cuando el potente generador imbuyó la hoja de energía voltáica, confiriéndole una luminosidad azulada, fría como el hielo-. Perteneció a Hrothgar Rompeyunques, señor lobo de esta gran compañía antes que yo – su mirada se perdió entre los arcos de energía pura que zumbaban a lo largo del filo y su voz adquirió un matiz ronco, como el del escaldo que narra el fin de una saga-. Entregármela fue lo último que hizo en vida. Sus heridas eran tan graves que ni siquiera pudo ser confinado en el sarcófago de un deradnought – su mirada se apartó del arma y se clavó en el tau, que se estremeció de pánico-. Si tu amo quiere nuestras armas, que venga a por ellas.

A lo lejos el emisario tau corría sobre la blanca planicie hacia el ejército que aguardaba al otro lado. El transporte en el que había llegado junto con su guardia había quedado abandonado y olvidado a las puertas del manufactorum. La total falta de habilidad en su manejo hacía que fuera poco más que un artilugio carísimo e inútil en manos del diplomático tau del agua.
Argheron Colmillohielo apartó la mirada del xenos que luchaba por llegar hasta los suyos y no morir congelado en el intento, y se volvió hacia el interior del oscuro y cavernoso edificio donde aguardaban sus guerreros.
Apenas dos manadas de cazadores grises, un puñado de alocados garras sangrientas, su propia guardia personal y un guerrero solitario en busca de honor y gloria eran todo lo que quedaba de la grandiosa fuerza de combate que había acudido a defender el planeta de la invasión xenos. Sin contar, por supuesto, con sus dos leales compañeros; auténticos lobos de las estepas fenrisianas. Los había rescatado de morir de frío siendo apenas unos cachorros, en una misión de reconocimiento para expulsar unos orkos del planeta. La madre de los lobeznos había luchado con bravura junto a los guerreros del Colmillo, y había muerto a causa de sus heridas. De aquello hacía ya tres décadas, y los lobeznos habían demostrado ser bestias tan nobles y poderosas como la loba que los engendró. Argheron acarició la cabeza del lobo que había matado al xenos y ambos se miraron a los ojos mientras su hermano frotaba su hocico contra el ensangrentado cuello, mostrando su afecto y respeto.
El señor lobo levantó la mirada hacia sus hombres una vez más. Una punzada de orgullo hizo que sus dos corazones latieran más rápido al contemplar a sus soberbios hermanos de armas, impertérritos. Sabían que la muerte los acechaba. Podían oler su agridulce hedor en el aire congelado del antiguo manufactorum. Y no podían más que sonreír ferozmente ante la perspectiva de salir a buscarla.
Argheron los conocía a todos y cada uno. Había luchado junto a ellos en innumerables campos de batalla, y habían compartido las mieles de la victoria y la derrota por igual. Les habría confiado sin dudarlo su propia vida a cualquiera de ellos.
El intenso silencio se propagó unos instantes más. No esperaban palabras de ánimo. No las necesitaban. Entre lobos no hay necesidad de perder el tiempo hablando.
Lentamente se dio la vuelta hacia la salida y en menos de un instante sus acorazadas botas no fueron las únicas en resonar por el lóbrego edificio.
La gélida luz del nuevo día iluminó sus armaduras, maltrechas por la larga y cruenta campaña. El señor lobo se detuvo y sus hermanos se dispusieron a su alrededor, con la vista fija en las fantasmales figuras al otro lado del páramo.
Argheron dejó escapar una vaharada de vapor entre sus curtidos labios y cerró los ojos mientras cambiaba el peso de una pierna a la otra, notando como la nieve crujía bajo su enorme peso. Por un momento se permitió el lujo de soñar con su hogar por última vez. Fenris. El sabor amargo del recuerdo le supo como la mejor cerveza de las bodegas del Colmillo.
Una fantasmal voz resonó en su cabeza, metiéndose en los entresijos de su mente e imponiéndose al ulular del viento. Supo con toda certeza que se trataba del vidente que comandaba a los xenos eldars.
<<Ríndete, lobo. No tenéis por que morir aquí, de este modo.>>
Argheron rugió, expulsando aquella presencia de su cabeza. Se adelantó un paso, hinchiendo los pulmones y gritó:
– ¡Hermanos! – incluso el mismísimo viento pareció detenerse para escuchar lo que el guerrero tenía qué decir-. ¡Russ nos espera en sus salones para festejar la gloria de los hijos de Fenris! – tras él, los guerreros se removían, impacientes por lanzarse sobre sus enemigos-. ¡Y yo os digo que hagamos que espere un poco más!
Un rugido atronado resonó a decenas de leguas por encima del llano páramo, y los guerreros xenos que aguardaban tras sus líneas defensivas sintieron el ancestral terror que toda presa siente frente a su depredador.
La tempestad de proyectiles se desató sobre los lobos cuando su última marcha dio comienzo.
Sabían que no quedaba esperanza. Sabían que aquél lejano planeta helado, tan parecido y tan distinto a su amado Fenris, sería su tumba. Sabían que las últimas naves imperiales se retiraban de la órbita y ningún escaldo ni bardo cantaría jamás sus hazañas en los salones del Colmillo.
Pero no importaba.
Corrieron impulsados por la fuerza el guerrero que alberga una noble causa en su corazón. Aullaron por sus hermanos caídos y por ellos mismos.
Y murieron como héroes, reclamando su lugar entre las leyendas.

*Informe de la barcaza de batalla Vindicatum de la guardia imperial. Capitán: Starken Kell*
Retaguardia de la retirada imperial.
Los sensores detectaron el 1.12.998.41, a las 15:04:32 hora imperial estándar, la acción última de los restos de la gran compañía de Argheron Colmillohielo.
Al carecer de artillería pesada o armas de largo alcance, así como de transportes blindados, los guerreros se vieron obligados a cruzar los 267,62 metros que les separaban de las líneas enemigas a pie.
Sometidos a la intensa lluvia de artillería, sólo un soldado equipado con retropropulsores y un guerrero solitario lograron llegar con vida hasta su objetivo.
El señor lobo Argheron Colmillohielo cayó a apenas 3,2 metros de la línea enemiga tras recibir barias andanadas de disparos de dos escuadras de guerreros del fuego.
Cabe destacar que el dreadnought Jaguernouth Jinetedelobo, que transportábamos de vuelta a la base, perteneciente a la gran compañía del propio Argheron, entró en un estado de demencia imposible de aplacar, causando daños serios a las instalaciones del sepulcro de la nave. Los tecnosacerdotes, tras un exaustivo exámen y pronunciar las letanías y alabanzas al espíritu de la máquina, dijeron que el guerrero confinado es su interior estaba furioso y reclamaba su derecho a luchar junto a sus hermanos.
Siguiendo sus indicaciones y eximiéndonos de toda culpa o responsabilidad total o parcial a todos los tripulantes de la nave Vindicatum, lo embarcamos en una cápsula de asalto orbital y lo lanzamos sobre la superficie, dónde halló su trágico, aunque inevitable final a manos del demonio al que los xenos eldars llaman avatar.
[catalogación.demonio.immaterium.xenos,eldars.maximapriodias.destrucción.]
Cabe destacar también la actuación del guerrero solitario, uno de los únicos efectivos que llegó a entrar en contacto con el enemigo, y que acabó él solo con una hueste de diez guerreros. [catalogación.vengadoresimplacables.xenos.eldar.exterminatus]
El mismo guerrero fue posteriormente capturado y llevado con vida a las naves xenos. Se desconocen su suerte y su destino.
*Fin del informe*
Capitán de la barcaza de batalla Vindicatum de la guardia imperial, Starken Kell.