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“Chao, Augusto”

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Hoy hace un año murió un buen amigo.

No voy a hablar de él. No le haría justicia.

Pero os dejo algo que escribió para que hable por sí mismo.

Ser paisaje

AGUSTI FANCELLI

Cuando llueve, nos mojamos. Cuando hace frío, tiritamos. Cuando hace calor, nos asamos. Cuando hace viento, acabamos reventados de tanto compensar. De noche, vemos mal. Cuando una carretera atraviesa un naranjal o serpentea entre mimosas, nos perfumamos. Cuando pasa por las proximidades de una industria química, apestamos. Si el camino es polvoriento, comemos polvo. Si es pedregoso, mucho ojo, porque antes o después te va a tocar la china. Oímos muy poco, sólo el aire zumbándonos en los tímpanos. El motor es sólo una vibración –adorable vibración- entre los muslos. Los insectos se estrellan contra nuestras viseras, guantes y chaquetas: ay del imprudente que deje alguna parte de piel al viento, porque ahí es donde más le darán.
Cierto, las nuevas fibras que vestimos-¡san gore-tex bendito!- han aliviado mucho nuestros sufrimientos nos protegen del agua y del frío. Existen además motos con puños y asientos calefactables para combatir las bajas temperaturas. Los faros halógenos iluminan infinitamente más que los de antes y las aerodinámicas de los carenados hacen mucho por nuestra estabilidad cuando a Éolo le da por bailar. Aún así, el primer párrafo sigue siendo válido. No es ya que los motoristas nos identifiquemos con el paisaje, sino que somos ontológicamente paisaje, lo habitamos como difícilmente lo puede habitar ningún otro viajero. El paisaje se moja, se hiela y se reseca. Nosotros también. De noche no se ve. Nosotros tampoco lo vemos.
El precio de ser paisaje es el riesgo. “ El asunto al manejar una moto es que tú manejas el riesgo, así que deja de ser desconocido o de estar en la penumbra”, ha dicho John Berger, veterano motard. Gran verdad. Todos los motoristas compartimos la certeza de que iremos a dar con los huesos en el suelo. Vivimos en permanente equilibrio inestable, de modo que perderlo es algo completamente razonable y lógico. Ahora bien, esta certeza se rodea de algunas incógnitas más o menos angustiosas: no sabemos dónde y cuándo caeremos. No es lo mismo caernos solos que -Dios no lo quiera- tras haber sido golpeados por un coche. No es lo mismo tener espacio para rodar que ser detenidos en seco por uno de esos guadarraíles asesinos que tantas vidas han costado.
Todo esto nos crea una imagen de temerarios sin remedio, de malos oficiales del asfalto. Bueno, nosotros a menudo nos regodeamos en esa imagen. Chupas, cadenas, botas, tatuajes, piercings y cervezas son utileria frecuente del mundillo, pinturas de guerra de muchos rostros pálidos motorizados. Pero en el fondo no somos malas personas. Ocurre que a menudo nos sentimos Peter Pan, nos resistimos a enterrar la adolescencia como gatos panza arriba. Por eso somos profundamente envidiados. “Cuando vas conduciendo, el tiempo entre la decisión y el efecto de esa decisión –y ambos dependen de tu cuerpo- es el más breve posible. Tú decides algo y sucede, y en ese momento estás muy cerca de la libertad existencial”, ha sentenciado Berguer.
No se nos perdona esa libertad indómita.

21hoy626

Viva la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo

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27-febrero-10blog

La religión, como tema polémico donde los haya, lo tiene para largo. A Dios rogando y con el mazo dando, que dicen.

Imaginen la situación. Día lluvioso, de verano sofocante, domingo por la tarde tirando a noche, para ser exactos, y todo cerrado. Sólo una iglesia abierta. Entramos un par de amigos y yo para refugiarnos y guardamos el ritual y respetuoso silencio. Capuchas fuera, quien las lleve, y a entretenerse mirando santos. Entonces se oye un golpe. Alguien grita. Mi amigo, como no, que se ha dado con el pie en un banco (huelga decir que va en chanclas y tiene un uñero que ya dura demasiado). Así que, como es normal en estos casos, se caga en Dios y en la madre que lo parió. Con la mala leche de que el párroco de turno andaba por allí vaya usted a saber haciendo qué.

Total, que sin mucho más que decir, estamos de nuevo bajo la lluvia.

Y la anécdota me ha venido hoy a la cabeza después de ver en la tele que, hace unos días, salía en el periódico una esquela a todos los niños abortados durante el 2013 promulgado por la asociación arriba mentada. Aparte de lo que pueda pensar cada uno del tema, en el momento en el que alguien le dice a otro alguien qué hacer con su vida (no miro a nadie), ese alguien puede ir a tocarse los santos cojones él solito, que por algo Dios le dio un par de manitas.

Citando a Italo Calvino en un artículo en el que se hablaba precisamente de eso, “No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante”.
http://www.mamanatural.com.mx/2013/06/italo-calvino-su-lucida-y-sorprendente-opinion-sobre-el-aborto/

Para hacer algo así, en mi opinión, se necesita responsabilidad moral y entereza. El saber que al ser humano que podría ser no le puedes ofrecer una vida digna, y que no se está en las condiciones mentales y económicas para educar y formar a una persona, es muy duro.

Así que, y citando esta vez a la Biblia, “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”