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La Morena

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Antes de salir de casa ya te mentalizas. Mientras te pones los vaqueros, botas sólidas encima de calcetines gruesos, camisa de manga larga, otra de manga corta, una térmica, jersey, un buf… Luego, cual aviador de los de antaño, te calzas tu cazadora de cuero acartonado y rígido, desgastada por los inclementes elementos y con algún que otro remendón.

Apenas puedes moverte con todo eso encima, pero te sientes bien. Completo. Coges los guantes (siempre los más gruesos que puedas en estas fechas), el casco, y por último la llave. Ese insignificante trozo de metal que la despertará, arrancándole un rugido de advertencia. “Cuidado conmigo” dirá. “Cuidaré de tí tanto como tu cuides de mí”.

Aprovecharás ese minuto de calentamiento del motor para abrocharte la cazadora, el casco y los guantes. Comprobarás que todo está en orden, y lo harás rápido, porqué quieres a tu máquina y cuando algo va mal ella te lo dice. Entonces montarás en ella. Formarás parte intrínseca del mecanismo que la mueve. Que la sostiene sobre esas dos ruedas. Que la vuelve ágil y rápida, veloz como el viento y ruidosa como como un incendio. Fuego y viento.

Es difícil poner en palabras una sensación. Sería algo así como inventar una onomatopeya para el amor, el odio, la vergüenza… Imaginen entonces la sensación de sentirse en la cima del mundo. A punto de caer al vacío en cualquier momento y saber que el instante entre la decisión y la reacción puede salvarte la vida. Saber que no se echa a volar no porqué no pueda sino porqué no quiere. Porqué es más divertido recorrer el mundo a ras de suelo, entre los armatostes de hierro y plástico que ruedan por las carreteras, pesados, fuertes y patosos. Porqué las montañas se ven mejor desde abajo cuando se sabe que no son un obstáculo.

Las hay desnudas, y las hay vestidas para las carreras. Las hay altas, bajas, robustas, estilizadas, elegantes, ancianas o jóvenes. Poro todas ellas llevan la libertad grabada a fuegos en sus corazones de metal.

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La carretera para viajeros y el cielo para quien pueda

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Estas son fechas de carretera para los que vivimos lejos. Para los que no tenemos la suerte de bajar a la calle, coger el metro, el tren o el bicing y llegar a casa la abuela, la tía o el primo, comer hasta que duela -pero si no has comido nada, niño. Toma más gambas, más sopa, más pollo, más verdura, que te veo mu flaco-, y luego plantearte volver o quedarte porque moverse ahora es inhumano.

Y la carretera comporta soledad. Peligro. Reflexión. Camino. Yo personalmente prefiero viajar en moto. Como ya dije hace unos días, mi padre me transmitió esa pasión por las motos que aún me acompaña. Y aunque a veces levanta una ceja y me mira con el gesto torcido cuando le digo que me cascaré ida y vuelta de Barcelona en estas fechas, comprende lo mismo que me hizo comprender a mí a base de quilómetros y calambres por todo el cuerpo; que al que le gusta sentirse parte del paisaje, como decía Agustí Fancelli – o Guti-, se moja con la lluvia, pasa calor con el sol, se apesta con los campos abonados, lucha contra los Anemoi cuando deciden soplar sin piedad sobre ti, y se rompe el alma con el asfalto si cae. Al que le gustan las dos ruedas, le importa poco el resto.

Figúrense pues cuando el solitario deja de serlo y de repente hay gente que le importa más que saltarse las colas por la patilla -por ti, respetaba el límite de velocidad-. Aparcas tu fiel máquina, te embutes dentro del coche con su calefacción, radio estéreo, asientos calefactables, amplio maletero (atar el petate al asiento trasero antes de emprender camino es de las mejores sensaciones que goza el motero) y un parabrisas que te salva de bichos y xinas, y te echas a al carretera para llegar y tener la sensación de haber perdido el tiempo.

Y una vez las navidades han pasado y arrasado como una manada de elefantes, uno no puede evitar sentir cierto alivio y perplejidad viendo que ha sobrevivido. Porqué si no estás seguro de no poder arrastrar esos dos chuletones de más, o esas tres o cuatro copas pimpladas sin enterarte, quédate en casa y deja la carretera para los viajeros.

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