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Libros de dedo

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Me regalaron el primer libro unas navidades. Era pequeño, fino (del grosor de un dedo), en tapa dura y con aquél aspecto de libro antiguo que invita a abrirlo. Leerlo es otra historia.

En catalán hay un dicho que dice: en el pot petit hi ha la bona confitura (en el bote pequeño está la buena melmelada). Y ese libro fue de los primeros ejemplos que encontré (otro fue una amiga mía que es muyyyyy bajita…). Al terminarlo y ver que la historia seguía, me convertí en aún más asiduo de las librerías. El problema (y al mismo tiempo lo que lo hacía tan apasionante) era la incertidumbre de no saber cuantos libros más había de la serie Spiderwich.

Finalmente la cosa se quedó en cinco. Pensando en ello, sería como disfrutar de una miniserie pero en libros: una vez has visto todos los capítulos tras la rigurosa espera entre cada uno, los ves juntos, como una película. Además, es un curioso ejemplo de libro que podría estar en dos partes separadas (la historia en sí, y las ilustraciones), cada una realizada por sendos autores, y funcionar perfectamente.

Si se me permiten hoy una recomendación, léanlos como los apasionados de los licores o los habanos; poco a poco y paladeando cada palabra. No hay prisa y en menos de lo que les gustaría llegarán a la última página. Tómense su tiempo también para las ilustraciones, un recurso muchas veces infravalorado, opino, que cataloga el libro a una automática sección juvenil. ¡Como si eso fuera malo!

Hace un tiempo, en el 2008, hicieron la película. Y aunque los efectos especiales son irreprochables y plasman a la perfección las geniales ilustraciones de Tony Diterlizzi, carece de eso que convierte a los libros en una historia de culto.

La carretera para viajeros y el cielo para quien pueda

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Estas son fechas de carretera para los que vivimos lejos. Para los que no tenemos la suerte de bajar a la calle, coger el metro, el tren o el bicing y llegar a casa la abuela, la tía o el primo, comer hasta que duela -pero si no has comido nada, niño. Toma más gambas, más sopa, más pollo, más verdura, que te veo mu flaco-, y luego plantearte volver o quedarte porque moverse ahora es inhumano.

Y la carretera comporta soledad. Peligro. Reflexión. Camino. Yo personalmente prefiero viajar en moto. Como ya dije hace unos días, mi padre me transmitió esa pasión por las motos que aún me acompaña. Y aunque a veces levanta una ceja y me mira con el gesto torcido cuando le digo que me cascaré ida y vuelta de Barcelona en estas fechas, comprende lo mismo que me hizo comprender a mí a base de quilómetros y calambres por todo el cuerpo; que al que le gusta sentirse parte del paisaje, como decía Agustí Fancelli – o Guti-, se moja con la lluvia, pasa calor con el sol, se apesta con los campos abonados, lucha contra los Anemoi cuando deciden soplar sin piedad sobre ti, y se rompe el alma con el asfalto si cae. Al que le gustan las dos ruedas, le importa poco el resto.

Figúrense pues cuando el solitario deja de serlo y de repente hay gente que le importa más que saltarse las colas por la patilla -por ti, respetaba el límite de velocidad-. Aparcas tu fiel máquina, te embutes dentro del coche con su calefacción, radio estéreo, asientos calefactables, amplio maletero (atar el petate al asiento trasero antes de emprender camino es de las mejores sensaciones que goza el motero) y un parabrisas que te salva de bichos y xinas, y te echas a al carretera para llegar y tener la sensación de haber perdido el tiempo.

Y una vez las navidades han pasado y arrasado como una manada de elefantes, uno no puede evitar sentir cierto alivio y perplejidad viendo que ha sobrevivido. Porqué si no estás seguro de no poder arrastrar esos dos chuletones de más, o esas tres o cuatro copas pimpladas sin enterarte, quédate en casa y deja la carretera para los viajeros.

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