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La Morena

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Antes de salir de casa ya te mentalizas. Mientras te pones los vaqueros, botas sólidas encima de calcetines gruesos, camisa de manga larga, otra de manga corta, una térmica, jersey, un buf… Luego, cual aviador de los de antaño, te calzas tu cazadora de cuero acartonado y rígido, desgastada por los inclementes elementos y con algún que otro remendón.

Apenas puedes moverte con todo eso encima, pero te sientes bien. Completo. Coges los guantes (siempre los más gruesos que puedas en estas fechas), el casco, y por último la llave. Ese insignificante trozo de metal que la despertará, arrancándole un rugido de advertencia. “Cuidado conmigo” dirá. “Cuidaré de tí tanto como tu cuides de mí”.

Aprovecharás ese minuto de calentamiento del motor para abrocharte la cazadora, el casco y los guantes. Comprobarás que todo está en orden, y lo harás rápido, porqué quieres a tu máquina y cuando algo va mal ella te lo dice. Entonces montarás en ella. Formarás parte intrínseca del mecanismo que la mueve. Que la sostiene sobre esas dos ruedas. Que la vuelve ágil y rápida, veloz como el viento y ruidosa como como un incendio. Fuego y viento.

Es difícil poner en palabras una sensación. Sería algo así como inventar una onomatopeya para el amor, el odio, la vergüenza… Imaginen entonces la sensación de sentirse en la cima del mundo. A punto de caer al vacío en cualquier momento y saber que el instante entre la decisión y la reacción puede salvarte la vida. Saber que no se echa a volar no porqué no pueda sino porqué no quiere. Porqué es más divertido recorrer el mundo a ras de suelo, entre los armatostes de hierro y plástico que ruedan por las carreteras, pesados, fuertes y patosos. Porqué las montañas se ven mejor desde abajo cuando se sabe que no son un obstáculo.

Las hay desnudas, y las hay vestidas para las carreras. Las hay altas, bajas, robustas, estilizadas, elegantes, ancianas o jóvenes. Poro todas ellas llevan la libertad grabada a fuegos en sus corazones de metal.

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“Chao, Augusto”

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Hoy hace un año murió un buen amigo.

No voy a hablar de él. No le haría justicia.

Pero os dejo algo que escribió para que hable por sí mismo.

Ser paisaje

AGUSTI FANCELLI

Cuando llueve, nos mojamos. Cuando hace frío, tiritamos. Cuando hace calor, nos asamos. Cuando hace viento, acabamos reventados de tanto compensar. De noche, vemos mal. Cuando una carretera atraviesa un naranjal o serpentea entre mimosas, nos perfumamos. Cuando pasa por las proximidades de una industria química, apestamos. Si el camino es polvoriento, comemos polvo. Si es pedregoso, mucho ojo, porque antes o después te va a tocar la china. Oímos muy poco, sólo el aire zumbándonos en los tímpanos. El motor es sólo una vibración –adorable vibración- entre los muslos. Los insectos se estrellan contra nuestras viseras, guantes y chaquetas: ay del imprudente que deje alguna parte de piel al viento, porque ahí es donde más le darán.
Cierto, las nuevas fibras que vestimos-¡san gore-tex bendito!- han aliviado mucho nuestros sufrimientos nos protegen del agua y del frío. Existen además motos con puños y asientos calefactables para combatir las bajas temperaturas. Los faros halógenos iluminan infinitamente más que los de antes y las aerodinámicas de los carenados hacen mucho por nuestra estabilidad cuando a Éolo le da por bailar. Aún así, el primer párrafo sigue siendo válido. No es ya que los motoristas nos identifiquemos con el paisaje, sino que somos ontológicamente paisaje, lo habitamos como difícilmente lo puede habitar ningún otro viajero. El paisaje se moja, se hiela y se reseca. Nosotros también. De noche no se ve. Nosotros tampoco lo vemos.
El precio de ser paisaje es el riesgo. “ El asunto al manejar una moto es que tú manejas el riesgo, así que deja de ser desconocido o de estar en la penumbra”, ha dicho John Berger, veterano motard. Gran verdad. Todos los motoristas compartimos la certeza de que iremos a dar con los huesos en el suelo. Vivimos en permanente equilibrio inestable, de modo que perderlo es algo completamente razonable y lógico. Ahora bien, esta certeza se rodea de algunas incógnitas más o menos angustiosas: no sabemos dónde y cuándo caeremos. No es lo mismo caernos solos que -Dios no lo quiera- tras haber sido golpeados por un coche. No es lo mismo tener espacio para rodar que ser detenidos en seco por uno de esos guadarraíles asesinos que tantas vidas han costado.
Todo esto nos crea una imagen de temerarios sin remedio, de malos oficiales del asfalto. Bueno, nosotros a menudo nos regodeamos en esa imagen. Chupas, cadenas, botas, tatuajes, piercings y cervezas son utileria frecuente del mundillo, pinturas de guerra de muchos rostros pálidos motorizados. Pero en el fondo no somos malas personas. Ocurre que a menudo nos sentimos Peter Pan, nos resistimos a enterrar la adolescencia como gatos panza arriba. Por eso somos profundamente envidiados. “Cuando vas conduciendo, el tiempo entre la decisión y el efecto de esa decisión –y ambos dependen de tu cuerpo- es el más breve posible. Tú decides algo y sucede, y en ese momento estás muy cerca de la libertad existencial”, ha sentenciado Berguer.
No se nos perdona esa libertad indómita.

21hoy626