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Ríete tú del maestro Yoda

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Como ya he dicho algunas veces, soy joyero.

Mi mentor en este campo fue un paciente de mi padre que se dedicaba a la joyería desde los catorce años, cuando decidió que lo de estudiar no era para él. Para ganarse la vida mientras se pagaba el aprendizaje se dedicaba a hacer dos cosas: unas figurillas de plata en forma de enanitos con la verga desproporcionada y un brazo articulado que, si lo movías, parecía que estuviera haciéndose una paja, y también unos hongos (también de plata) que las prostitutas del Rabal barcelonés usaban para no quedarse preñadas. No describiré cómo funcionaba porque, según él, la idea era suya y sólo suya, y ningún “fill de puta” tiene por que saberla. A mi me lo contó porque le decía que no me lo creía.

Cuando lo conocí, a sus sesenta y siete años, se presentó con una harley descomunal, chupa de cuero, gafas de sol a lo americano y un tatuaje en cada brazo; una águila y un ramo de rosas. Se apeó de la moto (su metro ochenta y pico no se lo quitaba nadie), se quitó el casco, me miró, y dijo:

– ¿Con esas pintas quieres ser joyero?

Una vez me contó que, yendo muy cortos de dinero, con unos amigos vallaron una playa e hicieron como que era suya. Alquilaron un apartamento, una prostituta y un esmóquin. Enseñaron la playa a una pareja de ingleses y los llevaron al piso. La señora hacía el papel de secretaria y mi maestro, con el traje y la corbata, el de propietario. Así que, después de vender la playa, se “pimplaron” a la prostituta (él no usaba esa palabra), y se fueron de parranda.

Me enseñó más de lo que aprendí nunca en la academia. Si hoy puedo decir que soy joyero, fue gracias a que él creyó en mi (pese a mis pintas), y siempre que me pasaba por su joyería tenía un momento para ir a tomar un café y contarme sus batallitas.

De vez en cuando me daba una escoba, una pala, me señalaba el suelo del taller y me daba una palmadita en la espalda.

-Quiero poder comer en él- me decía.

Otra, recuerdo, me puso un armatoste de máquina en mi mesa, me dio un cubo lleno de tabaco, una caja de zapatos y papel de liar.

-Eso es una máquina para liar cigarrillos- dijo-. Lléname la caja, anda.

De vez en cuando volvía, palpaba uno, y decía:

-Esto tendría que estar duro como una polla. Si la tuya sólo alcanza a esto no me extraña que no tengas novia.

También le gustaban los caballos.

Murió una semana después de acabar yo mis estudios en la academia, de un cáncer de pulmón. De vez en cuando, si oigo el petardeo de una harley por la calle, giro la cabeza aún sabiendo que no es él.

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