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El libro que apareció una mañana

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El sábado por la mañana bajé al aparcamiento para cojer el coche y, colgada en un retrovisor, había una bolsa de papel.

Mi primera reacción fue de consternación, aderezada con enfado. ¿Quién colgaba eso en MI coche? Me asomé y vi que no estaba bacía. Había un libro. Los herederos de la fuerza. Sonreí.

Hace unos años, cuando mi padre aún enseñaba en la escuela de enfermería, María Alaminos, alumna suya por aquél entonces, publicó ese libro. Yo hacía mis primeras incursiones en la escritura del libro largo (más de treinta páginas) y tener la oportunidad de que alguien metido en el mundillo me explicara sus aventuras y desventuras con esas grandes desconocidas que son las editoriales no se presentaba todos los días.

Así que antes de quedar con ella, hice los deberes y leí el libro. Y no se que esperaba, pero desde luego no aquello. Un tiempo antes había visto la película de Goya en Burdeos. El mismo Goya, al ver Las Meninas, decía que era como si el pintor las hubiera pintado sin esfuerzo. Y que en ese hecho radicaba la maestría del cuadro.

Ese libro me recordó a ese momento de la película. Parece escrito con sencillez, contado a vuelapluma.

Pero cuando lo lees te das cuenta de que el libro confía en el lector como pocos lo hacen. No mastica los hechos hasta que quedan tan claros que son indigeribles, sino que deja que quién lo lee interprete la historia y llene los huecos.

Así que, en resumen, este ha sido un buen fin de semana.

No menos que nada

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-Eres lo que podría llamarse un “personaje de cartón”- dije, mirándole a los ojos, verdes y perfectos-. Alguien que está allí. Que lo ves. Que existe. Que podrías tocarlo, si quisieras- su sonrisa se acentuó, dejando a la vista una hilera de dientes blancos e inmaculados-. Pero si te acercas a mirarlo mejor verás que apenas es una fachada. Nada más que dos dimensiones. Alguien que ni siquiera tiene espacio para llenar. Al que ni tan sólo se le puede dar el apelativo de caparazón hueco.

El chico titubeó. Sus ojos se agitaron, nerviosos, buscando una salida. Su sonrisa amenazaba con esfumarse. Optó por la que ya conocía; la salida fácil.

Su mirada se endureció y su sonrisa se reafirmó, atrincherándose en aquél tranquilo y oscuro lugar que es la ignorancia.

-¿Así que yo soy un personaje de cartón?- sus hermosas facciones se retorcieron en una mueca-. ¿Entonces tú qué eres, feucho? ¿El malo del cuento?

Rió a mandivula batiente.

Yo sonreí, divertido.

-No- le di la espalda y empecé a alejarme-. Yo soy el escritor.

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