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Cascarón hueco

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Este es un cuento que escribí hace unos días en la página de facebook de este blog: https://www.facebook.com/pages/La-Biblioteca-del-Drag%C3%B3n-Jan-Crespo/1450532578501319?ref=hl

¡Espero que os guste!

El-intercambio-de-flores

Su padre siempre le decía que su timidez era tan grande como él mismo. Y que eso era lo que hacía que bajo su fría piel de metal se escondiera un corazón igualmente grande.

Cuando él murió, se refugió en ese cascarón hueco que era su propio cuerpo hasta que un día la conoció a ella, pequeña y frágil, pero tan fuerte como una montaña.

Nadie les dijo que la vida fuera fácil, y no hubo nadie más que ellos mismos para guiarles por sus caminos. Caminaron por bosques, llanuras y ciudades abandonadas, descubriendo el mundo. Lucharon contra pesadillas y hablaron con ángeles.

Un día, años después del instante en que se vieron por primera vez, ella se sentó, cansada, cerró los ojos y murió. Era ya una anciana, y su espalda, encorvada por el peso de los años, no había podido aguantar otro día más a cuestas.

Él se sentó a su lado, y lentamente dejó que su cuerpo, su cascarón, se oxidara. Entonces, en su mismo centro, brotó una flor. No de una semilla, ni de una espora. Sino de la vida que ella le había hecho amar y comprender, para que él abrazara la muerte cuando llegó el final.

Los sueños sueños son

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imatge

Hoy he tenido un sueño muy curioso. Uno de esos que podría calificarse de historia en sí mismo, como si lo vivieras.

No pretendo analizarlo al estilo metafísico ni extraer conclusiones que sean lecciones de la vida misma. Simplemente exponerlo aquí, como una experiencia más. Porque al fin y al cabo eso son los sueños, experiencias.

A lo que íbamos:

Me encontraba en mi coche, con Greta, mi perra (una labrador negra de 14 años) en el asiento de atrás, yendo a buscar a alguien a la escuela. El caso es que al torcer una esquina me encuentro de cara con un embotellamiento provocado por un accidente de moto. Así que aparco y me dirijo al lugar, dejando a mi perra en el coche. Me encuentro con que el embotellamiento ha desaparecido pero aún está la moto tirada en el suelo, a la que nadie parece hacerle caso. Me encojo de hombros y entro en la escuela.

Entonces algo ocurre y la escuela se cierra. La gente grita, corre y se esconde. Nadie puede salir del centro. Intento averiguar qué ocurre y alguien dice que los militares están en la calle. Lo han cerrado todo y prohíben a todo el mundo salir.

En quien pienso es en Greta. Mi pobre y anciana perra encerrada en el viejo volvo, asustada, sin saber qué ocurre y por qué no regreso a por ella. La sensación que tengo de desazón es absoluta al comprender que mi suerte ha dejado de estar en mis manos. Que a partir de ese momento, mi vida depende de otras personas. Personas a las que no les importo. Aún así estoy con el niño al que he venido a buscar, y esto me relaja un tanto.

No se cómo pero tengo la sensación de que los días pasan (supongo que en un sueño es normal que no tengas noción del tiempo), y mi preocupación aumenta. No sólo por Greta, sino por la situación en general. No poder salir, espabilarse con lo que se tiene a mano… y el miedo.

Finalmente entre unos cuantos logramos distraer a los guardias que vigilan que no salgamos y cuatro de nosotros escapamos. Llegados a este punto, la sensación de sentirme libre es algo muy difícil de describir. Puedo volver a hacer lo que quiera e ir arriba o abajo sin dar explicaciones. Mi vida depende de mi otra vez. Y sobretodo, puedo ir a buscara mi perra. Pero no están ni ella ni el coche.

Y por desgracia aquí despierto.

Lo realmente genial de este sueño no ha sido la trama, por decirlo de algún modo, sino el poder vivir todas esas sensaciones en carne propia. Despertar y sentirse aliviado de que fuera sólo un sueño (y por cierto, lo primero que he hecho ha sido agobiar un rato a Greta).

Que todo siga igual.

La Morena

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Antes de salir de casa ya te mentalizas. Mientras te pones los vaqueros, botas sólidas encima de calcetines gruesos, camisa de manga larga, otra de manga corta, una térmica, jersey, un buf… Luego, cual aviador de los de antaño, te calzas tu cazadora de cuero acartonado y rígido, desgastada por los inclementes elementos y con algún que otro remendón.

Apenas puedes moverte con todo eso encima, pero te sientes bien. Completo. Coges los guantes (siempre los más gruesos que puedas en estas fechas), el casco, y por último la llave. Ese insignificante trozo de metal que la despertará, arrancándole un rugido de advertencia. “Cuidado conmigo” dirá. “Cuidaré de tí tanto como tu cuides de mí”.

Aprovecharás ese minuto de calentamiento del motor para abrocharte la cazadora, el casco y los guantes. Comprobarás que todo está en orden, y lo harás rápido, porqué quieres a tu máquina y cuando algo va mal ella te lo dice. Entonces montarás en ella. Formarás parte intrínseca del mecanismo que la mueve. Que la sostiene sobre esas dos ruedas. Que la vuelve ágil y rápida, veloz como el viento y ruidosa como como un incendio. Fuego y viento.

Es difícil poner en palabras una sensación. Sería algo así como inventar una onomatopeya para el amor, el odio, la vergüenza… Imaginen entonces la sensación de sentirse en la cima del mundo. A punto de caer al vacío en cualquier momento y saber que el instante entre la decisión y la reacción puede salvarte la vida. Saber que no se echa a volar no porqué no pueda sino porqué no quiere. Porqué es más divertido recorrer el mundo a ras de suelo, entre los armatostes de hierro y plástico que ruedan por las carreteras, pesados, fuertes y patosos. Porqué las montañas se ven mejor desde abajo cuando se sabe que no son un obstáculo.

Las hay desnudas, y las hay vestidas para las carreras. Las hay altas, bajas, robustas, estilizadas, elegantes, ancianas o jóvenes. Poro todas ellas llevan la libertad grabada a fuegos en sus corazones de metal.

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Los últimos cinco minutos…

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Nimbus-II

He visto una película curiosa. Por un lado no me ha gustado nada. Al final, me ha encantado.

La describiría como una montaña rusa, pero estas suelen durar un par de minutos, sabes dónde empiezas y dónde acabas y en el peor de los casos vomitas hasta la primera papilla. Pero no es el caso; aquí empieza usted sin saber muy bien dónde se ha metido. Luego se encuentra de frente con seis historias perdidas en el espacio y en el tiempo que se alternan una detrás de otra, sin piedad. No ayuda nada el hecho de que en cada una de ellas aparecen exactamente los mismos actores más o menos bien diferenciado de sus otras encarnaciones. Y que una hable sobre los problemas de un anciano olvidado en un geriátrico, y la siguiente de una fugitiva en un Seul postapocalíptico que lucha en una revolución acaba de liar el mogollón en plan apaga y vámonos.

Y finalmente, después de casi tres horas, se acaba casi tan rápido como ha empezado todo.

Si durante ese bombardeo de efectos especiales y espacios históricos combinados con retrofuturismo a veces absurdo, hace uno el esfuerzo mental nada desdeñable de seguir cada uno de los seis argumentos por separado, intentando recordar todo lo que ha pasado antes cada vez que lo vuelven a meter en pantalla, y haciendo las debidas conexiones en su momento, el reultado es un mensaje y una película para quitarse el sombrero.

Se llama El atlas de las nubes, y, la verdad, no podría llevar un título mejor. Al final, como he dicho, lo importante es el mensaje que se deja. Como un crisol en el que metemos una amalgama informe de metales y cristales de todo tipo y lo envolvemos todo en fuego hasta que acaba todo y en el fondo sólo queda ese mensaje.

Yo les invito a que lo descubran casi del mismo modo que lo hice yo; por casualidad.

Viva la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo

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27-febrero-10blog

La religión, como tema polémico donde los haya, lo tiene para largo. A Dios rogando y con el mazo dando, que dicen.

Imaginen la situación. Día lluvioso, de verano sofocante, domingo por la tarde tirando a noche, para ser exactos, y todo cerrado. Sólo una iglesia abierta. Entramos un par de amigos y yo para refugiarnos y guardamos el ritual y respetuoso silencio. Capuchas fuera, quien las lleve, y a entretenerse mirando santos. Entonces se oye un golpe. Alguien grita. Mi amigo, como no, que se ha dado con el pie en un banco (huelga decir que va en chanclas y tiene un uñero que ya dura demasiado). Así que, como es normal en estos casos, se caga en Dios y en la madre que lo parió. Con la mala leche de que el párroco de turno andaba por allí vaya usted a saber haciendo qué.

Total, que sin mucho más que decir, estamos de nuevo bajo la lluvia.

Y la anécdota me ha venido hoy a la cabeza después de ver en la tele que, hace unos días, salía en el periódico una esquela a todos los niños abortados durante el 2013 promulgado por la asociación arriba mentada. Aparte de lo que pueda pensar cada uno del tema, en el momento en el que alguien le dice a otro alguien qué hacer con su vida (no miro a nadie), ese alguien puede ir a tocarse los santos cojones él solito, que por algo Dios le dio un par de manitas.

Citando a Italo Calvino en un artículo en el que se hablaba precisamente de eso, “No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante”.
http://www.mamanatural.com.mx/2013/06/italo-calvino-su-lucida-y-sorprendente-opinion-sobre-el-aborto/

Para hacer algo así, en mi opinión, se necesita responsabilidad moral y entereza. El saber que al ser humano que podría ser no le puedes ofrecer una vida digna, y que no se está en las condiciones mentales y económicas para educar y formar a una persona, es muy duro.

Así que, y citando esta vez a la Biblia, “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”