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El libro que apareció una mañana

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El sábado por la mañana bajé al aparcamiento para cojer el coche y, colgada en un retrovisor, había una bolsa de papel.

Mi primera reacción fue de consternación, aderezada con enfado. ¿Quién colgaba eso en MI coche? Me asomé y vi que no estaba bacía. Había un libro. Los herederos de la fuerza. Sonreí.

Hace unos años, cuando mi padre aún enseñaba en la escuela de enfermería, María Alaminos, alumna suya por aquél entonces, publicó ese libro. Yo hacía mis primeras incursiones en la escritura del libro largo (más de treinta páginas) y tener la oportunidad de que alguien metido en el mundillo me explicara sus aventuras y desventuras con esas grandes desconocidas que son las editoriales no se presentaba todos los días.

Así que antes de quedar con ella, hice los deberes y leí el libro. Y no se que esperaba, pero desde luego no aquello. Un tiempo antes había visto la película de Goya en Burdeos. El mismo Goya, al ver Las Meninas, decía que era como si el pintor las hubiera pintado sin esfuerzo. Y que en ese hecho radicaba la maestría del cuadro.

Ese libro me recordó a ese momento de la película. Parece escrito con sencillez, contado a vuelapluma.

Pero cuando lo lees te das cuenta de que el libro confía en el lector como pocos lo hacen. No mastica los hechos hasta que quedan tan claros que son indigeribles, sino que deja que quién lo lee interprete la historia y llene los huecos.

Así que, en resumen, este ha sido un buen fin de semana.

Llamenle feliz casualidad

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Hace unos años “siniestré” un coche. El como no viene mucho al caso, la cosa es que una placa de hielo se puso en el suelo y una valla se metió en medio. El coche se vendió por miseria y compañía (estaba que daba pena) y como nadie se hizo daño el incidente fue otra anécdota más.

Lo interesante del caso es que, de vez en cuando, veo ese mismo coche cerca de donde vivo. Lo reconozco por la matrícula, que es fácil hasta para mi. Veo como la nueva propietaria se sube, arranca y se va, sin saber que el tio que estrelló su coche la está observando con una media sonrisa. Eso hace que me pregunte cuántas cosas ocurren a nuestro alrededor, grandes y pequeñas, sin que seamos realmente conscientes de ello. Cuantas casualidades que pasan desapercibidas.

Dicen que nosotros mismos somos una casualidad. Surgidos de miles de millones de incidentes afortunados que se iniciaron hace muuuuucho (cuando un pez no se comió a otro, por ejemplo), hasta llegar a nosotros. Paul Auster, autor americano y best seller dónde los haya, es el número uno en lo que a casualidades se refiere. Y no sólo te las plantea, también te las cuela. Estoy pensando en El palacio de la luna, una obra suya que me llegó de manos de un buen amigo, en la academia. La historia entera se basa en la casualidad. La casualidad de que tal personaje estuviera aquí o allí en tal momento hace que otro personaje, también casual, llegue al marco de la historia y, casualmente y sin nadie enterarse realmente, ese mismo es el que ha liado el tinglado.

Lo interesante de todo esto tan apañadamente contado, es que, como ya he dicho antes, Auster le cuela a uno todas esas casualidades sin que, en ningún momento, ponga los ojos en blanco y pase página sin muchas ganas.

Calla y lee

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Letras en rojo sangre y verde hoja. Capítulos de la A a la Z.

Y a voz de pronto poco más.

Echando un vistazo rápido, del de pongo el pulgar y que vayan pasando páginas, no es difícil encajonar el libro en el de fantasía de toda la vida.

Aunque para un lector más avispado puede ser mucho más. Una historia que narra, no sólo las aventuras de un chico, sino la HISTORIA del imaginario humano, donde todo lo concebible tiene su lugar. Las historias pueden ser escritas hoy, decía el león de fuego, Graograman, pero hablar de tiempos remotos. El pasado nace con ellas. Cuando Bastian usa el poder del Auryn y formula un deseo, este no se cumple, simplemente se descubre. Ya existía. Estaba allí antes de que él mismo lo deseara. Simplemente lo constata, porque ese mundo de fantasía es su mundo (nuestro, de todos) que crea y moldea sin saber que todo eso ya existía.

¿Lo entendéis? Yo tampoco.

En parte esa es la genialidad del libro; para entenderlo, tienes que leerlo. Puedes leer la sinopsis, escuchar las recomendaciones de los amigos, ver un documental u oír a tal o cual autor que te gusta hablar matavillas del libro. Pero no te servirá de nada. Es como describir una casa diciendo que es un montón de rocas apiladas, con agujeros aquí y allá para entrar y salir, y madera encima. De Michel Ende no he leído nada más, aunque también tenemos Momo, que pinta bien, pero yo lo conocí y lo admiro por este libro.

Si eres novato en eso de la fantasía, y se te antoja a una paja mental (al estilo del arte abstracto que mi hermano de cinco años también lo hace, no me haga usted perder el tiempo, gracias), recomiendo mucho empezar con La Historia Interminable. Precisamente porque es eso, interminable, en el buen sentido de la palabra.

Incluso a mí, que disfruto estas historias tanto o más que cuando aún creía que los dragones existían (por que yo a los ocho años me entré de que Papá Noel no existía, y los dragones tampoco), La Historia Interminable me permitió entender lo que realmente significa la fantasía.

Y otra cosa, no veáis la peli. Ninguna de las tres. En la tercera aparece Jack Black, fin.  Y si llego tarde para salvaros, olvidadla. Es mi opinión, pero es como si visita uno el Louvre con las luces apagadas. No vale la pena.

Pero eso es otra historia para ser contada en otra ocasión.

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