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Tan libre como la propia mente

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El personaje me fascina.

El personaje es un ser artificial que nace a partir de la imaginación humana. No hay nada más personal y próximo a uno mismo que el personaje que nace de la propia mente.

Lo dotamos de cuerpo, forma, carácter y personalidad. Cualquier edad, sexo o raza es válida.  No hay normas, no hay nada escrito, simplemente dejamos que la imaginación vuele y tome forma, creando seres que nacieron eones antes de que nuestro planeta conociera la vida, o milenios después de que la Tierra sea tan sólo un recuerdo. Puede ser de simple cartón, y de una vida tan corta como un suspiro, o tan consistente como mil páginas, un carácter tan profundo e insondable como un océano y que su existencia no conozca principio ni fin. Como dijo Ende, el pasado surge con las historias.

Un personaje es él mismo y la persona de la que ha nacido. Ninguno de los dos existe sin el otro, y ninguno de los dos muere realmente mientras el otro viva. Un personaje puede vivir infinitas vidas al mismo tiempo y en todos los lugares, existiendo hasta en las mentes de aquellos que lo han adoptado, incluso a veces, sin conocer a su creador.

Un personaje reivindica la libertad de la que carece el ser real y, al igual que la mente, no conoce fronteras. Puede ser encarnado por millares de rostros, adultos o infantes, en todas las épocas en las que merezca ser recordado, o llenar bibliotecas enteras, celuloides o servidores de la red.

Podrían hablar días y días sobre el personaje, pero por hoy lo dejaremos aquí.

DIBUJOS

Cultura de gatos e incultos

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Últimamente se habla mucho de que la cultura debería ser gratuita. Accesible para todo el mundo sin importar edad, sexo, raza o número de pie. Porque claro, los libros son caros. Veintidós euros por una edición en condiciones no se sueltan así por las buenas, y las de bolsillo más asequibles suelen tener letra tamaño liliputiense.

Lo curioso del caso es que esta cultura ya la tenemos al alcance cuando queremos. En nuestros bolsillos, en forma de teléfonos inteligentes, tabletas o portátiles, listos para acceder a todo el conocimiento humano. Aunque mola más buscar fotos de gatos.

Normalmente se tarda de uno a dos años en escribir algo mínimamente aceptable. Entre documentarse, planificar la historia, los personajes, los escenarios, las tramas… Todo eso lleva un tiempo considerable, y sin garantías de que luego se publique siquiera el escrito. Luego, para el que no tiene la suerte de tener detrás una editorial o un representante que se encargue del resto, empieza la odisea personal de defender a capa y espada tu criatura.

Y en el caso de que todo salga bien, te publiquen y tengas un éxito moderado (primera edición prácticamente agotada, por ejemplo), la ganancia que puedas tener será del 8 al 12 por ciento de cada ejemplar vendido. Eso vendría a ser unos mil quinientos euros más o menos.

Y todo eso por el trabajo de unos tres o cuatro años de tu vida.

Así que lo de ser culto no es algo que te venga de serie o que se pueda ser de la noche a la mañana porque los libros sean gratis. Lo de ser culto hay que currárselo. Como todo, en realidad. Y lo que no se puede hacer, se mire por donde se mire, es infravalorar el trabajo de las personas que se dedican a la cultura y a su divulgación. Porque entonces ¿qué nos quedaría? ¿Libros llenos de fotos de gatos?No, gracias.

Tiempo, libros y ajos

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Ante todo quisiera yo pedir disculpas por tan prolongada ausencia. Habrá quién diga que hay tiempo para todo pero quizá ese quien tenga mucho tiempo libre. Y hablando de tiempo, es curioso como un día entras en una librería, ves un libro curioso (redundante), lo compras, lo lees, te encanta, y, al tratarse de una trilogía, esperas con ansias las secuelas. Bien, pues de ese día han pasado casi diez años.

Que se dice pronto.

Me lo recordó el otro día una amiga a la que recomendé precisamente ese mismo libro y que, gracias a él, nos abrió un universo de historias que no aburren. Hablo de Memorias de Idhun, de Laura Gallego. Recuerdo leer la sinopsis y no tenerlas todas conmigo, pero como soy lector de no saber prescindir de mis diez páginas antes de ir a dormir, lo empecé. Por probar algo.

Y me enganchó.

Creo que ya he dicho alguna vez por aquí (y si no, lo digo ahora) que lo de ser original es como vender arena en el desierto. Está todo inventado y la sopa de ajo ya era vieja cuando nuestras abuelas gateaban. Así que, en el fondo, la verdadera maestría, más que en inventar, está en tomar lo mejor de cada lado y hacer algo aún mejor, y hacerlo propio. Y un poco es lo que ha conseguido la autora con esta saga; bebiendo de barias fuentes (el dragón, el unicornio, la serpiente, el elegido, el mago, el sumaysigue…), ha creado un mundo y una trama únicos.

Y, como decía, de ese primer libro hace ya diez años, y lo curioso y genial al mismo tiempo, es que con cada nuevo libro que ha escrito desde entonces (y antes también), siempre ha sabido reinventar esa sopa de ajo tan reiterativa pero ilimitada que es la fantasía.

Dejo aquí un enlace por si hay quien quiera descubrirla, porque, sinceramente, vale la pena.
http://www.lauragallego.com/libros/sagas/memorias-de-idhun/#.UuBZnNK0qt8

La intimidad de las salas pequeñas

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Desde el martes por la tarde estoy con resfriado. No es una gripe fuerte, de esas que no se puede uno mover de la cama. No. Es un simple resfriado que hace que te baile el coco, que te duela todo y que tengas que sorber los mocos cada dos por tres. Y ay de ti si sales porque será peor. Así que no queda otra que la voluntaria e incondicional reclusión monástica (y digo monástica porque el cuerpo no está para nada que no sea la reflexión introspectiva y las cuatro cosas de siempre…).

Les cuento esto para que comprendan el alivio de poder salir ayer al medio día, después de tal grado de embotamiento mental. Así que lo hemos celebrado (mi novia y yo) yendo al cine. La sala era pequeña y los acomodadores andaban ajetreados, pero como yo no estaba muy fino, los quince minutos previos a los primeros trailers fueron bien recibidos.

Y entonces empezó la película. Y empieza con una muerte. Porque en el fondo, es una historia de muerte. Y de vida.

Leí el libro en el 2007 porqué me lo recomendó la libretera a la que yo siempre le compraba los libros. Cómo ya he mencionado alguna vez, lo mío son los libros de fantasía, de ficción, de cosas que jamás existieron (como que el sentido común sea el más común de los sentidos). Los históricos nunca fueron mi fuerte, así que imaginen mi sorpresa cuando la Alemania nazi pasó a ser el lugar con más magnetismo del mundo en el que vivimos.

Uno de los personajes dice; “Si tus ojos pudieran hablar ¿qué dirían? Haz tuyas las palabras” Bien, pues he ahí el dilema de hablar sobre la película, porque nada de lo que diga aquí le hará justicia. Aunque, en pocas palabras, diré que en ella se expone lo mejor y lo peor del ser humano, y aún así le estaría robando las palabras a la muerte. No diré nada de actores, de interpretaciones, de fotografía, montaje, dirección o taquilla, porque, francamente, no entiendo de eso.

Pero lo que sí diré es que La ladrona de libros es una de esas películas que no decepcionará al buen lector. Ni al malo, ya puestos. Y después del confinamiento de cinco días no podría haber imaginado mejor vuelta al mundo que esa joya del celuloide y el papel.

A modo de anécdota comentaré que, en una de las escenas más dramáticas, sonó un móvil justo en el asiento que tenía enfrente. Una chica. Buscó el aparató, no precisamente en silencio, y contestó. Sí, contestó. Se escucharon los clásicos siseos enfadados y alguna que otra voz. Pero ella, ni corta ni perezosa, siguió hablando. Y en el enfado que me produjo aquella falta de respeto, noté que la chica lloraba. Su compañero le propuso que bajara y hablara en la puerta, y ella, sin mediar palabra, lo hizo. Pero aún se la oía, porque no había salido, y, al menos para mí, era patente la angustia en la voz de la chica. Al cabo de unos minutos volvió a su asiento entre miradas feroces. Hablaron escuetamente con su compañero y se marcharon con un “lo siento” susurrado y franco.

Eso me hizo recordar que, por mucho que puedan conmover las lágrimas que vemos en las historias, a diario, personas como usted o yo, mediamos con las nuestras.

No regales libros

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Últimamente quien regala un libro es porque no sabe qué regalar o porque sabe muy bien qué regala.

Por banal que parezca, regalar un libro es algo muy íntimo. Para el lector habitual, que se ha pateado librerías y bibliotecas hasta la saciedad, escrutando sus rincones y recovecos para que no quede nada sin mirar, el reto es doble. Libros hay muchos -cada día se editan más libros de los que te leerías en un año, por mucho tiempo que tuvieras para perder-, pero buenos libros, hay poquísimos. Cada uno con sus gustos y lo que para mi es un diez para ti quizás no.

Por eso, recomiendo mucho perderse un día por una biblioteca, que el ambiente siempre es mucho más agradable y auténtico (el “puedo ayudarle, señor” “No, gracias. Sólo estoy mirando” parece de protocolo en pseudolibrerías a lo fastfood), y pasear la mirada por los lomos de los libros que encuentres. Si uno te llama la atención lo hojeas y lo apuntas si te convence (mental o físicamente, eso cada uno con su memoria). Así, si ves al primo o al cuñado que no sabe qué regalarte en un burdo intento de sondeo prenavideño, le sueltas eso de “el otro día, en la biblioteca vi un libro llamado talcualpascual. Parecía interesante”.

A primera vista puede parecer absurdo, pero no hay nada que dé más reparo que regalar un libro y que al otro se le quede cara de y esto donde lo aparco. Siempre es bueno que, como mínimo, ese tostón que tenemos en la librería esté allí porqué  mirarlo suponga recordar una aventura con la que pasamos un buen rato en el bus, el metro o en la sala de espera del médico.

Así que no regales un libro. Regala un buen libro.

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