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La intimidad de las salas pequeñas

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Desde el martes por la tarde estoy con resfriado. No es una gripe fuerte, de esas que no se puede uno mover de la cama. No. Es un simple resfriado que hace que te baile el coco, que te duela todo y que tengas que sorber los mocos cada dos por tres. Y ay de ti si sales porque será peor. Así que no queda otra que la voluntaria e incondicional reclusión monástica (y digo monástica porque el cuerpo no está para nada que no sea la reflexión introspectiva y las cuatro cosas de siempre…).

Les cuento esto para que comprendan el alivio de poder salir ayer al medio día, después de tal grado de embotamiento mental. Así que lo hemos celebrado (mi novia y yo) yendo al cine. La sala era pequeña y los acomodadores andaban ajetreados, pero como yo no estaba muy fino, los quince minutos previos a los primeros trailers fueron bien recibidos.

Y entonces empezó la película. Y empieza con una muerte. Porque en el fondo, es una historia de muerte. Y de vida.

Leí el libro en el 2007 porqué me lo recomendó la libretera a la que yo siempre le compraba los libros. Cómo ya he mencionado alguna vez, lo mío son los libros de fantasía, de ficción, de cosas que jamás existieron (como que el sentido común sea el más común de los sentidos). Los históricos nunca fueron mi fuerte, así que imaginen mi sorpresa cuando la Alemania nazi pasó a ser el lugar con más magnetismo del mundo en el que vivimos.

Uno de los personajes dice; “Si tus ojos pudieran hablar ¿qué dirían? Haz tuyas las palabras” Bien, pues he ahí el dilema de hablar sobre la película, porque nada de lo que diga aquí le hará justicia. Aunque, en pocas palabras, diré que en ella se expone lo mejor y lo peor del ser humano, y aún así le estaría robando las palabras a la muerte. No diré nada de actores, de interpretaciones, de fotografía, montaje, dirección o taquilla, porque, francamente, no entiendo de eso.

Pero lo que sí diré es que La ladrona de libros es una de esas películas que no decepcionará al buen lector. Ni al malo, ya puestos. Y después del confinamiento de cinco días no podría haber imaginado mejor vuelta al mundo que esa joya del celuloide y el papel.

A modo de anécdota comentaré que, en una de las escenas más dramáticas, sonó un móvil justo en el asiento que tenía enfrente. Una chica. Buscó el aparató, no precisamente en silencio, y contestó. Sí, contestó. Se escucharon los clásicos siseos enfadados y alguna que otra voz. Pero ella, ni corta ni perezosa, siguió hablando. Y en el enfado que me produjo aquella falta de respeto, noté que la chica lloraba. Su compañero le propuso que bajara y hablara en la puerta, y ella, sin mediar palabra, lo hizo. Pero aún se la oía, porque no había salido, y, al menos para mí, era patente la angustia en la voz de la chica. Al cabo de unos minutos volvió a su asiento entre miradas feroces. Hablaron escuetamente con su compañero y se marcharon con un “lo siento” susurrado y franco.

Eso me hizo recordar que, por mucho que puedan conmover las lágrimas que vemos en las historias, a diario, personas como usted o yo, mediamos con las nuestras.