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Los sueños sueños son

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Hoy he tenido un sueño muy curioso. Uno de esos que podría calificarse de historia en sí mismo, como si lo vivieras.

No pretendo analizarlo al estilo metafísico ni extraer conclusiones que sean lecciones de la vida misma. Simplemente exponerlo aquí, como una experiencia más. Porque al fin y al cabo eso son los sueños, experiencias.

A lo que íbamos:

Me encontraba en mi coche, con Greta, mi perra (una labrador negra de 14 años) en el asiento de atrás, yendo a buscar a alguien a la escuela. El caso es que al torcer una esquina me encuentro de cara con un embotellamiento provocado por un accidente de moto. Así que aparco y me dirijo al lugar, dejando a mi perra en el coche. Me encuentro con que el embotellamiento ha desaparecido pero aún está la moto tirada en el suelo, a la que nadie parece hacerle caso. Me encojo de hombros y entro en la escuela.

Entonces algo ocurre y la escuela se cierra. La gente grita, corre y se esconde. Nadie puede salir del centro. Intento averiguar qué ocurre y alguien dice que los militares están en la calle. Lo han cerrado todo y prohíben a todo el mundo salir.

En quien pienso es en Greta. Mi pobre y anciana perra encerrada en el viejo volvo, asustada, sin saber qué ocurre y por qué no regreso a por ella. La sensación que tengo de desazón es absoluta al comprender que mi suerte ha dejado de estar en mis manos. Que a partir de ese momento, mi vida depende de otras personas. Personas a las que no les importo. Aún así estoy con el niño al que he venido a buscar, y esto me relaja un tanto.

No se cómo pero tengo la sensación de que los días pasan (supongo que en un sueño es normal que no tengas noción del tiempo), y mi preocupación aumenta. No sólo por Greta, sino por la situación en general. No poder salir, espabilarse con lo que se tiene a mano… y el miedo.

Finalmente entre unos cuantos logramos distraer a los guardias que vigilan que no salgamos y cuatro de nosotros escapamos. Llegados a este punto, la sensación de sentirme libre es algo muy difícil de describir. Puedo volver a hacer lo que quiera e ir arriba o abajo sin dar explicaciones. Mi vida depende de mi otra vez. Y sobretodo, puedo ir a buscara mi perra. Pero no están ni ella ni el coche.

Y por desgracia aquí despierto.

Lo realmente genial de este sueño no ha sido la trama, por decirlo de algún modo, sino el poder vivir todas esas sensaciones en carne propia. Despertar y sentirse aliviado de que fuera sólo un sueño (y por cierto, lo primero que he hecho ha sido agobiar un rato a Greta).

Que todo siga igual.

Cisne Negro

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Hace un tiempo escribí este cuento sobre sucesos imposibles.

Se titulaba Cisne Negro porque un amigo me había contado que estas aves nacen aleatóriamente. Nadie puede predecir cuándo o de qué pareja nacerá, ni qué provoca el color de su plumaje, pero el caso es que allí están. De una forma inexplicable pero cierta.

Tendrán que disculpar que lo redacte de memoria, pero parece ser que he perdido el original.
Espero igualmente que lo disfruten.

Cisne Negro

Cartas c - copia

Erase una vez, en una ciudad olvidada, vivían un niño y una niña que disfrutaban de su sola compañía. Paseaban durante el día por las calles empedradas entre las casas pequeñas y acogedoras, que nunca tenían una puerta cerrada para ellos. Leían todos los libros de las bibliotecas y visitaban los museos, que cada día cambiaban los cuadros de sus paredes. Los pájaros cantaban para ellos y los gatos les enseñaban el mundo de los tejados y los malecones del puerto.

Sólo había un lugar que guardara secretos para los despreocupados niños. En la cima de una colina, rodeada por árboles, había una gran catedral de hierro y cristal. Era la estación de tren. Pero no había locomotoras, vagones ni revisores. Sólo vías de hierro que salían de allí, clavándose como flechas negras entre los árboles que poco a poco se convertían en un frondoso y oscuro bosque.

Y un día, en esa estación solitaria y llena de luz, llegó un tren. Los niños vieron el humo de la máquina de vapor desde la plaza, dónde un gato les enseñaba a hablar con las hadas de las fuentes, que languidecían sobre los nenúfares, mientras los sapos las observaban con sus ojos grandes y bobos. El gato les avisó que la curiosidad había matado a muchos hermanos suyos, y a veces es mejor dejar las cosas cómo están. Pero al fin y al cabo sólo eran niños, y nada encandila más a un niño que satisfacer su curiosidad.

Y ay de ellos.

En la estación los esperaba un hombre. Un hombre vestido de negro y tocado por un alto sombrero. Su chaquetón era tan largo y grande que no podían ver su rostro. Pero podían sentir como sus ojos se clavaban en ellos. Sin decir nada, se inclinó sobre ellos, y con una mano enguantada y fuerte como unas tenazas, agarró a la niña por el brazo y la hizo subir con él al tren. El niño intentó hacer que la soltara, pero el hombre tenía la fuerza del tiempo y el destino, y no la soltó pese a las súplicas de ambos.

El tren se puso en marcha de nuevo y salió de la catedral de hierro y cristal. Los árboles se apartaron para dejarlo pasar y se cerraron inmediatamente tras él, dejando atrás al niño, que no pudo hacer otra cosa que volver a la estación, y esperar.

Y desde aquél día, la ciudad olvidada fue desapareciendo poco a poco, mientras el niño sigue en la estación, esperando a aquella niña.

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