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Viva la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo

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La religión, como tema polémico donde los haya, lo tiene para largo. A Dios rogando y con el mazo dando, que dicen.

Imaginen la situación. Día lluvioso, de verano sofocante, domingo por la tarde tirando a noche, para ser exactos, y todo cerrado. Sólo una iglesia abierta. Entramos un par de amigos y yo para refugiarnos y guardamos el ritual y respetuoso silencio. Capuchas fuera, quien las lleve, y a entretenerse mirando santos. Entonces se oye un golpe. Alguien grita. Mi amigo, como no, que se ha dado con el pie en un banco (huelga decir que va en chanclas y tiene un uñero que ya dura demasiado). Así que, como es normal en estos casos, se caga en Dios y en la madre que lo parió. Con la mala leche de que el párroco de turno andaba por allí vaya usted a saber haciendo qué.

Total, que sin mucho más que decir, estamos de nuevo bajo la lluvia.

Y la anécdota me ha venido hoy a la cabeza después de ver en la tele que, hace unos días, salía en el periódico una esquela a todos los niños abortados durante el 2013 promulgado por la asociación arriba mentada. Aparte de lo que pueda pensar cada uno del tema, en el momento en el que alguien le dice a otro alguien qué hacer con su vida (no miro a nadie), ese alguien puede ir a tocarse los santos cojones él solito, que por algo Dios le dio un par de manitas.

Citando a Italo Calvino en un artículo en el que se hablaba precisamente de eso, “No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante”.
http://www.mamanatural.com.mx/2013/06/italo-calvino-su-lucida-y-sorprendente-opinion-sobre-el-aborto/

Para hacer algo así, en mi opinión, se necesita responsabilidad moral y entereza. El saber que al ser humano que podría ser no le puedes ofrecer una vida digna, y que no se está en las condiciones mentales y económicas para educar y formar a una persona, es muy duro.

Así que, y citando esta vez a la Biblia, “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”

La carretera para viajeros y el cielo para quien pueda

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Estas son fechas de carretera para los que vivimos lejos. Para los que no tenemos la suerte de bajar a la calle, coger el metro, el tren o el bicing y llegar a casa la abuela, la tía o el primo, comer hasta que duela -pero si no has comido nada, niño. Toma más gambas, más sopa, más pollo, más verdura, que te veo mu flaco-, y luego plantearte volver o quedarte porque moverse ahora es inhumano.

Y la carretera comporta soledad. Peligro. Reflexión. Camino. Yo personalmente prefiero viajar en moto. Como ya dije hace unos días, mi padre me transmitió esa pasión por las motos que aún me acompaña. Y aunque a veces levanta una ceja y me mira con el gesto torcido cuando le digo que me cascaré ida y vuelta de Barcelona en estas fechas, comprende lo mismo que me hizo comprender a mí a base de quilómetros y calambres por todo el cuerpo; que al que le gusta sentirse parte del paisaje, como decía Agustí Fancelli – o Guti-, se moja con la lluvia, pasa calor con el sol, se apesta con los campos abonados, lucha contra los Anemoi cuando deciden soplar sin piedad sobre ti, y se rompe el alma con el asfalto si cae. Al que le gustan las dos ruedas, le importa poco el resto.

Figúrense pues cuando el solitario deja de serlo y de repente hay gente que le importa más que saltarse las colas por la patilla -por ti, respetaba el límite de velocidad-. Aparcas tu fiel máquina, te embutes dentro del coche con su calefacción, radio estéreo, asientos calefactables, amplio maletero (atar el petate al asiento trasero antes de emprender camino es de las mejores sensaciones que goza el motero) y un parabrisas que te salva de bichos y xinas, y te echas a al carretera para llegar y tener la sensación de haber perdido el tiempo.

Y una vez las navidades han pasado y arrasado como una manada de elefantes, uno no puede evitar sentir cierto alivio y perplejidad viendo que ha sobrevivido. Porqué si no estás seguro de no poder arrastrar esos dos chuletones de más, o esas tres o cuatro copas pimpladas sin enterarte, quédate en casa y deja la carretera para los viajeros.

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