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Un estanque de ranas

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-alejandro_magno.jpg de Producción ABC-

El otro día estaba viendo la película de Alejandor Magno. No el clásico protagonizado por Richard Burton que no lo despeinaban ni a golpe de espada, sino la del 2004, con sus tres horas de metraje y un Collin Farrel salido del carnaval de Sitges.

Aparecía Aristóteles, el filósofo griego que educó al Magno, y decía que el mundo en el que vivimos (aunque él se refería sólo a Grecia y rodalías) es como un estanque de ranas. Allí Alejandro se picaba y decidía conquistarlo. Por su cara bonita. Y el otro le decía que no, que no podía. Y el otro contestaba que le llamara bocas. Y allí se liaba parda.

Total, que eso me dio que pensar. Lo del estanque de ranas, no la pelea de gallos.

Esta es una página en la que se muestra la escala de todo lo conocido. Muy recomendable si te sientes diminuto o excesivamente crecido.
http://htwins.net/scale2/lang.html

Ponedla en español (o chino mandarín, suahili, o ruso de la estepa, que no la de los polvorones, cuidado) y disfrutadlo ^^

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La intimidad de las salas pequeñas

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Desde el martes por la tarde estoy con resfriado. No es una gripe fuerte, de esas que no se puede uno mover de la cama. No. Es un simple resfriado que hace que te baile el coco, que te duela todo y que tengas que sorber los mocos cada dos por tres. Y ay de ti si sales porque será peor. Así que no queda otra que la voluntaria e incondicional reclusión monástica (y digo monástica porque el cuerpo no está para nada que no sea la reflexión introspectiva y las cuatro cosas de siempre…).

Les cuento esto para que comprendan el alivio de poder salir ayer al medio día, después de tal grado de embotamiento mental. Así que lo hemos celebrado (mi novia y yo) yendo al cine. La sala era pequeña y los acomodadores andaban ajetreados, pero como yo no estaba muy fino, los quince minutos previos a los primeros trailers fueron bien recibidos.

Y entonces empezó la película. Y empieza con una muerte. Porque en el fondo, es una historia de muerte. Y de vida.

Leí el libro en el 2007 porqué me lo recomendó la libretera a la que yo siempre le compraba los libros. Cómo ya he mencionado alguna vez, lo mío son los libros de fantasía, de ficción, de cosas que jamás existieron (como que el sentido común sea el más común de los sentidos). Los históricos nunca fueron mi fuerte, así que imaginen mi sorpresa cuando la Alemania nazi pasó a ser el lugar con más magnetismo del mundo en el que vivimos.

Uno de los personajes dice; “Si tus ojos pudieran hablar ¿qué dirían? Haz tuyas las palabras” Bien, pues he ahí el dilema de hablar sobre la película, porque nada de lo que diga aquí le hará justicia. Aunque, en pocas palabras, diré que en ella se expone lo mejor y lo peor del ser humano, y aún así le estaría robando las palabras a la muerte. No diré nada de actores, de interpretaciones, de fotografía, montaje, dirección o taquilla, porque, francamente, no entiendo de eso.

Pero lo que sí diré es que La ladrona de libros es una de esas películas que no decepcionará al buen lector. Ni al malo, ya puestos. Y después del confinamiento de cinco días no podría haber imaginado mejor vuelta al mundo que esa joya del celuloide y el papel.

A modo de anécdota comentaré que, en una de las escenas más dramáticas, sonó un móvil justo en el asiento que tenía enfrente. Una chica. Buscó el aparató, no precisamente en silencio, y contestó. Sí, contestó. Se escucharon los clásicos siseos enfadados y alguna que otra voz. Pero ella, ni corta ni perezosa, siguió hablando. Y en el enfado que me produjo aquella falta de respeto, noté que la chica lloraba. Su compañero le propuso que bajara y hablara en la puerta, y ella, sin mediar palabra, lo hizo. Pero aún se la oía, porque no había salido, y, al menos para mí, era patente la angustia en la voz de la chica. Al cabo de unos minutos volvió a su asiento entre miradas feroces. Hablaron escuetamente con su compañero y se marcharon con un “lo siento” susurrado y franco.

Eso me hizo recordar que, por mucho que puedan conmover las lágrimas que vemos en las historias, a diario, personas como usted o yo, mediamos con las nuestras.

Lo bueno, si largo, dos veces bueno

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Hay historias que se disfrutan más contadas con tranquilidad. Otras, sencillas y elegantes que duran apenas unos instantes, pero que disfrutas cada segundo. Incluso las hay que las disfrutas más cuando te las ahorran.

En el caso de Peter Jackson, opino (y subrayo “opino”) que la necesidad de extenderse hasta que te quede claro si al porta le gusta el café con una o dos cucharadillas de azúcar, es imperiosa. Quizá por esto sea el director idóneo para la saga de El Señor de los Anillos. Tolkien, no contento con tres mazacotes en su haber, nos obsequió con el Silmarillion, un compendio de todos los nombres de individuos destacados y razas habidas y por haber en la Tierra Media. Y como una peli del Silmarillion es algo imposible a todos los efectos (más por cuestión de salud mental, si se me permite), pero el filón del anillo es algo que pobre de ti si lo dejas escapar, había que meterlo por algún lado, aunque fuera como referencias y alusiones.

Tal vez a los puristas de la Tierra Media, lo que el neozelandés ha hecho(cómo ya comentaba en alguna entrada anterior) les parezca poco menos que una aberración. Pero a los que nos gustan las historias con el punto justo de sobrecarga argumental como para saciar esas ganas de saberlo todo, una versión extendida de algo que ya de por sí es extenso (valga la redundancia), y que por añadidura nos gusta, sólo añade interés a la cosa.

Y para gustos, colores (¿Gandalf gris o Gandalf blanco?).

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