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Cisne Negro

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Hace un tiempo escribí este cuento sobre sucesos imposibles.

Se titulaba Cisne Negro porque un amigo me había contado que estas aves nacen aleatóriamente. Nadie puede predecir cuándo o de qué pareja nacerá, ni qué provoca el color de su plumaje, pero el caso es que allí están. De una forma inexplicable pero cierta.

Tendrán que disculpar que lo redacte de memoria, pero parece ser que he perdido el original.
Espero igualmente que lo disfruten.

Cisne Negro

Cartas c - copia

Erase una vez, en una ciudad olvidada, vivían un niño y una niña que disfrutaban de su sola compañía. Paseaban durante el día por las calles empedradas entre las casas pequeñas y acogedoras, que nunca tenían una puerta cerrada para ellos. Leían todos los libros de las bibliotecas y visitaban los museos, que cada día cambiaban los cuadros de sus paredes. Los pájaros cantaban para ellos y los gatos les enseñaban el mundo de los tejados y los malecones del puerto.

Sólo había un lugar que guardara secretos para los despreocupados niños. En la cima de una colina, rodeada por árboles, había una gran catedral de hierro y cristal. Era la estación de tren. Pero no había locomotoras, vagones ni revisores. Sólo vías de hierro que salían de allí, clavándose como flechas negras entre los árboles que poco a poco se convertían en un frondoso y oscuro bosque.

Y un día, en esa estación solitaria y llena de luz, llegó un tren. Los niños vieron el humo de la máquina de vapor desde la plaza, dónde un gato les enseñaba a hablar con las hadas de las fuentes, que languidecían sobre los nenúfares, mientras los sapos las observaban con sus ojos grandes y bobos. El gato les avisó que la curiosidad había matado a muchos hermanos suyos, y a veces es mejor dejar las cosas cómo están. Pero al fin y al cabo sólo eran niños, y nada encandila más a un niño que satisfacer su curiosidad.

Y ay de ellos.

En la estación los esperaba un hombre. Un hombre vestido de negro y tocado por un alto sombrero. Su chaquetón era tan largo y grande que no podían ver su rostro. Pero podían sentir como sus ojos se clavaban en ellos. Sin decir nada, se inclinó sobre ellos, y con una mano enguantada y fuerte como unas tenazas, agarró a la niña por el brazo y la hizo subir con él al tren. El niño intentó hacer que la soltara, pero el hombre tenía la fuerza del tiempo y el destino, y no la soltó pese a las súplicas de ambos.

El tren se puso en marcha de nuevo y salió de la catedral de hierro y cristal. Los árboles se apartaron para dejarlo pasar y se cerraron inmediatamente tras él, dejando atrás al niño, que no pudo hacer otra cosa que volver a la estación, y esperar.

Y desde aquél día, la ciudad olvidada fue desapareciendo poco a poco, mientras el niño sigue en la estación, esperando a aquella niña.

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