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Cuando la farola se sintió sola, fue a dar luz al árbol

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Este cuento lo escribí hace tiempo,  viendo la imagen que hay al pie. Espero que os guste.

Erase una vez una ciudad de la que los humanos habían desaparecido.

Las calles estaban bacías. No había coches, ni perros, ni nada que hiciera suponer que en aquél lugar hubiera vivido alguien. Y aunque así había sido, ya hacía mucho tiempo que no estaban.

De día todo era desolación. Nadie paseaba por las calles bañadas por el sol. Nadie converaba. Nadie vivía. I por las noches la oscuridad la oscuridad se apoderaba de la ciudad, llenando cada esquina y cada recoveco. Ya nada quedaba allí por lo que pudiera albergarse esperanza. Excepto, quizá, una pequeña farola que había quedado escondido en un callejón, y que los humanos se habían dejado encendido cuando se fueron.

Y cada noche la farola iluminaba el callejón vacío y oscuro por donde nadie pasaba. Nada ocurría. Hasta que una noche, harto de iluminar un camino por el que nadie pasaba, decidió marcharse.

Pero el mundo era un lugar desconocido, grande y misterioso. Vagó por las infinitas llanuras días y días, sin encontrar a nadie. Completamente solo.

Hasta que una noche, en lo alto de un monte, un árbol que estaba solo, lloró. La farola lo oyó y fue a ver qué ocurría.

El árbol. A pesar de ser grande y fuerte, tenía miedo de la oscuridad. Y la farola, a pesar de poseer la luz, tenía miedo de la soledad. Así pues, la farola alumbró las oscuras noches del árbol y el árbol acompañó los solitarios días de la farola.

 WALLPAPERS[RU]. Art Pack 12'2002

Jan Crespo

El ocaso de cobre

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Hacía ya mucho tiempo que la edad doro de los dragones había llegado a su fin. Eran muy pocos los que aún seguían con vida, a pesar de que un día habían gobernado sobre toda Gaya. Antiguamente convivían en paz con las razas pequeñas –así llamaban ellos a humanos, enanos y elfos-, y se podía divisar las enormes figuras de aquellas nobles criaturas que surcaban los cielos. En tiempos de paz, los reyes les pedían consejo en asuntos de estado, y los aldeanos les traían ofrendas a sus guaridas y organizaban festivales anuales en su honor para pedirles suerte y prosperidad. En tiempos de guerra contra las razas oscuras, iban a la batalla montados por grandes héroes y paladines de hombres y elfos.

Pero ni siquiera sus eternas vidas los habían salvado de la extinción. La mayoría había muerto a manos de una criatura que, se decía, había salido del mismísimo Abismo. Cazaba dragones para alimentarse de su poder, y los pocos que habían sobrevivido a su encuentro, decían que tenía el aspecto de un inmenso dragón de escamas tan rojas y relucientes como carbones incandescentes.

Tan acérrima había sido la caza que la mayoría de los que quedaban no eran sino meros reflejos de sus poderosos ancestros; grandes, fuertes y orgullosos, pero vanidosos e insensatos. Sus escamas ya no poseían los tonos metalizados que caracterizaban a los más sabios y poderosos. Blancos, verdes o negros, demasiado vulgares para despertar el interés de aquella infernal criatura.

Sin embargo se decía que, en algunos lugares de Gaya, aún quedaban los últimos vestigios de aquella antigua y noble estirpe de escamas de metal.

Y he aquí donde empieza esta historia.

Hace mucho tiempo, en la cordillera de las Montañas de Fuego, siempre cubiertas por una fina y etérea niebla, había una cueva oculta entre los árboles centenarios en la que habitaba un antiguo dragón de escamas de cobre. Su nombre era Edharion. Había llegado allí escapando de aquél horror rojo, hacía ya dos décadas, y desde entonces languidecía en su refugio, olvidado. No había vuelto a ver con ningún hermano suyo desde que se viera forzado a emprender aquél exilio y, dada la ferocidad y tenacidad con que el dragón de piel de rubíes les daba caza, dudaba que volviera a hacerlo alguna vez.

En ocasiones, cuando el tedio y el aburrimiento se hacían insoportables, usaba su poder para adoptar la apariencia de un joven juglar y bajaba a una pequeña aldea llamada Awis que había frente al Bosque Nublado, al pie de las montañas. Como todos los cobrizos, poseía un carácter benévolo, amante de la buena vida, la naturaleza y las buenas historias. Y siempre disfrutaba con las que se contaban en las tabernas, o narrando él las suyas propias. Para proteger su cubíl de intrusos e indeseados, cuando visitaba la aldea aprovechaba para contar oscuras historias sobre las montañas. Con el paso del tiempo las historias se convirtieron en leyendas relatadas por los propios aldeanos al alumbre del fuego, en oscuras noches de invierno. Leyendas que incluso al hombre más fornido le quitaban el sueño.

Y ya nadie se acercaba a las Montañas de Fuego.

Había una en concreto que contaba como un demonio escarbaba en las entrañas de la roca para encontrar oro, pues un insensato viajero le había dado el suyo a cambio de que lo dejara marchar. Para su eterna desgracia, sólo encontraba cobre. El demonio, frustrado, arrojaba las pepitas al río, y estas bajaban hasta la aldea. Aquel legendario ser, según se decía, era muy celoso de su territorio y a todo aquél que se acercaba a sus preciosas montañas lo asaltaba para pedirle el preciado metal que siempre buscaba. Si sus víctimas no llevaban oro que ofrecerle, se enfuercía tanto que hacía caer un rayo encima del desdichado intruso. Y por aquella, y tantas otras historias, los aldeanos no osaban traspasar los límites de la cordillera.

Lo cierto era que esas pepitas de cobre eran en realidad escamas del anciano dragón, que se desprendían de su cuerpo cuando se bañaba en el gran estanque de aguas heladas que se formaba en lo más profundo del bosque, cerca de su caverna. Aunque pudiera parecer que a aquellos seres de fuego no les gustara estar en contacto con algo tan helado como un lago de montaña, la verdad era que no existía mayor placer. Les relajaba tanto como a nosotros nos relajaría un baño en aguas termales. Cada vez que se echaba un chapuzón, su cuerpo se estremecía de placer, se abandonaba al sueño y al descanso, y dejaba que el gélido líquido le indujera el ensimismamiento que tanto le gustaba.

Gracias a esas leyendas que él mismo contaba, y a los jóvenes lo suficientemente valientes, o locos, como para adentrarse en la cordillera, y que regresaban contando nuevas historias sobre demonios y criaturas de la niebla, vivía una vida solitaria y tranquila. En realidad, los demonios que veía la gente, eran pequeños sátiros y algún que otro duende, que debido a la niebla y al miedo, los humanos confundían con entes infernales, y con el tiempo dejó de ser necesario que inventara historias.

Vivir entre humanos aliviaba su soledad un tiempo, apenas unos pocos meses. Aquellos seres de tan corta vida poco podían ofrecerle ya, y con el paso de los años, dejo de visitar la aldea.

Un día en el que la niebla era particularmente espesa, un joven cazador que se había adentrado demasiado en la montaña, cayó por un precipicio y se rompió una pierna. Edharion lo encontró inconsciente y medio muerto. Movido por un sentimiento que desconocía poseer, cuidó del humano mientras este se reponía. En otro tiempo, cuando era más joven y vanidoso, lo habría dejado morir con toda seguridad. Y mientras usaba su magia para recomponerle la pierna, se preguntó qué había cambiado en él en todos aquellos siglos. No supo qué responderse.

Cuando el joven despertó, estaba en la linde del bosque, cerca de su propia aldea. Al principio creyó que el accidente había sido un sueño. Pero, anonadado, vio que tenía el pantalón rasgado y manchado de sangre. En la pantorrilla exhibía una desagradable cicatriz que antes no estaba. Regresó a su casa con la cabeza llena de preguntas, siendo observado desde las profundidades del Bosque Nublado por unos ojos antiguos y sabios.

Al cabo de un tiempo, volvió a las montañas para tratar de averiguar quién lo había ayudado. Recordaba que en sus momentos de lucidez, había un dragón tumbado en la entrada de una cueva. Estaba seguro de que no había sido un sueño. Al fin y al cabo, la pierna no se había curado sola, y lo más parecido a un recuerdo que conservaba de cuando estuvo desaparecido era aquella borrosa imagen.

Después de meses de buscar, casi por accidente encontró la cueva. En su entrada estaba la enorme criatura, enroscada y con los ojos cerrados. Al principio sintió miedo, pero la fascinación pudo más y, oculto tras una roca, pasó casi un día entero, observándolo, hasta que se hizo de noche y tuvo que emprender el largo viaje de vuelta.

A partir de aquel día, una vez al año iba a ver a la fantástica criatura.

Edharion en seguida se percató de que lo espiaba. Hacía como que no se enteraba, pero en el fondo le gustaba que alguien fuera a verlo por el simple placer de contemplarlo. Acudía siempre en verano, cuando la niebla era menos densa y había días enteros en que libraba a las montañas de su manto. Se acomodaba entre las ramas bajas de un roble desde el que creía que no lo vería, y dejaba que pasara el tiempo. Algunas veces traía consigo pergamino y carboncillo y lo dibujaba. Otras, simplemente se quedaba inmóvil.

Un día, llegadas las fechas en las que solía venir, no se presentó. El dragón creyó que se habría cansado de ir. Aunque intentó no darle importancia, lo cierto era que sintió que el mundo se apagaba un poco más a su alrededor. Por alguna extraña razón le había cogido afecta a aquel humano.

Años después, cuando ya creyó que no volvería a verlo jamás, una tarde en que se encontraba en el fondo de la cueva, lo vio delante mismo de la entrada. Era la primera vez que lo hacía. Se sorprendió al descubrir que ya no tenía el aspecto joven que recordaba; Su espalda, curvada por el peso de la edad, apenas le permitía erguirse. Para andar se ayudaba con un cayado, y de su mentón colgaba una larga y espesa barba blanca que enmarcaba un rostro macilento, surcado por las arrugas. Con cierta pena, se percató de que habían pasado más de sesenta inviernos desde que encontró a aquel joven cazador medio muerto.

Se acercó lentamente, procurando no asustarlo. Pero aún encorvado y cansado, en su mirada había había un valor y resolución que no pudo más que admirar. Sus ojos se encontraron, y al anciano se le inundaron los ojos de lágrimas. Alargó una mano para intentar tocarlo. Edharion inclinó su enorme cabeza, y dejó que la pequeña y raquítica mano le acariciara el robusto hocico.

Las lágrimas salían a borbotones de los ojos del viejo, y de repente, sin más, sus ojos se empañaron y su mirada se perdió en el infinito. La vida escapó de él con su último aliento y se desplomó, muerto.

Lo enterró bajo el enorme roble en el que se escondía cuando iba a verlo. Con su zarpa, grabó un nombre en la corteza: “El Observador”

De vez en cuando, se tumbaba al lado del árbol y canturreaba alguna canción, imaginando que el Observador lo miraba des arriba, acomodado entre las ramas, con aquellos ojos llenos de lágrimas.

Por extraño que sonara, sentía algo que creía haber olvidado hacía muchisimo tiempo, cuando dejó atrás su infancia para convertirse en un joven y vanidoso dragón; Sentía miedo. Un sentimiento de soledad absoluta le oprimía el corazón, y esto era algo que ningún congénere suyo había experimentado jamás. Aquello era lo que le producía un profundo temor. Lo atribuyó a su extrema longevidad. Al fin y al cabo, había visto nacer y morir no sólo hombres y mujeres si no también, ciudades, imperios y civilizaciones. Había luchado en las guerras de secesión de los elfos, en que asari y narashi, antaño hermanos, lucharon entre sí cuando la oscuridad tocó a los narashi. Había presenciado la coronación del primer Rey Dragón, regente de Lonaradyen. Había contemplado el fin de un centenar de eras y su nombre y sus gestas eran cantadas por bardos de hombres, enanos y elfos por igual.

Y pese a todo, parecía que el cruel destino le reservaba el tormento de asistir a su propia decadencia. A su propio ocaso.

No se atrevía a abandonar su refugio, pues en lo más profundo de su ser, en la parte más instintiva y primigenia de sí mismo, sabía con seguridad que la bestia roja que a tantos de los suyos había dado muerte seguía ahí fuera, acechando. Ya se había enfrentado a él una vez y había visto morir a cuantos lo acompañaban. Sólo él había salido ileso, y no tenía motivos para creer que podría sobrevivir a un segundo encuentro.

Consideró la posibilidad de adquirir de nuevo una forma humana y regresar a Awis una temporada. Pero la compañía frugal de unos desconocidos no era lo que él anhelaba. Quería a alguien para compartir su simple existencia. Sus vivencias. Sus pensamientos.

Cuando una mañana de verano despertó de un largo sueño, un curioso olor impregnaba el aire. Sentía el hedor de cuerpos en descomposición. De la suciedad y la herrumbre. Forajidos. No eran infrecuentes en aquellos lares, pero no eran ellos lo que habían llamado tan poderosamente su atención. No era un olor humano. Parecía mucho más refinado, natural y salvaje. Picado por la curiosidad, siguió aquél rastro. El singular olor lo llevó hacía la orilla del lago donde solía bañarse. Flotando en las calmadas aguas, o colgando del tronco de un árbol, encontró los cuerpos sin vida de dos docenas de humanos sucios y piojosos, los que había olido desde su cueva. Eran salteadores de caminos que vagaban por las Montañas de Fuego en busca de alimentos y viajeros desprevenidos. Vivían al margen de la ley. Él mismo había matado a varios de ellos que habían tenido la osadía de acercarse demasiado a su cueva, en la última estación. Supuso que aquella matanza era una simple escaramuza entre bandas.

No dándole mayor importancia, se dispuso a seguir el peculiar haroma que había sentido, cuando un movimiento entre los arbustos le llamó la atención.

Algo agitó unos matorrales. De sus fauces brotó un grabe gruñido, advirtiendo al extraño que no dudaría en atacar, pero de repente, una mujer salió a la vista. El cobrizo quedó algo sorprendido. Era poco habitual ver a un varón en las montañas, y ver a una hembra aún lo era más. Pero enseguida se percató de que aquella mujer, no era como las demás. Ni siquiera era humana. Era una elfa.

Iba vestida con una túnica verde que cubría una malla marrón rojiza. Su pelo, repleto de hojas, tenía un color castaño, que recordaba a la estación otoñal, cuando los árboles celebran su carnaval de colores. La piel que no cubría sus ropas, excepto el rostro y las manos, la surcaba una intrincada red de tatuajes. De su costado colgaba una vaina desgarrada y sin espada. Llevaba algo en brazos envuelto en una manta de lana basta. Lo apretaba contra su pecho con gesto protector.

Se acercó a Edharion lentamente, pero con paso firme. Lo miró con unos ojos ambarinos, cargados de rabia y dolor, excentos del temor, la sorpresa o la admiración a los que estaba acostumbrado. Le devolvió la mirada, fascinado. Hacía eones que no veía un elfo. Por su indumentaria dedujo que sería una daenar; una elfa de los bosques. Había olvidado el orgullo, la nobleza y el valor que poseía aquella raza.

Permanecieron quietos lo que pareció una eternidad hasta que, con extremo cuidado, la mujer se arrodilló y dejó lo que sujetaba en brazos, en el suelo. Eran dos fardos, y en cada uno asomaba la carita redondita de un bebe de orejas finas y puntiagudas.

El dragón la miró, desconcertado. Entonces se percató de que estaba gravemente herida: todo su costado izquierdo estaba empapado de sangre fresca, y no paraba de gotear. Entre la ropa ensangrentada se veían perfectamente como dos astas de flecha sobresalían de su piel. La joven elfa alzó la mirada hacía el cielo, y cayó de costado.

El dragón acercó una enorme garra al cuerpo inerte, no muy seguro de si seguía con vida. De repente, una pequeña mano se puso en su garra, y ella lo miró. Edharion le devolvió la mirada. En los ambarinos ojos sólo había pena. Empujó ambos fardos hacia él, suplicante. Su mirada, empañada de lágrimas, le decía lo que sus labios no podían.

Edharion la miró un instante, y lentamente, asintió con la cabeza. La joven elfa sonrió, puso una mano sobre cada uno de los niños, como dándoles su bendición, y con la consciencia tranquila exhaló su último aliento.

Al verla morir, sintió que algo dentro de él se rompía en mil pedazos. No por el sólo hecho de que hubiera muerto, si no también, por que quien había provocado aquella muerte, lo había hecho a propósito, sin ninguna consideración por las vidas que estaba arrebatando.

Apenado, recordó la gloriosa época de su juventud. En sus espaldas habían cabalgado poderosos monarcas de humanos y elfos. Hombres y mujeres que defendían a los de su raza y ayudaban a crear un mundo mejor. Un mundo que ya sólo existía en sus sueños. Con el corazón hecho añicos, contempló los cadáveres de los bandidos. La ferocidad y maestría con que se les había dado muerte eran algo casi sublime. Muchos había encontrado su fin en la hoja de una espada, pero a algunos no se les apreciaba herida alguna. Más que hombres, le recordaban a animales. No comprendía por qué habían atacado a la elfa. Por más que lo intentaba, no podía imaginarse una sola razón por la que una joven madre mereciera la muerte.

Con sumo cuidado, cogió a los dos pequeños elfos con su enorme garra, y los llevó a la cueva. Los acomodó en un colchón de hierba verde, y fue a buscar el cadáver de la mujer.

Al igual que con el humano, la enterró debajo de un gran árbol; un fresno, y grabó un nombre en la corteza: “Joven Madre”

Entró en la cueva, y miró a los dos pequeños. Uno estaba dormido. El otro lo miraba con unos ojos del mismo color ambarino que poseían los de la joven. Pero a diferencia de ella, los del pequeño rezumaban curiosidad. El cobrizo sonrió, y se tumbó al lado de los bebés, rodeándolos con su cuerpo.

El elfo estiró los brazos hacía arriba, intentando agarrar la enorme cabeza. El dragón sonrió con afecto. El pequeño le devolvió la sonrisa, encantado.

“Horden y el Cónclave deben tener grandes planes para ti y tu hermano” pensó”. Quizás por esto os han salvado.”