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Flores huecas

Estándar

Hace días que no escribo.

A veces las casualidades de la vida hacen que dejemos de lado cosas que consideramos importantes y que de repente pierden ese color que las caracterizaba.

Pero no voy a aburrirles con eso.

La cosa es que esta mañana, hojeando viejos libros de garabatos, he encontrado un escrito que hice hará un par de años, más o menos. Y eso hace que el hecho que todos sabemos sea sólido de repente: que la vida da muchas vueltas, y nunca sabes qué habrá tras el próximo recodo.

Así que, en resumen, la síntesis es la que todos sabemos también; aprovecha el presente.

Y de eso hablaba el escrito, del tiempo, presente y eterno. Lo dejo aquí, en catalán, porque es como lo escriví y como tiene sentido.

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Magnolia

Una estació de tren.

Solitària i mig en runes, amb els raíls oxidats a causa de la salitre d’un mar en calma, a tot just quatre passes. La caserna fa molt de temps que no veu passar viatgers, ni que sent el traqueteig de les rodes, ni ensuma la olor de metall, greix i fum d’una antiga locomotora de vapor.

Una estació de tren on el temps s’ha aturat.

Lloc de reflexions i meditacions. On van a parar les causes perdudes i els somnis trencats, i poc a poc, s’esvaeïxen i al lloc on eren hi creix una magnolia, solitària i bella com una albada.

De vegades, als vespres d’estiu, hi van les parelles d’enamorats, i cullen les magnòlies que allà hi creixen. I per uns instants el temps també sàtura per a ells, i gaudeixen d’una efímera eternitat.

I d’aquest oximoron en neix una nova flor, que perpetua aquesta eternitat il·lusòria, a la espera de que algú s’aturi uns instants en aquesta estació i escolti la veu del silènci, observi el rostre dels anhels desapareguts, i ensumi el suau perfum de temps passats.

Una estació de tren on el temps s’ha aturat i les vies es perden en l’infinit.

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Cisne Negro

Estándar

Hace un tiempo escribí este cuento sobre sucesos imposibles.

Se titulaba Cisne Negro porque un amigo me había contado que estas aves nacen aleatóriamente. Nadie puede predecir cuándo o de qué pareja nacerá, ni qué provoca el color de su plumaje, pero el caso es que allí están. De una forma inexplicable pero cierta.

Tendrán que disculpar que lo redacte de memoria, pero parece ser que he perdido el original.
Espero igualmente que lo disfruten.

Cisne Negro

Cartas c - copia

Erase una vez, en una ciudad olvidada, vivían un niño y una niña que disfrutaban de su sola compañía. Paseaban durante el día por las calles empedradas entre las casas pequeñas y acogedoras, que nunca tenían una puerta cerrada para ellos. Leían todos los libros de las bibliotecas y visitaban los museos, que cada día cambiaban los cuadros de sus paredes. Los pájaros cantaban para ellos y los gatos les enseñaban el mundo de los tejados y los malecones del puerto.

Sólo había un lugar que guardara secretos para los despreocupados niños. En la cima de una colina, rodeada por árboles, había una gran catedral de hierro y cristal. Era la estación de tren. Pero no había locomotoras, vagones ni revisores. Sólo vías de hierro que salían de allí, clavándose como flechas negras entre los árboles que poco a poco se convertían en un frondoso y oscuro bosque.

Y un día, en esa estación solitaria y llena de luz, llegó un tren. Los niños vieron el humo de la máquina de vapor desde la plaza, dónde un gato les enseñaba a hablar con las hadas de las fuentes, que languidecían sobre los nenúfares, mientras los sapos las observaban con sus ojos grandes y bobos. El gato les avisó que la curiosidad había matado a muchos hermanos suyos, y a veces es mejor dejar las cosas cómo están. Pero al fin y al cabo sólo eran niños, y nada encandila más a un niño que satisfacer su curiosidad.

Y ay de ellos.

En la estación los esperaba un hombre. Un hombre vestido de negro y tocado por un alto sombrero. Su chaquetón era tan largo y grande que no podían ver su rostro. Pero podían sentir como sus ojos se clavaban en ellos. Sin decir nada, se inclinó sobre ellos, y con una mano enguantada y fuerte como unas tenazas, agarró a la niña por el brazo y la hizo subir con él al tren. El niño intentó hacer que la soltara, pero el hombre tenía la fuerza del tiempo y el destino, y no la soltó pese a las súplicas de ambos.

El tren se puso en marcha de nuevo y salió de la catedral de hierro y cristal. Los árboles se apartaron para dejarlo pasar y se cerraron inmediatamente tras él, dejando atrás al niño, que no pudo hacer otra cosa que volver a la estación, y esperar.

Y desde aquél día, la ciudad olvidada fue desapareciendo poco a poco, mientras el niño sigue en la estación, esperando a aquella niña.

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